142. Continuidad

Alejandro Dinamarca

 

El olivar es una escuela silenciosa —me dijo. Basta sentarse bajo su sombra para sentir que algo más antiguo que el pensamiento humano nos está instruyendo.

Me gustaba ayudar a mi abuelo. Tenía la misma nobleza que esas plantas: era un olivo más, sólo que caminaba. En cada año, en cada riego, en cada poda o cosecha yo iba aprendiendo la vida. Y creo que maduré antes por eso. No era el mismo a mi regreso a casa, a la escuela, a las cosas de todos los días. Tal vez allí todo seguía igual, pero mis ojos habían cambiado: miraban distinto.

Los olivos no crecen rectos –me decía: sus troncos se retuercen, se abren, se quiebran y vuelven a brotar.

Recordé el último día de la última cosecha en que caminamos juntos. Esa vez en medio del trayecto se detuvo a acariciar unas ramas acompañando el capricho de la planta con su mano.

—¿Qué podemos aprender de esto? Me preguntó luego.

—Que no todo tiene que ser tan ordenado, -le respondí con tono de pregunta.

Mi abuelo se rió, y su risa pareció agitar el follaje. Me dio la impresión de que se reían con él.

—Su forma nos enseña que la belleza no es simetría —continuó-, sino resistencia. Que la vida verdadera no es línea recta, sino espiral.

Se agachó lentamente y recogió una aceituna. Me la enseñó mientras me decía:

—El hombre, que sueña con dominar el mundo, podría aprender del olivar la sabiduría de la espera. Un olivo puede tardar décadas en dar fruto abundante. Pero una vez que comienza, puede ofrecer cosechas durante siglos. En ese ritmo lento hay una lección de humildad: lo valioso no se precipita, se gesta en la paciencia.

El viento de la mañana recorría las lomas y se enredaba en las ramas plateadas del olivar. No traía palabras, sino susurros antiguos, murmullos que no pertenecen del todo a los hombres ni al presente. Cada hoja parecía reflejar la luz como si escondiera un fragmento del sol, y en lo profundo, cada tronco retorcido guardaba en sus cicatrices la escritura de los siglos.

Sin darme cuenta, yo ya estaba mirando con los ojos de mi abuelo, y el olivar se me iba rebelando en cada pensamiento. Creo que él se dio cuenta de mi abstracción. Me palmeó cariñosamente con su mano curtida y continuó:

—El olivo no tiene apuro. Sus raíces descienden como pensamientos hondos, que buscan la memoria enterrada bajo capas de tierra, huesos y cenizas. A diferencia de los hombres, que corren hacia la urgencia del día, el árbol permanece, lento y paciente, enseñando otra medida del tiempo: la del arraigo.

—Sé que ese no es tu momento ahora —me dijo con tono comprensivo. Mañana ya estarás en la ciudad, empezando tus estudios. Pero después que hayas andado todos los caminos necesarios, sabrás cuando y donde buscar profundidad para tus raíces.

Nos quedábamos largos ratos callados, el olivar se cubría de un silencio espeso. Las ramas se mecían suavemente, como rezando, y el aire olía a tierra húmeda, a fruto maduro.

En esos silencios comprendí que la filosofía no nace en bibliotecas, sino en lugares así: bajo un árbol que enseña sin palabras. El olivo no argumenta: muestra. No discute: permanece.

Comprendí que mirar un olivar es contemplar la eternidad en forma vegetal. No una eternidad abstracta, sino encarnada en madera, en raíz, en hoja. Una eternidad que se ofrece, cada día, en un hilo de aceite derramado sobre el pan.

—¿Así que ingeniero agrónomo? —rompió el silencio mi abuelo. Seguramente estas tierras van a darle la bienvenida a quien traiga nuevas formas, nuevos cuidados, quien mejore la almazara. Y seguramente el olivar estará feliz de saberse protegido por quien sabe mirar.

—Van a pasar algunos años —le dije, tal vez ni sepa quién soy.

—Él te recordará. El olivo no olvida. Su madera dura como piedra registra cada herida, cada corte, cada poda. En su savia, como en un archivo secreto, se acumulan las sequías, los inviernos ásperos, las primaveras generosas. Cuando extraigas el aceite, extraerás también esa memoria, aunque no lo sepas. En ese hilo dorado está el sabor de la tierra, el ritmo del sol, la paciencia del tiempo.

—Me gusta esa palabra —le dije.

—¿Cuál?

—Aceite: suena bien.

—Es una palabra humilde —dijo con tono seguro. Al derramarse en una vasija, brilla como oro líquido. Pero su verdadera riqueza no es la del brillo, sino la de la permanencia. El aceite conserva, protege, cura, alumbra. Es al mismo tiempo alimento y lámpara, bálsamo y rito.

—También es historia —recordé. Y en esa observación escondía el deseo de escuchar otra vez sus viejas historias del aceite a través de los siglos que me contaba de niño.

