167. Reyes de la mesa

María José Peñalva León

 

—Yo soy el alma —dijo el vino, girando en su copa—. El alma de bodas, brindis, noches que se alargan y mañanas que se olvidan. Vengo de cepas nobles, de barricas francesas. Soy historia embotellada.

—¿Y? —respondió el aceite, espeso, en su botella opaca—. Yo nací al sol. En olivos que han visto imperios caer. Vivo siglos. Tú, con suerte, duras cuarenta vendimias. Yo soy raíz. Soy permanencia.

—A mí me escriben poemas.

—A mí me rezan. En mi tierra me llaman oro líquido. Me recolectan como si fuera un milagro. Me buscan con pan, pero también con respeto.

—Yo embriago. Yo inspiro. Yo brillo en las copas.

—Tú mareas. Yo alimento. Subes a la cabeza, sí… pero yo bajo al corazón.

El vino se irguió.

—A mí me descorchan con ceremonia.

—Y a mí me vierten con amor —dijo el aceite—. No necesito cristal fino ni mantel de lino. Me basta la mesa.

—Yo soy pasión.

—Y yo, esencia.

Desde el olivar llegó una brisa densa, verde.

En la mesa, el pan decidió con quién quedarse.

 

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