172. El roal del olivar

Ezra Colinas

 

-Es tranquilo este pueblo, buenos días -saluda el muchacho mientras descarga la mochila, dirigiéndose a la mujer que ocupa el banco desde donde se divisa una extensión de olivos que abarca toda la vista.

La señora, una anciana de curtidos rasgos enjutos, parpadea aclarándose la vista un tanto acuosa y torpe, admirada por las formas y la palidez del chico, al que mira casi con lástima. Repara en que esas manos de señorito no van a dar mucho de sí, suponiendo que es uno de esos estudiantes temporeros que acuden a ganarse unas pesetas.

El joven asturiano había venido al sur para visitar la Expo’92, al inicio de sus vacaciones. En el hostal intimó con un grupo de jóvenes, gente entusiasta de la poesía y sus ambientes, como la Granada de Federico (G. Lorca) o el Jaén de los aceituneros, de Miguel (Hernández). Con esta cercanía mencionaban a los poetas, contagiándole esa emoción que despertó su sensibilidad. Aprovechó el ofrecimiento de uno de ellos y viajaría de regreso hasta la provincia de Zamora, deteniéndose antes en un pueblo jienense donde recogerían a un amigo.

Ya en la provincia de Jaén, aumentaron las extensiones pobladas con filas de olivos hasta las lomas de los cerros. Ante la expectación del asturiano, que observaba fascinado la sobriedad del paraje amarilleado con ocres, naranjas y grises imposibles, el compañero de viaje compartió su apasionamiento por los poetas y su vínculo con estas tierras, recitando versos donde Lorca y Miguel Hernández evocaban a los aceituneros y los olivos:

sobre el olivar

hay un cielo hundido

y una lluvia oscura

¡Cuántos siglos de aceituna,

los pies y las manos presos,

sol a sol y luna a luna,

pesan sobre vuestros huesos!

El contenido social impactó al asturiano, así como las leyendas sobre los bandoleros José María El Tempranillo, Tragabuches o El Bizco del Borge, que aprovecharon la espesura de los escarpados montes de Sierra Morena para ocultarse. La generosidad de los rebeldes huidos de la justicia, repartiendo los botines con el pueblo arriesgando su propia vida, despertó en el asturiano admiración y respeto por estas tierras.

 

Las chicharras se atropellan en un anómalo mediodía caluroso. El joven se recrea con el paisaje, disfrutando la paz que le transmite el olivar, mientras a la mujer la ocupa la hondura de un nostálgico sentimiento que motiva sus días.

-Espero encontrar la altivez de los aceituneros -comenta el muchacho-, esa que desgarraba a Miguel Hernández en aquel poema; andará por aquí la esencia de Federico, los ojos verde oliva de sus gitanos de pura cepa, que se dice. Pisar esta tierra que quisieron los poetas –en un arrojo de lirismo provocado durante el viaje, añade-. Beberme el sudor de sus campos pespunteados de verde, que a veces se tornan plateados.

Sigue con su perorata, desgranando la circunstancia que le retiene en el pueblo.

-Se respira un aire caliente, dulzón. A tono con el paisaje alegre y triste a la vez, me atrevería a decir, ¿no cree? –prosigue explicando sus impresiones, sin reparar en el interés que ello pudiera producir en la mujer.

Ella, que apenas le entiende, hasta ahora no había dicho una palabra aparte de murmurar un escueto buenos días. Eso sí, no dejaba de escrutarle con no poca expectación, sorprendida por la locuacidad del chico ante una anciana ignorante como ella.

-Cucha, hace unos años vino por aquí un señor estudioso con mucho lustre. Como tú, mismamente, se sentó aquí mismico. Por lo visto venía a escribir sobre el olivar. Decía, con sentimiento el hombre, que permanecerá cuando ya no estemos; que contemplar los campos peinados de olivos, acariciar los troncos, pisar la tierra amasada con el sudor del trabajo de siglos, era palpar historia, memoria viva… Con estas palabras lo dijo. Lo recuerdo como si fuera mismamente ahora. Me refirió cosas que una no sabe: que los árabes mejoraron los gobiernos de riego y le dieron el nombre al aceite; que también los romanos, que estuvieron por estas tierras antes que ellos, le dieron categoría a nuestro aceite, mieusté, y que otros de tierras más allá trajeron la oliva hace yo no sé cuantismos años antes. Los finicios, me dijo.

-Qué buena memoria tiene usted –dijo el muchacho, sorprendido por su capacidad para memorizar.