—Gran verdad –me dijo. Los olivos más antiguos de la cuenca mediterránea han visto pasar imperios como quien ve pasar estaciones. Cartago, Roma, Bizancio, Al-Ándalus… y ahí siguen, doblados pero vivos, como testigos imperturbables de la fragilidad humana.

En los templos antiguos —continuó, ardían lámparas de aceite que mantenían vivo el fuego sagrado. En las casas humildes iluminaba las noches. Ungía reyes y consagraba guerreros; aliviaba heridas en los cuerpos de los pobres. En todos esos usos, el aceite fue símbolo de algo más alto: la continuidad de la vida.

Unos pájaros volaron a nuestro paso y parecieron traerle otro recuerdo.

—En la Biblia, después del diluvio, una paloma trajo un ramo de olivo: señal de que la vida rebrotaba, de que las aguas retrocedían, de que la tierra volvía a estar habitable. No era un triunfo bélico ni una conquista lo que se anunciaba, sino un árbol humilde que garantizaba la continuidad de lo vivo.

Con esas historias mi abuelo me enseñó a amar el aceite. En su pueblo era símbolo de unidad, de comunión. Cuando se servía en las mesas, nunca era para uno solo. Se compartía, se derramaba en platos comunes, se ofrecía como gesto de hospitalidad. Una mesa con aceite era siempre una mesa abierta.

Allí, la amabilidad se medía por la abundancia del aceite ofrecido. Donde se partía el pan y se hundía en el oro líquido, no había soledad posible. El aceite unía lo diverso, mezclaba los sabores, suavizaba lo áspero. Era, en sí mismo, una metáfora de convivencia.

Cada año era una celebración para mis sentidos cuando el olivar se estremecía en otoño. Los hombres llegaban con varas y redes. El golpe de las varas hacía caer los frutos como pequeñas lluvias negras y verdes. Ese sonido, seco y repetido, era un lenguaje ancestral que recordaba que la abundancia no se obtiene sin esfuerzo ni herida.

Las aceitunas, recogidas en montones, parecían ojos brillantes que miraban desde la tierra. Pronto serían molidas, trituradas, convertidas en pasta. Y en esa violencia de la molienda se repetía una metáfora humana: sólo quien atraviesa la presión y el peso puede entregar lo mejor de sí.

El molino era un templo. Allí, la materia se transformaba en esencia. Allí, lo que era áspero se volvía luminoso. En el aceite recién prensado había un resplandor que parecía contener la promesa de la vida misma.

Al presionar la aceituna, brotaba un jugo amargo y turbio. Pero el aceite verdadero surgía después, cuando ese jugo se decantaba, cuando la claridad se abría paso entre la oscuridad. Como si dijera: toda luz necesita atravesar la sombra.

El aceite —decía el abuelo, es, en cierto modo, la sangre del árbol. Pero es una sangre que no se derrama para morir, sino para sostener la vida de otros. No en vano, en tantas tradiciones, el olivo es signo de paz: porque su fruto no envenena ni hiere, sino que alimenta.

***

Fue muy duro aceptar que el abuelo ya no estaría la próxima cosecha. Después de ceder su cuerpo a la tierra reseca comprendí que era yo ahora como uno de esos olivos: tenía una gran herida que curar. El olivo enseña que toda herida puede ser origen. De un tronco rajado brotan retoños. De una raíz vieja nace un nuevo árbol. La muerte, en el olivar, nunca es final, sino comienzo.

Yo era, entonces, un comienzo.

Me quedé un largo rato junto al montículo de tierra que lo abrigaba. Eché una larga mirada al cementerio. Estaba también rodeado de olivos. El árbol no niega la muerte, pero la transforma en continuidad. Sus raíces se nutren de lo que yace en la tierra, y lo devuelven en frutos. La vida no se pierde: se convierte en savia, en fruto, en aceite. Quizá el destino del hombre sea parecerse al olivo: aceptar la herida, atravesar el tiempo, entregar un fruto que alimente a otros: sólo al compartir ese fruto se encuentra el verdadero sentido. La vida encerrada en sí misma se pudre. La vida entregada se convierte en luz.

Yo puedo decir que esa luz nunca se ha apagado gracias a mi abuelo. Hoy estoy esperando a mi nieto para una nueva caminata. Las plantas nos conocen, como han conocido a todas las generaciones anteriores, nos saludan con su amor retorcido y su risa cómplice a nuestro paso.

El aceite de oliva es un espejo donde puedo reconocerme. Como mi sangre vieja, fluye lento, pero constante. Resiste. Como si llevara consigo un pacto secreto con la incorruptibilidad.

Hoy le diré a mi nieto que somos como los olivos: necesitamos hundir nuestras raíces en la memoria y al mismo tiempo ofrecer nuestros frutos al porvenir.

Cada comienzo de cosecha, vamos con mi nieto a la tumba de mi abuelo y, al igual que aquella paloma bíblica, en vez de flores dejamos una ramita de olivo, como promesa de continuidad de la vida.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad