193. Los recuerdos
Mi madre llevaba años en aquella residencia, fue ingresada cuando comenzó a desarrollar alzheimer. En un principio eran despistes, se volvió muy olvidadiza, pero nunca nos pudimos imaginar hasta dónde podría llegar. Cuando le dieron el diagnóstico fue algo bastante doloroso, pero fue peor cuando empecé a ir con mis niños y ni siquiera los reconocía.
Con el tiempo se fue haciendo algo más llevadero. Yo iba mucho a visitarla y le leía porque leer era una de sus mayores pasiones y por desgracia ella apenas era capaz de poder hacerlo.
Me había hecho a la idea de que me recibiera siempre como una extraña, sin embargo, algunos días llegaba a reconocerme. Eran pequeños minutos en los cuales debía esforzarme por mantener la calma y no emocionarme de más por temor de abrumarla. Para mí suponía un momento mágico donde al fin podíamos volver a hablar y contarle cómo iba todo, lo grandes que estaban los niños y cuánto la echaban de menos, aunque siempre sucedía que cuanto más feliz estaba de poder hablar con ella, se desvanecía y me volvía a tratar como una desconocida. Era una situación desconcertante, porque por muy mentalizada que estuviera de que aquello iba a suceder en algún momento de la conversación, cuando hablábamos se me olvidaba por completo y acababa sintiendo abrumada de nuevo.
En ocasiones también volvía a su infancia. Decía que hacía muy buen tiempo, que quería salir a dar un paseo por los olivos de su padre, que ahora me pertenecían a mí y yo tenía que buscar una excusa por la cual no podía salir. Otras veces miraba la hora y se arrebataba diciendo “¿Cómo es que no hemos recogido la oliva aún? Va a hacer mucho calor cuando vayamos”. También me decía que quería que su madre le trajera un bocadillo de queso y aceite; resultaba tan extraño verla actuar de ese modo, como si fuera una niña de nuevo. Yo le pedía a su cuidadora si podía hacerle el favor de traerle el bocadillo que pedía, pero cuando lo hacía mi madre siempre acababa quejándose de que aquel no era el aceite ni el queso que preparaba su madre y eso desataba cabreos por los cuales optamos por no hacerlo más.
La mayoría de cosas que recreaba eran anécdotas que yo había oído mil y una veces, por lo que no importaba cuando se le olvidaban cosas o cambiaba los sucesos, porque yo sabía muy bien de lo que hablaba. De vez en cuando le terminaba las frases, pero intentaba no hacerlo para no confundirla. Por suerte no se daba cuenta y me decía que yo era muy lista y yo me reía conteniendo las lágrimas. Ella era quien me lo había enseñado todo.
Como si aquel duro golpe del alzheimer no hubiera sido suficiente le detectaron una enfermedad que según sus médicos no merecía la pena tratar de curar. De modo que hice todos los papeleos posibles para poder llevármela a su casa de la infancia, junto a los olivares, porque me parecía que aquel era el lugar dónde debía pasar sus últimos días. Aunque ya no lo reconociera, tenía la esperanza de que en el fondo de su mente, en su inconsciente, supiera que lugar era aquel.
Una vez instalada allí les expliqué la situación a mis hijos para que no la abrumaran y pudiera pasar unos días tranquilos. Estaba casi todo el tiempo en su habitación, observando por la ventana y no dejaba de preguntarme si estaría recordando, si se vería a sí misma caminando entre los olivos con sus padres.
Una día les preparé un bocadillo de queso y aceite a mis hijos y entonces una idea se me vino a la mente, quizás ella podría querer uno como los que le hacía su madre. Lo preparé con la ilusión de una niña y el cariño de una hija y se lo dí esperanzada, aún consciente de que aquello podría no resultar en nada.
Me senté a su lado y la observé mientras se llevaba el bocadillo a su boca. Cuando le dio el primer bocado algo pareció cambiar en su expresión, pensé que era percepción mía, pero según iba comiendo veía como sus ojos se iluminaban más hasta comenzar a humedecerse perdidos mientras miraba por la ventana el paisaje.
—¿Va todo bien? —le pregunté al ver su expresión perenne.
—Olivia —oír mi nombre de su boca me erizó los pelos. Cuando la auxiliar me presentaba cada día ella me saludaba por mi nombre antes de olvidarlo, pero no era lo mismo, no era su voz, ni su entonación y mucho menos esa expresión que se formó en su rostro—. ¿Estamos en la finca?
—Sí —dije con lágrimas en mis ojos.
—Este año ha habido buena cosecha —dijo dándole otro bocado al bocadillo—. Como aquel verano del 52, el mejor aceite que he probado hasta este.
—Sí. Ha salido muy bueno —respondí tratando de limpiarme las lágrimas sin que me viera.
Lo cierto es que no sabía qué decir ni cómo reaccionar, no sabía cuánto iba a durar esa lucidez y lo último que quería era remontarme en su enfermedad e intentar hablar de ello.
—¿Quieres salir a dar un paseo?
—Vaya pregunta —dijo ayudándose de su bastón para levantarse—. Ya sabes que me en- cantan las puestas de sol.
Me adelanté a ella para advertir a mis hijos y que actuaran con normalidad, aunque la emoción de sus ojos fue más radiante que el sol que amenazaba con irse. Cuando volví dentro para ayudarla a salir temí que ya hubiera acabado su lucidez, pero allí estaba, con su rebeca y su gran sonrisa.
Cuando reconoció a los niños la sensación de ensueño solo se hizo más grande, aquella era una estampa que nunca creí volver a ver. Mi marido me abrazó por la espalda y me aferré a sus brazos con fuerza mientras veía como mi madre se adentraba entre los olivares con mis hijos.
Seguía teniendo miedo de que en mitad del campo se desvaneciera y los niños tuvieran que contemplar como su abuela desaparecía, pero logró mantenerse lúcida toda la tarde. Yo caminaba tras ellos escuchando las anécdotas que mi madre les contaba, recordando a toda la gente que antes trabajaba allí. Como sus hermanas muchas veces eran reacias a ayudar y venían sus primas a ayudar. También los regañó cuando le dijeron que ellos nunca ayudaban a recoger la oliva, las cosas eran muy distintas a como ella las había vivido y era cierto que nosotros apenas nos hacíamos cargo de los olivos como mis antepasados lo hacían.
Con nuestra casa en la ciudad habíamos cogido la costumbre de dejar el cuidado del olivar a un familiar y solo íbamos en algunas ocasiones cuando queríamos desconectar en el campo.
Finalmente volvimos al porche y allí estuvimos sentados viendo como el sol se ocultaba tras las montañas para dar paso a la noche. Aquella fue una gran tarde que pasar juntos, hasta que a mi madre le entró el cansancio y la acompañé a su cuarto; la ayudé a ducharse y la acosté en su cama. En ese momento seguía consciente de su entorno y parecía tan feliz de tenerme a su lado que no me quise ir hasta que se durmiera.
—Cielo, hoy ha sido un día fantástico. Deberías traer más a los niños por aquí, se les veía muy felices.
—Tú los has hecho felices —le dije agarrándole la mano.
—¿Yo? Si no he hecho nada.
—Con estar con ellos ha sido más que suficiente.
—Hay que pelotica que eres —dijo besándome la mano—. Estoy muy orgullosa de ti, eres una gran madre.
—Lo he aprendido todo de ti.
Le di un fuerte abrazo mientras le decía cuánto la quería y me senté en la mecedora a leer hasta que me di cuenta de que estaba durmiendo.
Cuando la luna hizo presencia en el cielo, mi madre se fue junto al sol. Fui consciente al día siguiente, cuando fui a despertarla noté un frío desolador en sus manos y, sin embargo, su rostro mostraba tal tranquilidad como si estuviera junto a la estufa.
A pesar del dolor que me produjo su muerte, me consolé sabiendo que había sido allí y que en sus últimas horas había sido consciente de todo; que había podido estar con su familia y pasear por aquella finca que tanto había extrañado.
Nunca sabré qué fue exactamente lo que le devolvió la consciencia de aquel modo, si fue el aceite que tanto llevaba sin probar, el aire del campo, las preciosas vistas desde su ventana o su inminente muerte. Quizás fue una mezcla de todo, pero fue la más maravillosa coincidencia.
Durante las semanas siguiente no pude dejar de recordar lo que me había dicho, sus palabras resonaban como un eco constante en mi cabeza y me fue imposible no admitir que tenía razón. De manera que empecé a pasar más fines de semana allí en el campo y a veces, cuando me paseo entre los olivos surge una brisa que me acaricia la espalda y siento que es ella abrazándome.



