163. Los años dorados

JAC

 

Siendo yo pequeño era bien curioso, como cualquier crío inquieto que se cuela donde no debe; como hijo y nieto de dueños de olivares, esa intriga joven me condujo a perderme en una almazara. No podría culpar a los adultos que debían supervisarme, no ver una mosca molesta es más una bendición.

La cuestión era la duda de haber visto las olivas muchas veces: verdes o negras, todas con hueso. ¿Cómo se convertían en aceite dorado? Ya sabes, las típicas cuestiones tontas que uno se hace en la niñez.

Al dar conmigo me asignaron un niñero, un pobre diablo que aguantaría todas mis interrogantes mientras hallaban a mis familiares y finalizó explicándome términos que no comprendí. Llevo años pensando que le practicaban la liposucción a las aceitunas, en vez de la lipogénesis. Supongo que es gracioso, chanza nacida de la inocencia y demasiada televisión rosa con mi abuela.

Me dejaron observar la catarata de oro líquido directa a un recipiente de metal reluciente, sobre todo por tratar de reproducir todos los brillos que vi en ese recuerdo fugaz. No lo conseguí. Incluso a día de hoy me cuesta igualar esa caída perfecta sin temblores. Lo echo de menos.

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