148. Variedad Pilar

Barrabás

 

Te echo de menos. Acostumbrado a sostenerte desde que eras una niña en el valle que forman las dos recias ramas que bifurcan mi tronco, me siento invadido por una soledad perversa y devastadora. Los otros olivos, al principio envidiosos, me miran ahora con desdén, incapaces de comprender lo que siento. Me elegiste, te elegí. De la mano de tu abuelo Antolín, correteabas entre espuertas, mantos y varas, y te encaramabas a mí al finalizar tus juegos. Con el tiempo, el solaz dio paso al trabajo y al jornal, aunque mantuviste el hábito de sentarte en tu lugar favorito. A poco más de un metro y medio de la tierra, a mi abrigo, te sentías segura, tranquila y comprendida. Y hablabas conmigo de tus cosas. Y así me contaste lo del miserable que conociste en las fiestas de mayo, que te susurraba requiebros y promesas de amor eterno. A mí nunca me gustó, percibía en él todas las sombras que lo acompañaban. Hace una semana intentaste subirte a mi refugio, huyendo de esas sombras, pero te atraparon. No pude hacer nada. Lo intenté, bien lo sabes. Esta mañana mis aceitunas han dado un jugo rojo como tu sangre, Pilar.

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