143. Elixir dorado

Alicia Salgado Rodríguez

 

Desde la cuchara resbala el néctar de los olivos. Cae lento, como si dudara, suspendido en el tiempo. En su rastro se percibe un misterio antiguo, ni líquido del todo ni sólido. La huella de un bálsamo milenario brilla en el aceite de oliva virgen recién extraído.

En ese instante, la luz de la mañana se filtra en su textura. La mirada queda atrapada en sus tonos verdes y destellos dorados que me regalan el ámbar de los olivares nacidos en el corazón del campo.

Con mi dedo siento su densidad y su suavidad oleosa. La palma abierta se prepara para recibirlo y, con una danza ondulante, me fundo con el ungüento de los dioses. Descubro su fragancia y juego con el oro líquido.

Un impulso nacido del latido de una memoria ancestral lleva mi mano al rostro. Dejo que el río dorado descienda por mi piel y recorra mi cuerpo en un mismo aliento.

Es la caricia amable de un elixir sagrado que transmite el perfume de la oliva, el jugo fértil de la tierra y los rayos de sol que alimentan cuerpo y alma, evocando los olivares y a mi tierra.

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