157. Del jornalero

Edith

 

En el campo de olivos, guardianes de sombra y calma, el sudor por el que vivo se confunde con mi alma. Lo que es tronco, piel y fruto ha visto siglos de historia. Yo, su fiel y mudo esclavo, tejo en olivas mis memorias.

Desde que cumplí los siete, batallo la misma guerra. A mano, a palo, a piquete, me diluyo entre la tierra. Ya no soy de carne y hueso; soy barro y arena. Mi jornal se ha convertido, sin sentencia, en mi condena. Mis dos manos son de piedra tras lustros que son eones. De mi cuerpo sólo quedan apenas dos cepellones. Ni siquiera me da miedo que se arraiguen mis raíces; soy pasto entre el pasto, detritus para lombrices.

Caeré antes que el sol. No veré la noche. La muerte viene en silencio a poner su último broche. Yaceré de una por todas en la hacienda que no es mía. Suena irónico: la trabajé cada día.

Yo, que fui de labrantía y anhelé un largo barbecho, siento cómo la almazara se detiene para siempre al helarse algo en mi pecho.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad