184. La felicidad en una aceituna
Hay que seguir el camino del agua que corre bajo el puente. Es casi como adentrarse en un bosque, pero la senda es angosta y larga. Miro todo, expectante. Escucho la música de pájaros que nos acompañan y observan. Hay nogales, frambuesas, mentas y boldo. Llegamos al camino hecho de piedras, en zing zang. Sobresalen del agua. Estiro las piernas para poder cruzar sin mojarme los pies. Y veo la casa de Javier, el señor de los Olivos. Es chiquita, como de cuento, rodeada de botellas repletas de aceitunas, calculo unas treinta.
Me contó Jorge que Javier hace años estudió el tema de las aceitunas y lo beneficiosas que son para la salud. Tengo que verlo, no me lo creo, cómo alguien puede alimentarse sólo de aceitunas, tenía que conocer a ese hombre. Aplaudimos tres veces, como es la costumbre y por si acaso, lo llamamos gritando ¡Javier!
No me lo creo, estar en ese lugar tan extraño, hay muchas cosas para ver, es demasiado pintoresco. Asoma una barba copiosa, su sonrisa, ojos claros y mirada amigable.
Y pensar que en el pueblo te venden duendes por todas partes. Donde hay bosques se crean fantasías, explotando historias de seres misteriosos que habitan en él. El turismo responde.
Javier es famoso por vivir sólo de aceitunas, hace años que no consume otra cosa, es longevo y muy inteligente, me han contado una y otra vez los pueblerinos. Jorge es su amigo desde siempre. Juntos construyeron el horno de barro que hoy usamos para hacer pizzas. Hicimos más de mil, las vendemos. Para hacer una buena pizza, es esencial usar aceitunas de primera calidad. “Las mejores aceitunas las tiene Javier”, pero es terco, no se las vende a cualquiera, hay que caerle bien. Tenemos esperanza, buscamos en tantos lugares, recorrimos la provincia entera.
Javier nos recibe con un abrazo, es buena señal. Sentados, tomamos mate con bizcochos que horneamos temprano. Está alegre, parece estarlo siempre. Pienso en si será efecto de las aceitunas o se debe a su personalidad. Antes vivía en la ciudad, nos cuenta. Finjo asombro, sé su vida entera, todos me la han ido contando de a poco. Llegó sin nada, tomó ese pedazo de bosque y lo habitó, hizo su casa con sus propias manos. Tuvo mujer y también un hijo.
Es importante que sea verdad lo que cuentan sobre el hombre, porque si llega a ser real, es un hecho que debe ser conocido por todos. Mucha gente se hace famosa por acontecimientos que son la mitad construidos por la imaginación que cada uno en la cadena de distribución se ha encargado de aportar. Y resulta que después, la verdad es totalmente diferente.
La mitad de mi vida viví en la ciudad, rodeada de smok, ruidos, y contaminación auditiva. El panorama visual tampoco ayudaba mucho a mejorar el ánimo y la salud. Todos, sin importar dónde los conociera, “tenían algo”, una carencia.
En este pueblo impera el monte y es distinto. Aire puro. Tanto lo ansié y al fin estoy acá, metiendo los pies en el arroyo. Encontrándome con un ser extraño.
-Consumo aceitunas desde que vine, estudié sus propiedades, son lo mejor para la salud.
No usaba anteojos y leía mucho. Su piel lucía brillosa y tersa.
-¿Pero no comés nada más, sólo te alimentas de aceitunas? Eso no es posible, estarías harto. Uno se cansa de comer siempre lo mismo, además el abuso de cualquier tipo de alimento, termina dañando la salud. Y tendrías carencias nutritivas.
-Las acompaño con verduras que cultivo y frutas que nacen acá en el monte. No me hace falta nada más. Y estoy bien, camino todos los días unos 4 km y ando en bicicleta, cuando tengo que ir al pueblo para buscar libros.
Es socio de la biblioteca, se leyó casi todo. Suele ir si traen libros nuevos. Le avisan y él asiste el mismo día.
Entonces es cierto lo que dicen.
-¿Tienen algo de especial estas aceitunas o son las mismas que venden en cualquier negocio?
– Estas aceitunas tienen muchos cuidados. Ese es el secreto. Quienes las cultivan ponen tanto esmero y amor en lo que hacen, que toda esa energía la transmiten a sus olivos. Las aceitunas crecen sanas. Sienten que son queridas y valoradas, entonces se hacen grandes, carnosas y sabrosas.
-¿Dónde quedan esos olivares?
-A unos 30 km. Puedo guiarlos si quieren, ahora mismo.
