179. Manolito y la fábrica de aceite

María Ascensión Millán Jiménez

 

Siempre que le preguntaban qué quería ser de mayor, Manolito contestaba: yo quiero ser herrero como mi papá.

Todas las tardes, al salir de la escuela, Manolito encaminaba sus pasos hacia el extremo más oriental de aquel inmenso cortijo en el que vivía tanta gente, hasta el lugar de la herrería donde trabajaba Francisco, su padre. Porque por aquel entonces, los campos estaban llenos de gente y los cortijos eran como pequeños poblados en los que varias familias compartían trabajo y vida cotidiana.

Así ocurría también en aquel inmenso cortijo presidido en su entrada por un gran árbol, un madroño que en invierno se vestía de muchísimas bolitas de color rojo convirtiéndose, de esa manera, en el más bonito árbol de la Navidad. En el cortijo del gran madroño vivía mucha gente, y hasta había una pequeña iglesia, y una escuela para los niños y niñas, e incluso había una casa cuartel para los agentes de la autoridad.

Había ganado, y personas que lo cuidaban; había hornos para pan y cerámica, y hombres y mujeres que se encargaban de elaborar esos productos; había una inmensa huerta, y personas que se esmeraban en sacar las más saludables de las hortalizas y hacer conservas de ellas; había espartos y mimbres, y quienes los trenzaban para hacer canastos y cestas; había una gran extensión de olivar alrededor y hombres y mujeres que cultivaban esos olivos grandes y generosos en cosechas de aceituna; había una fábrica de aceite y grandes tinajas para almacenarlo antes de pasar a las despensas; había una herrería siempre tiznada de negro en la que trabajaban el metal, día a día, Francisco y su compañero Juan.

Con los cuadernos y algunos libros en sus manos llegaba Manolito todas las tardes, después de sus clases, a la oscura herrería. Los postigos de la ventana están entornados, le explicaba su padre, porque es necesaria la oscuridad para ver bien los colores incandescentes del hierro y saber en qué momento empezar a atizarle y darle forma. Pero Manolito no se acostumbraba nunca a esa oscuridad, incrementada diez veces más por el humo de la fragua y lo tiznado que todo iba quedando. Le gustaba, eso sí, ver el color rojo del hierro cuando había sido pasado por el fuego, que luego se volvía naranja y finalmente amarillo como si fuera un sol pequeño.

¿A que te gusta ver el hierro ardiendo?, le preguntaba cada tarde Juan. Y Manolito decía que sí con la cabeza.  Es que tienes mimbres de buen forjador, le decía, tú habrás de ser quien se quede con estas labores cuando tu padre y yo ya estemos viejos y arrugados como pasas. Después Manolito ayudaba en la clasificación y recogida de herramientas y de la mano de su padre marchaba a casa. Su madre ya habría vuelto de cuidar las gallinas, o del tajo de la aceituna si era temporada de recogida.

Manolito estaba predestinado a trabajar en la herrería. Sus amigos, sus vecinos, y hasta el maestro de la escuela ya incluso le llamaban Manolito, el herrero.

Pero a Manolito le seducía otro mundo con mucha más luz que el de la herrería. Y más que a su padre y a Juan, admiraba a Ramón, el encargado de la fábrica de aceite, un hombre mayor que se había acostumbrado a tener siempre a su lado a Manolito cuando acababa sus deberes y salía disparado, como una flecha, hacia la vieja fábrica.

Le encantaba ver cómo, negras y relucientes, las aceitunas iban siendo vertidas en las grandes tolvas, e imaginaba que eran toboganes las cadenas que transportaban el fruto hacia el interior de la fábrica. Disfrutaba viendo en funcionamiento el molino de grandes rulos de piedra,  la destreza de los trabajadores de mono azul y brillantes manos, poniendo y quitando capachos en aquellas máquinas cuadradas y tan robustas. Y sus ojos se salían de sus órbitas viendo chorrear el preciado aceite, el rico zumo de las aceitunas estrujado como su madre hacía con las naranjas, pero en un exprimidor muchísimo más grande.

¿Qué pasa, Monolito, te gustaría ser molinero?, le preguntaban los trabajadores de la fábrica. Y Manolito respondía siempre: no, yo tengo que ser herrero como mi papá. No le preguntes esas cosas al chiquillo, decía otro de los trabajadores, ¿todavía no te has enterado de que es Manolito, el herrero? Si te oyera su padre te ibas a enterar…

Y Manolito saltaba entre las acequias que conducían el aceite recién extraído desde las prensas hasta la bodega, admirando ese río de oro correr hacia el mar de las pilas decantadoras y las tinajas. A veces colocaba minúsculos barquitos de papel hechos por sus pequeñas manos en aquella corriente amarilla que discurría entre los repletos canales y los veía navegar o dejarse llevar por la corriente del aceite de oliva más rico y bien elaborado del mundo. Quién sabe, decía para sí mismo, a lo mejor este aceite que ahora pasa por aquí es el de las aceitunas que hoy ha recogido mamá en el campo, en este campo de infinitos olivares que rodea nuestro vivir.

Don Ramón disfrutaba al verle repetir su propio gesto de introducir el dedo en los pilares decantadores del aceite y llevárselo a la boca. Incluso sonreía viendo al pequeño Manolito ponerse de puntillas y alargar su pequeño bracito para llegar hasta el aceite y después chuparse el dedo. Debe gustarle mucho, pensaba don Ramón, porque hay que ver  qué cara de satisfacción pone el nene. Don Ramón había cogido un gran cariño a Manolito, que prefería la fábrica de aceite, con su intenso olor a aceituna recién molturada, a jugar con los otros chavales del cortijo. Don Ramón, hombre sabio en su oficio, sabía en sus adentros que Manolito podría ser, sin duda, un buen molinero.

Corría una tarde del mes de marzo cuando toda la actividad del cortijo quedó paralizada al grito extendido de “¡que vienen los titiriteros, que vienen los titiriteros…!”. Hacía mucho tiempo que aquel grupo de saltimbanquis, payasos y gente de extraño y colorido aspecto no llegaba hasta el cortijo para divertir a los niños y causar también risa y entretenimiento a los mayores. Esta vez se agradecía su visita, y mucho. Entre las continuas lluvias de diciembre y la gran cantidad de aceitunas que colgaban ese año de los olivos, el trabajo se había prolongado en el tiempo y aún, en el cortijo, se trabajaba a pleno rendimiento. Poco a poco, en la explanada principal, junto al gran madroño, fueron reuniéndose niños y niñas, hombres y mujeres…  Todos dejaban sus quehaceres, sus herramientas, sus talleres y casas y rodeaban a aquellos personajes tan divertidos y extravagantes que se iban preparando para la gran función. No faltaba doña Jacinta, la directora de las costureras, con su bastidor a cuestas, ni Nicolás, el pastor de las ovejas y las cabras, ni don Ramón y toda su cuadrilla de molineros, ni el capitán de la casa cuartel con todos sus guardias. No faltaba la cuadrilla de aceituneros y aceituneras, recién llegados del tajo, ni siquiera don Miguel, el cura de la parroquia.

No faltaba nadie, ni un solo niño, ni una sola niña y, por supuesto, tampoco faltaba Manolito, que había pasado todo el día en la herrería ayudando a su padre y a Juan dado que las clases se habían suspendido por un severo resfriado de don Enrique, el maestro.

Manolito, más que nadie, agradeció la llegada de los titiriteros. Sus manos negras, su cara y sus manos tiznadas, la oscuridad del taller de la herrería estaban causando ese día en él una gran tristeza. Manolito estaba triste, no quería estar allí. Le ahogaba la falta de luz, y el negro sobre su piel le parecía el luto que vestían las tristes mujeres cuando estaban enfermas de pena, le decía su madre. Manolito no quería trabajar en la herrería, no quería ser Manolito, el herrero.

Músicos, malabaristas, saltimbanquis y payasos  causaban expectación en los habitantes del cortijo del madroño, que aplaudían sin cesar, reían, se emocionaban… ¡Qué tarde tan divertida! Finalmente, entre un entramado de cartones pintados que hacía de decorado y escenario, aparecieron los muñecos de guiñol, marionetas locuelas y pizpiretas que discutían entre ellas, se daban collejas, se abrazaban… Fue entonces cuando el príncipe Romualdo, el enamorado de la princesa Atiza, de pronto se dirige al público asistente y dice: a ver, a ver, ese niñito con la cara sucia, que venga aquí, que necesito que me ayude a quitarle el sombrero mágico a la princesa de mis sueños.  Manolito se sintió abochornado por las miradas de todos los presentes; él no era un niño sucio, él estaba tiznado por el trabajo en la herrería.

Triste y cabizbajo se acercó al guiñol y le quitó el sombrero mágico a la princesa Atiza. Al punto, del sombrero emprendieron su vuelo hacia el cielo un sinfín de estrellas de miles de colores. ¡Oh, qué bonitas!, se oyó entre el público espectador.

Gracias, niño, muchas gracias por tu ayuda, decía entre miles de reverencias el príncipe Romualdo al niño que le había ayudado en su misión. ¿Cómo te llamas?, le preguntó el príncipe Romualdo. Manolito, contestó el niño. Y a ver, Manolito, ¿qué quieres ser de mayor? Manolito entonces miró a su padre, todo tiznado de negro, de arriba a abajo, y después miró a don Ramón, con su mono azul y sus manos relucientes del brillo del aceite. Recordó con alegría la luz que hacía resplandecer el patio de la almazara durante todo el día y también recordó la oscuridad tenebrosa del taller de la herrería. Pero sobre todo, recordó lo que aquel guiñol le había dicho al pedirle ayuda: ¡el niño de la cara sucia!

Entonces Manolito llenó de aire sus pulmones y alzando la voz, con toda la fuerza de su corazón y su garganta, gritó delante de todos: ¡YO QUIERO SER MOLINERO!

 

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad