169. Regreso y arraigo

Pablo Jacobo Carreres Gargallo

 

Llegué como turista, buscando paz, paisajes y descanso.

Me hablaron de historia, de almazaras centenarias, de aceitunas recogidas con mimo.

Pero fue alzar la mirada al horizonte lo que me desarmó: un mar verdoso que parecía no tener fin, en el que cada árbol destilaba una esencia singular y cada anciano tronco narraba su memoria.

La guía describía el proceso: la recolección, la molienda, el primer chorro de aceite virgen. Me acerqué a uno olivo, apoyé la mano en su corteza rugosa y sentí un pulso antiguo, como si la tierra quisiera hablarme.

Luego probé el aceite nuevo, dorado, espeso, vibrante: sabía a sol condensado, a paciencia, a siglos enteros guardados en cada gota.

Regresé a mi ciudad distinto. Aquello no fue solo un paisaje, sino un viaje a todo un símbolo de paciencia, entrega y tradición. Desde aquel viaje sé que, dentro de mí, un olivo silencioso ya había echado raíces.

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