Salimos a la ruta donde estaba la camioneta y fuimos rumbo al olivar. Durante el viaje nos contó el proceso para obtener aceite de oliva y la filosofía que se había inventando en base a las aceitunas.
-Cuando llega el momento de cosechar las aceitunas es muy divertido porque se genera un tiempo de encuentro con nuestro ser. Llegan parientes y amigos, entonces nos exponemos a lo que realmente somos, no lo que creemos ser cuando estamos solos. Porque reaccionamos a través de las acciones del otro, ese ser que es como nosotros pero no lo reconocemos, salvo que estemos realmente despiertos. Soy «todos ellos», así me lo hacen sentir al estar mancomunados por un fin en común.¿Qué buscamos, cuál es el beneficio egoísta que se oculta en tal encuentro? Ningún beneficio egoísta. Lo que todos deseamos es pasar un buen momento y ponemos toda nuestra energía en eso. Nos quedamos todo el día para ayudar con la cosecha, es una terapia del «hacer en conjunto» por el bien de todos, y ellas lo sienten así (me refiero a las aceitunas), se dan cuenta de la energía que está fluyendo, y se dejan tomar con placer, hasta que no queda ninguna. Los jóvenes se encargan de separar las hojas y limpiarlas, no se aburren, charlan y se cuentan sus cosas, inquietudes y experiencias que les sirven a otros para saber que todos pasamos por las mismas cosas en esta vida, «experiencias de jóvenes». Y entre ellos se entienden bien, lo disfrutan, hasta se han formado parejas que perduran hoy en día en felíz convivencia. Son momentos inolvidables y totalmente necesarios, porque las personas necesitan sentirse útiles y al realizar una tarea en común, sin esperar nada a cambio, más que la simple compañía del otro, se les ensancha el alma de esperanza, la vida les parece más hermosa y se llenan de fuerzas, de energías para realizar cambios positivos en sus vidas, o darse cuenta simplemente de lo afortunados que son, que eso ya es bastante buena cosa. Nos tomamos descansos rotativos en donde dialogamos, intercambiando opiniones, llegando a acuerdos que nos impulsan a realizar acciones positivas, esas charlas son como un refuerzo para la conciencia, y comemos a gusto lo que cocinan nuestras mujeres. Después continuamos realizando la trituración de las aceitunas. Es increíble, porque ellos todavía utilizan piedras de molino para el caso, un espectáculo muy bello de ver. Este acto es tomado como un ritual, porque se le saca lo mejor al fruto que hemos cosechado. Es como saber que de toda experiencia, se puede sacar lo mejor al hilar fino. Mientras más gordo es el fruto, más jugo le sacamos. El aroma invade y nos transporta.Todos nos ponemos solemnes a continuación de tarea tan representativa. Porque lo que sigue en esta tarea de aconteceres, es el batido que se debe hacer a una cierta temperatura manteniendo una constancia, durante una hora aproximadamente. Esta simple y dificultosa tarea a la vez, nos hace dar cuenta de lo importante que es cultivar la perseverancia, la paciencia y confianza en lo que uno quiere. Sea lo que sea, o por más absurdo deseo que se tenga, a todos nos ha dado resultados positivos el hecho de aprender de esta gran lección. Y cada año, al realizar igual tarea, volvemos a tomar conciencia de su importancia. Siempre terminamos contándonos nuestros logros al respecto, y la verdad, es que son momentos de auténtica sinceridad. Las personas , cuando son felices, no causan daño alguno. Eso es lo que vemos. Lo que tendría equivalencia con el último paso que sigue , que vendría a ser el prensado de la masa, se realiza para lograr emane el zumo de las aceitunas. Es el summun de la cosa misma. Las mujeres, vestidas para la ocasión ceremonial, como corresponde, son las encargadas de realizar la decantación final y volver a filtrar si es necesario. Todos estos pasos los hacemos acompañados de cánticos y baile, además. ¿No es eso algo precioso?
-¡Una experiencia incomparable pareciera ser! le contesto..
Nos pasó varias recetas de pasta de aceituna, aceitunas rellenas y demás, tanto nos contó que un hambre tremendo se hizo presente. Ya estábamos llegando y sólo pensaba en comprar alguna pasta de aceitunas y pan.
El lugar era inmenso e imponente. El viento sacudía hojas que parecían de seda. Era la primera vez que veía un olivar y una tremenda alegría se apoderó de mí. Podría vivir en un lugar así y ser la mujer más felíz del mundo. ¿Quiénes eran los responsables de generar tanta belleza? Todo convivía en perfecta armonía, había plantas aromáticas rodeando el predio y los colores estallaban de esplendor. Tenía razón, Javier. Éstos olivos sólo podían dar las mejores aceitunas.
Se acercaron dos personas con sombrero y caras alegres, como me lo imaginé, no podían ser de otra manera. Gente linda, alegre, que sabía cuidar de sus plantas. Toda una familia dedicada generación tras generación al cultivo de los olivos. Sus abuelos vinieron de España con el conocimiento y ganas de trabajar el campo, nos contaron Josefina y Roberto.
Me pregunté por qué no habrá más gente con esas mismas ganas de trabajar la tierra. Esta familia era feliz con su olivar, habían hecho su trabajo con una dedicación extrema, y se les notaba la felicidad en sus rostros, además de una juventud eterna, sin recurrir más que a sus aceitunas, tan beneficiosas en varios sentidos. Ahora sabía el secreto de las aceitunas. Quería conocer a sus bisabuelos, esos seres que fueron los iniciadores de tal sabiduría. Su valor era enorme, y estaba segura de que todavía habitaban en aquella casona. Ellos asintieron y nos dejaron visitarlos.
Jorge me miraba incrédulo ¿Cuántos años deberían tener, y en qué estado se encontrarían? Ya me lo imaginaba comprando unos cuantos tarros de aceitunas y aceite de oliva.
Llegamos a la casa y Josefina se adelantó para anunciarles nuestra visita. Estaban afuera, nos dijo, en la huerta. Cruzamos una enorme sala luminosa que conducía a la parte trasera de la casa, donde tenían la huerta. Era un enorme invernadero, casi como si fuera un galpón gigantesco, acondicionado para ser habitado. Había una cocina, sala de estar, baños, una mesa larga , todo rodeado de plantas comestibles, flores y plantines por donde uno mire. No me alcanzaba la vista ni la memoria para guardar tantas imágenes juntas. Tuve sensaciones imposibles de describir, jamás hubiera imaginado ver un cuadro semejante.
Estaban regando unas plantas, caminaban despacio pero bien. Charlaban entre ellos, sin darse cuenta de nuestra presencia. Cientoveinte ella, cientoveintinueve él.
Nos despedimos cargados de aceitunas y otras delicias, intercambiando nuestros contactos y prometiendo volver a vernos.
Nunca más fuimos los mismos, cómo íbamos a poder serlo después de semejante experiencia. Todo lo que antes nos parecía importante dejó de serlo, y la cabeza nos daba vueltas. Cada uno absorto en sus pensamientos, menos Javier, quien estaba acostumbrado a esa clase de vida. Ni siquiera pudimos verlo de la misma forma a él, cambió nuestro concepto respecto a su forma de vida. Antes nos parecía un personaje, era nuestra manera de calificar a quienes se salían de lo llamado “normal” respecto a su forma de subsistir. Nosotros mismos nos considerábamos también “personajes”, porque nos autoabastecemos cultivando nuestro propio alimento, trabajamos en casa y nos sentimos felices estando juntos. Eso era una “excepción a la regla”, y qué bien se sentía.
Los grados de felicidad son infinitos, fuimos testigos de eso y todo gracias a las aceitunas. Si todos nos esforzáramos por vivir del trabajo hecho con el fruto de nuestras propias manos, con esmero y amor, no existirían los problemas graves con los que hoy coexistimos. Las personas vivirían más años, producto de la felicidad. Las plantas sienten el amor y en consecuencia, nos brindan sus mejores frutos. Todo es muy simple y a la vez complejo.
Empecemos cultivando un olivar, ese es mi consejo. Vivamos la alegría de la tierra. Empecemos con unas semillas, todos los días veremos su crecimiento, la promesa del árbol ansiado, que esa sea nuestra única ambición, ver crecer la hierba, el árbol, las flores que acompañan a nuestro olivar. Aprendamos los procesos para convertir los frutos en deliciosas aceitunas, sintamos en nuestras manos el dulce trabajo de la cosecha, acompañados por familia y amigos, bailemos, compartamos nuestro alimento. Y salgamos a vender el fruto alegre de nuestro trabajo, que todos sean longevos, que todos puedan disfrutar sanamente de esta hermosa vida. Que todos puedan entrar al olivar para sentir y aprender sobre la felicidad. Esa verdad que se halla en las pequeñas grandes cosas, que empieza en una semilla y llega al corazón, la cabeza, la sensatez. Rescatemos lo mejor que tenemos, nuestras manos, nuestra cosecha, nuestra felicidad. La tierra.
En todo eso pensaba mientras viajaba. Nos despedimos de Javier, llegamos a casa y sonreímos.



