183. El reencuentro

Víctor Valdesueiro Bernabé

 

El monótono verano en el cortijo mejoró mucho cuando papá me construyó una “casita del árbol” sobre el viejo olivo. Dos taburetes y una caja de cartón componían todo el mobiliario.

La primera vez que la abuela subió a visitarme, me sorprendió la agilidad con la que trepó a pesar de su encorvada espalda. Me contó que el abuelo había plantado aquel árbol cuando se hicieron novios

En las sucesivas visitas fue trayendo flores, pastas, fotos…. Pasábamos las tardes juntas charlando y riendo. Nunca habíamos estado tan unidas.

A finales de verano me confesó que se sentía terriblemente sola desde que había enviudado y que allí volvía a sentir su presencia.

Era igual que este olivo: achaparrado; piernas robustas como el tronco, pelo encrespado como la copa y ojos verdes aceituna. Los brazos eran fuertes como las ramas y sus manos de jornalero tenían el mismo tacto que esta corteza”.

Septiembre nos llevó de regreso a la ciudad y colmó de ausencia el cortijo.

Una mañana, mamá me contó entre lágrimas que la abuela se había marchado.

Yo sonreí… Sabía perfectamente dónde encontrarla: el día que nos marchábamos la vi arrastrando su hatillo hacia el anhelado olivo.

 

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