-No te creas, me dijo muchas otras cosas, cosas que no recuerdo. Debían ser de mucha importancia. Como una no aprendió a leer ni escribir… Me hizo preguntas que yo contesté como buenamente pude. También me dijo que yo llevaba el alma de esta tierra en la mirada, mieuste, qué cosas; y que es un previlegio ver florecer y madurar el fruto, acariciar la rugosidad de los troncos y sentir la verdad de la tierra. Se fue muy agradecío el hombre –dice con una sonrisa de satisfacción-. Ay, criatura, pa una vez que la atienden a una con enjundia, como tú, mismamente, buen mozo. Conozco cada cuartillo de tierra del roal como la palma de mi mano. Desde aquí huelo el rocío de la madrugá, escucho el trajín de los mozos ganándose el jornal, el ruido de los remolques. Cómo han cambiado los tiempos. Cuánto padecimos cuando se atascaba la burra vieja en el barro con la carga… Como si me llamara la sangre, siento en mis adentros cada brizna de aire que remueve el ramaje. Me llega como resuello pa mis días. ¿Ves el bujero en el cristal de la ventana? Me retiene apañarla. En las noches de luna llena o cuando hace mal oraje, al través columbro el olivar. Qué va ser de los olivos. Pena… Andan revueltos los tiempos, se dice en los corrillos. Solo se piensa en sacar mucho provecho, sin mirar por la tierra. Vide llorar a mis hermanos palpando los troncos, estrujando la tierra que trabajaron de sol a sol… Llevamos aceite en la venas, nos destetamos a los pies de un olivo. Un año malo buscaron otro futuro pa los hijos, como han hecho los míos… Les cuesta venir a verme una vez al año. Solo quedo yo y mis gatos ronroneando entre mis piernas pa vigilar la memoria hasta el último aliento, mientras pueda renquear hasta este banco donde estuvo siempre el poyo que puso mi abuelo. Cómo se recreaban contemplando desde aquí los movimientos del cielo. En las nevás… También sufrían cuando el peso de la nieve tronchaba las ramas, o cuando las ventoleras secas cernían con rabia el ramaje arramblando con parte de la cosecha. Me acerqué un día al Ayuntamiento a preguntar qué fue de la piedra que estuvo siempre y que trocaron por este banco de maera pa mi disgusto. Me dijeron que era cosa de los de mantenimiento, y que bien estaría que agradeciera el detalle. Tienen razón, ahora tengo respaldo ande apoyar los riñones. Pero la piedra era muy hermosa, los años la alisaron y sacaron de las entrañas unas vetas entrerosadas… Decía mi padre que el abuelo conocía cada surco del olivar mejor que su cara; que cuidaba cada “estaquilla” como si fuera un hijo; que miraba por las crías de las perdices como de la recua de mulas, porque eran buenas pa’l campo, lo limpiaban de malas hierbas y de bichos. A veces los zagales se entretenían apedreándolas. Solo consentía que se cazaran pa’l puchero. A poco de desaparecer están, que te lo digo yo, con tanta máquina y los brebajes que le echan a la tierra. Desde aquel poyo se apercibían del tiempo mirando las nubes; disfrutaban de la luna llena, esa luna que engorda la aceituna, le da sabor, pero mete cizaña en los hombres.

-Me han dicho que pronto será la época de la recogida de oliva –aprovecha la pausa para despejar la sombra instalada en el rostro de la mujer-, que echando unas jornadas podré sacarme unos duros que me permitan unos días más por estas tierras. ¿Sabe usted a donde puedo dirigirme?

Donde solo hubo curiosidad por la circunstancia que trajera a este rincón al joven larguirucho y lampiño, empieza a despertar en la mujer un sentimiento de protección que aviva la necesidad de aconsejarle.

-Mira, zagal –se atrevió al fin-, ¿cuántas mudas guardas en el petate? No las gastes. No tienes trazas ni pa coger el capacho. Echar unas peonás en alguna cuadrilla que vaya justa, te destrozará las manos y los riñones. Aquí mismo, a nuestra espalda está mi casa, “pasa y te calientas”, “mojas una sopa”, que tengo una almorzá de gachasmigas, te arrimas un vasico de vino, te preparo una merendica y  “pilla y vete”.

-No es mi intención marcharme, señora, quiero disfrutar unos días de este paraje, así que voy a ver si más abajo encuentro quien me contrate.

-Los jóvenes estáis como “granizo en albarda” –dijo frunciendo el ceño mientras cabeceaba, al ver que el muchacho se colocaba la mochila con intención de marcharse-. Como pareces algo peliculero, te voy a contar una historia y después te vuelves por donde vinieras. Mira, ves ese ojo en el cerro, mirando al norte. Allí, en el roal donde empieza la primera fila de olivos que enfilan al monte, había una cueva que lodaron para que no salieran los fantasmas. Pero miusté si los contiene. Esas oliveras se engordaron con sangre –dijo con el peso de la profanación en los ojos, despertando interés en el muchacho, que se acomodó de nuevo en el banco-. Hay cuatro olivos que no siempre acusan la alternancia, y el fruto, más hermoso, madura antes que en las otras. Esas oliveras tienen sangre en la savia, engordaron con las vísceras de Antoñico «El Hojalata». Cascó como un chichipán, a manos del heseshao que moraba en la cueva, un andorrero que malvivía de llevar a las casas algún hacho a cambio de miajititillas de pan negro, alguna fruta o restos de la cena del día anterior, que le venía bien. Quedó descuajaringao entre las oliveras jóvenes. -Adoptó un tono más duro- Mi padre vio como lo despanzurró esa tarde; cómo lo remató. Mi padre fue testigo.

Redimiéndole del cargo que arrastró toda su vida, añadió en su descargo:

-Si la Guardia Civil no lo esclareció, él no quiso ser churretero ni hacer ejarros. No le devolvería la vida. El Hojalata había ido a ajustar cuentas con el belrín, que acostumbraba a salirse de parva con su mujer, llegaron a las manos y salió trasquilao. La mujer era un zarrastrajo, lo sabía todo el pueblo menos él, o no quería saberlo, vaya usté a saber la conveniencia. Lo buscaron por todas partes. Nadie dio razón, tampoco a la mujer se le apreció desazón ni cuidado. Mi padre no volvió a disfrutar del olivar, roído por los recelos, que hasta le sobresaltaban las sombras, que decía mi madre; que desde entonces el desarrapao le miraba revirao, que decía él, como si aquel barruntara que había sido testigo de lo que pasó aquella tarde. Cuando mi padre vio al desarrapao arrastrarlo hasta el hoyo se le removieron las entrañas, pero se estuvo quieto, paralizao. El Hojalata no descansaba en tumba cristiana, y él lo sabía y lo callaba –teatralizaba cabeceando, con la mirada gacha-. Eso, eso le pudo. Se fue viniendo a menos desde aquello. Se le quitaron las hambres y las ganas de trabajar. Le costaba una enfermedad acudir solo a las faenas. Descuidó el terreno. Cada vez que se acordaba de aquello, le daba un repelunno y no dejaba de mirar atrás, nos dijo después mi madre. Así nos enteramos de su calvario, después de muerto.

Cambia de tema como de pensamiento, con la misma inclinación hacia la añoranza.

-Decía mi padre que se podía vivir mucho tiempo a pan y aceite. Lo decía mi padre y a él el suyo, y al suyo… ¡Ea!, yo no tengo a quién. No puede uno arrancarse de las entrañas el olivar, lo llevamos muy en los adentros –aquí dio un respingo y sale de su abstracción. Cambió el tono pensando que está dando la brasa al muchacho, al que la educación le impedía interrumpirla- Pero esto son historias de vieja, hijo. No has de preocuparte por donde pasar la noche. La casa es grande. Hasta eco tiene de puro vacía –le dice esbozando la primera sonrisa, que deja entrever las mellas.

Entre olivos les hacía cantar las tablas su padre mientras vareaban, y a punto estuvo de parir al pequeño su madre. Allí recibieron más de un pescozón cuando se ponían a la gresca evadiéndose de la pesadez del trabajo. Allí se les cayeron los dientes, rieron las torpezas de unos y de otros, contaron chascarrillos, compartieron las desgracias.

Antes de pintar el día la calle se llenaba con el bullicio de las cuadrillas en época de recogida y la jornada se extendía hasta el último resquicio de luz. Empezaba con la cosecha manual temprana de los olivos escogidos, en el punto justo del envero. El zagal mayor subía hasta las ramas más altas provisto de un capazo sujeto a la cintura, las ordeñaba con mimo y vareaba con cuidado las inaccesibles. Los padres se ocupaban con esmero de las ramas a media altura, mientras los pequeños aprendían con las más bajas, atentos a las que cayeran fuera de los mantones extendidos alrededor del olivo. Toda la cosecha, temprana, de esos olivos escogidos, recolectados a mano en fase de luna llena, proporcionaba el mejor aceite, reservado a las mismas familias pudientes de la capital, que solían regatear la subida de unos céntimos, más que justificados, y éstos, en ocasiones, vendían su excedente a buen precio, presumiendo del “oro verde”, como se empezó a catalogar por entonces, dadas sus magníficas propiedades y la importancia económica que emergía con fuerza. Después se reforzaba con la cuadrilla y empezaba el vareo del olivar, siempre con caña, con menos perjuicio para las ramas que la vara. La función de los más pequeños era recoger las aceitunas que caían más lejos para facilitar la labor a las mujeres que permanecían arrodilladas alrededor del árbol. Ver vibrar las ramas era más divertido para los pequeños que algareaban cuando la avalancha caía sobre el baleón. El ambiente se animaba al mediodía cuando la madre dejaba el tajo y se arrimaba al hato a disponer el avío. Era la hora del almuerzo y los chismorreos y noticias que aportaban los vareaores, lo mejor del día.

Desde la preparación del terreno hasta la cosecha, el laboreo tras la recolección hasta la molienda, se realizaba con métodos rudimentarios sin los adelantos tecnológicos que hoy día facilitan la labor.

-A veces me llevaba al molino –retoma, refiriéndose con cariño a su padre-. Era como entrar a la iglesia, el mismo respeto. Cuando la venta había ido bien, si no, también, pero con menos alegría, mi padre nos hacía sentarnos al caer del humero donde se cocía el puchero. Entonces hacía un guiño a mi madre, ella ponía la fuente en el suelo y él escanciaba media cuartilla, y todos atentos al chorro verde-dorao, que se podía cortar, reservaico de la primera prensá. Nosotros, al quite, esperábamos con gozo que sacara de la alforja la hogaza de pan, algunos años, blanco. Abría su navaja, raaas, cortaba rebanás y, embobaos, esperábamos la parla de siempre: “Que la lluvia venga buena para la próxima”, “Los míos lo han sudao y los míos lo catan los primeros”. Entonces, dichosos, le reíamos y nos apiñábamos como las gallinas a mojar. Cómo disfrutaba de vernos… –se le vuelve a alojar una lágrima al recordar la ternura que afloraba en su padre transformándolo en otro una vez al año-. Siempre remataba dejándonos empinar el porrón para quitarnos el picorcillo en la garganta. Como aquellas sopás, no ha habío manjar. Pasábamos trabajos y penurias, pero éramos más felices que ahora, con tanto adelanto. Eso, “A los pies de Dios”

-¡Qué tiempos…! Murió antes…–queda suspendido en el vacío su pensamiento. Prosigue, animada por la atención que el muchacho le dispensa- Cuando nos pillaba en la casa a la hora de la siesta, en la cuadra donde se guardaban los aperos, que se estaba más fresco, yo me escondía entre la paja y atisbaba sus gestos mientras le contaba cómo iba ese año la cosecha –el muchacho entiende que se refiere a su madre-, cómo llevaban la faena los hijos. Algunas veces le refería picardías, y hasta parecía que retozaba, ea. Otras, salían a relucir chismes de los vecinos. Al principio con pelos y señales lo que guardaba, y alguna mentirijilla; y yo, al quite, me tapaba la boca para no reírme. Me empapaba bien de lo que contaba, mientras miraba los serones y los avíos colgados en la pared, como si de un momento a otro fuera a entrar mi padre a descolgarlos. Lo imaginaba como si aún no estuviera muerto. Eso me gustaba. Un día empezó a desatinar. O no se acordaba de las cosas, o quería alegrarle o alegrarse, vete a saber. Cuando se murió el desarrapao también se lo contó. Le dijo que había reventao, solo; que como nadie le echó en falta, lo encontraron a los días cubierto de moscas y rosigao por las ratas en medio la cueva. Entre los jirones del pantalón, dicen que le vieron un lunar de pelo en la nalga izquierda –su rostro se afila, refleja amargura. Baja la voz y agrava el tono-. Eso no se lo contó mi madre. Desde entonces no volvió a hablarle en la cuadra y yo dejé de esconderme entre la paja –le aprieta el brazo. Lo trae hacia sí, con los ojos entornados-. ¿Sabes una cosa? -susurra- Ningún vivo lo sabe. En el mismo sitio, tengo yo la misma marca.

Se enjugó los lagrimales pitarrosos recuperando el rictus amable. Apenas veía, pero sentarse frente al olivar le confortaba. “…los vientos solo me traen el aroma del olivar, como si las voces del mundo callaran”.

Paralizada la vida en aquellos años, cuyo recuerdo atesoraba como los más felices, rememoraba entre silencios unos tiempos de idealizada plenitud, con la mirada fija en el horizonte que apenas distinguía.

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