140. El abuelo y el olivo

Sebastián Tugores Ramis

 

Me senté junto al tronco retorcido del olivo, buscando sombra. El abuelo, con su boina ladeada, suspiró:

—Estoy viejo, chico. Ya no aguanto las rodillas.

El árbol respondió con voz grave, que parecía salir de las raíces:

—¿Viejo? Yo tengo más de trescientos años y todavía sostengo ramas, pájaros y hasta tus siestas. Tú, en cambio, te quejas por subir dos escalones.

El abuelo abrió mucho los ojos.

—¿Me está hablando un árbol?

—¿Y a quién esperabas? ¿Al wifi rural? —se burló el olivo.

Me reí, pero el abuelo no se dio por vencido.

—Al menos yo tengo recuerdos. Sé quién soy.

—Pues yo tengo coupages y monovarietales que salen en guías gourmet. Tú, en cambio, solo sales en la foto del carnet de jubilado.

La discusión siguió entre reproches y chistes hasta que el abuelo, rendido, apoyó la espalda en el tronco. El olivo murmuró, más suave:

—No te quejes tanto. Estamos hechos de lo mismo: paciencia y raíces.

El abuelo cerró los ojos, sonrió, y yo juraría que el árbol también movió las ramas, como si riera bajito.

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