192. El olivar y la ninfa

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Se cuenta: Que a principios de siglo veinte en un pueblo montañés, había varios bancales plantados de olivos.

Los habitantes de éste lugar, cuidaban con gran esmero éstos olivares desde tiempos inmemoriales. Eran un gran ejemplo donde mirar y mirarse. Brillantes hojas y frutos abundantes, que a últimos de otoño adquirían un color negro que llamaba la atención a cualquiera que los viese.

Se dice: Que estos olivares eran la envidia de los agricultores de las comarcas cercanas; ellos no se explicaban cómo se extraía tan buen aceite de estos campos.

La calidad del aceite era muy especial, ya que tenía un gusto y un sabor exquisitos. Cierto día: Un Conde bastante adinerado y sabedor de lo bueno del aceite de este lugar, tuvo la idea de comprar esos terrenos que estaban plantados de olivos.

Les ofreció según él decía, un buen precio a sus propietarios, pero lo que quería era tenderles una trampa y quedarse él con todos esos bancales a bajo precio.

Los propietarios, se reunieron en una asamblea, para comentar lo que más les convenía, Acordaron, buscar a un letrado que estuviese al corriente de éstas pesquisas. Se dio el caso que a la persona que elegido para tal fin; era conocido y confidente del conde en cuestión.

Este señor, poco a poco los fue liando y convenciendo, para que vendiesen los terrenos al Conde.

Pero he aquí, que entre los pequeños propietarios de los antedichos olivares, habían dos hermanas que habían perdido a sus padres hacía algún tiempo.

Al quedar huérfanas las dos hermanas, tomaron a la Ninfa “ERITIA” como su benefactora, para que les ayudase en todo lo que tenía que ver con los campos que heredaron de sus padres.

Ellas sabían que esta Ninfa, es la protectora de los jardines, es decir de la naturaleza, por eso se habían encomendado a su protección.

Esta Ninfa sí que les ayudaba; además a veces sentían su presencia cuando iban al olivar. Lo percibían de varias maneras: Oían bellas melodías ancestrales desde la lejanía, otras veces las ramas de algún olivo se movían, sin hacer nada de viento, otras se escuchaba un murmullo de agua que bajaba, por un arroyo inexistente.

Dado el lio con las astucias del Conde, optaron por pedirle a la Ninfa que les ayudase en este gran problema, tanto a ellas, como a los demás propietarios de éstos exquisitos olivares.

Se cuenta: Que el Conde llamado: Don Ricardo, contrajo una larga y penosa enfermedad…

Durante la convalecencia, tubo muchos ratos para reflexionar y cambiar de actitud en varios aspectos, pero sobre todo en lo que respecta a la adquisición de los terrenos de olivares.

Se dijo para sus adentros: ─Ricardo; tienes que cambiar de vida y no ser el usurpador de los terrenos de los olivares. ─Tu ya tienes una hacienda enorme, tanto de tierras cultivables cono de monte plantado de pinares, así que deja a estas gentes en paz.

Un día, acompañado del capataz de sus tierras, se dirigió al Ayuntamiento de pueblo de los ancestrales olivares.

Lo que hizo, es comunicarle al señor alcalde: Don Sebastián Linares, algunas de las reflexiones que había tenido recientemente.

─Mire: Don Sebastián, soy Ricardo, Conde de los Nogales. ─Vengo en son de paz, quiero aclarecer algo con Usted.

─Pase, pase a mi despacho.

El señor alcalde, le invito con la mano a que se sentase.

─Usted dirá Don Ricardo.

─Se que muchos de los vecinos de este pueblo, no están contentos de mi actuación de querer comprarles sus tierras, que supongo, que en algunos casos es lo único que tienen para su sustento.

─A si es, Señor Conde, tiene usted mucha razón.

─Mire Señor alcalde, después de mi larga enfermedad, he cambiado de opinión y deseo que sepa (Que lo de comprar los bancales ya lo doy por olvidado).

─No sabe Usted, lo que se alegrarán los propietarios de esas tierras tan fértiles. En ese momento, los dos contertulios se levantaron de sus asientos y  se dieron un apretón de manos.

─Le pido Don Sebastián: ─ ¿Si podría entrar a ésta sala, mi capataz que se encuentra fuera esperando?

─Sí, que entre, sepa que por mi parte no hay ningún inconveniente.

El Alcalde llamó al aguacil, para que hiciese entrar a Rogelio el capataz del Señor Conde, en la estancia.

─Buenas días Señor Alcalde.

─Buenos días.

Entonces, el Conde pronunció unas palabras: ─Rogelio es mejor que expongas tú el caso que nos ocupa.

─Vale Señor, lo que Usted mande. ─Mire Don Sebastián, en la finca de Don Ricardo, hacen falta unos cinco trabajadores que entiendan las labores del campo, hemos pensado que Usted conoce a la mayoría de los habitantes de esta villa, si le parece bien de hacer un bando o será mejor poner un anuncio en la puerta del Ayuntamiento, indicando que viniesen a apuntarse aquí por mañanas.

─Mejor sería un bando; he de decir que no todos los habitantes de éste pueblo saben leer y escribir.

Estas palabras las pronunció el Señor Alcalde con cierto recelo.

─Lo entiendo, dijo Don Ricardo ya de paso le voy a anunciar, otro proyecto que tengo en mi mente, aunque esto requerirá el que me reúna más veces con Usted.

─Mire me gustaría, se lo digo a sí de pasada; el que se abriera una escuela nocturna en ésta localidad, por supuesto los gatos correrían a cuenta mía, los alumnos y alumnas no tendrían que pagar nada.

─Bueno, de este tema hablaremos en otro momento.

El Conde y su capataz, se despidieron cordialmente del Señor Alcalde, anunciándole que muy pronto se volverían a ver.

Enteradas las dos hermanas del cambio que había dado el Conde, inmediatamente pensaron que en todo esto algo tenía que ver las  plegarias y peticiones que ellas habían hecha a la ninfa “ERITIA”.

─Carmencita, tedas cuenta de lo que nos ha ayudado nuestra Ninfa.

─Sí que me he fijado hermana, y tanto, no me lo puedo quitar de la cabeza.

─Creo que debíamos hacer algo Isabel, ya lo pensamos más detenidamente.

─Sí, hay que tenerlo en mente, habrá que ir al olivar y allí se lo podemos agradecer.

Las dos hermanas estaban muy contentas del cambio que había experimentado el Conde Don Ricardo, así ellas al igual que todos los propietarios de los bancales en donde se cultivan olivos que dan tan buen aceite, podrán dormir más tranquilos.

Después de haber pasado cierto tiempo; el capataz llamó por teléfono al Ayuntamiento, para hablar con Don Sebastián y así concertar una entrevista con él y Don Ricardo. Este asunto, estaba relacionado con la lista de trabajadores que se habían apuntado, para ir de jornaleros a la finca de Conde.

En total se habían apuntado seis, cinco hombres y una mujer que sabía muy bien del oficio. Aunque tenían en proyecto cinco operarios, los cogieron a los seis. Benita, que así se llamaba la única mujer que se había presentado como labradora, la destinaron a cuidar de la huerta particular de la familia del Conde. Los otros cinco, dos estarían  al cuidado de las pinares y a la zona de monte bajo, los otros tres a las tierras de cultivo, que hasta ahora, estaban muy abandonadas.

Por orden de Don Sebastián, el aguacil llamado Vicente, llevó una nota a las casas de los vecinos del pueblo, que se habían apuntado para ir a trabajar a la hacienda del Señor Conde. En ella decía que al día siguiente se presentaran a eso de las nueve de la mañana en el Ayuntamiento, para conocer a su dueño: Don Ricardo.

Se daba el caso, que la Señora Benita era vecina de las dos hermanas: Isabel y Carmencita, que eran tan devotas de la Ninfa “ERITIA”. Ellas, cuando quedó viuda le ayudaron bastante, entonces Benita tenía un niño pequeño, las hermanas se lo quedaban en  su casa, desde que salía del colegio, hasta que viniese ella de servir en casa de unos Señores del pueblo. Actualmente su hijo tiene diecisiete años y trabaja en una alfarería de la misma población.

Un domingo del mes de octubre por la mañana, Isabel y Carmencita decidieron ir a sus bancales del olivar, para agradecer a su Mentora, la Ninfa “ERITIA”, por sus ayudas y bonanzas que les había concedido, tanto a ellas como a mucha gente de la Villa.

─Carmencita me estoy poniendo nerviosa, desde hace rato creo que hoy quizás podamos ver a “ERITIA”.

─Hermana, no sé qué decirte, no te preocupes que vamos las dos juntas, además, estará nuestro tío Elías en su campo que como sabes está junto al nuestro, ─Ya me acuerdo que el tío, va casi todos los domingos a ver sus olivares centenarios.

En la lejanía vieron a su tío, entonces Isabel se tranquilizó. Como era otoño, no había la misma variedad de flores que en la primavera, pero aún así pudieron hacer un buen ramillete.

Lo que hicieron al llegar fue ir a ver a su tío Elías.

─Buenos días tío: ─ ¿Cómo está?: ─Bastante bien sobrinas.

─A vosotras ya os veo, no hay que preguntar.

Dejaron a su tío sentado en un ribazo y se fueron hacia sus bancales, los que habían heredado de sus padres años atrás.

Nada más llegar les pareció oír unos pasos, pensaron que sería su tío pero no era él, ya, que lo vieron como se marchaba hacía su casa. Entonces dejaron el ramo al igual que otras veces debajo de un olivo centenario, que entonces se encontraba lleno de aceitunas, era un placer el poder ver todos esos árboles tan llenos de frutos.

Al momento, algo le rozó a Isabel en su brazo, según le dijo a Carmencita, esta no notó nada, pero Isabel le pareció ver un velo blanco que ondeaba por arriba de uno de los olivos.

Carmencita no vio nada, aunque sí que oyó  al igual que su hermana los pasos cuando estaba andando por  el bancal.

De estos hechos, han pasado muchos años, ya solo nos queda el recuerdo y sobre todo, los BANCALES, llenos de olivos centenarios que aún hoy en día siguen dando tan buen aceite.

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