134. Mi vida a la sombra del olivo
Cada mañana, cuando me despertaba, encontraba a mi madre en el mismo rincón de nuestra pequeña cocina. Amasaba harina con manos firmes mientras el horno de barro que teníamos al lado de casa comenzaba a calentarse lentamente. Mi madre hacia nuestro pan cada día, y tanto a mi hermano como a mí como a mí nos parecía el pan más delicioso del mundo. También es cierto que nunca habíamos probado otro pan, aunque, si algo nos gustaba era el pan tostado en el calor de la chimenea y empapado en aceite. Ese aceite verde y amargo extraído de la cosecha más temprana. Desde niño, aprendí a querer los olivos.
Decía que no se podía usar todos los días, porque mi padre lo vendía casi todo. Teníamos poco más de cien olivos; eran herencia familiar por parte de mi madre. Gracias a los olivos, podíamos sobrevivir en esa época tan difícil en la que nos tocó vivir. Mi padre que provenía de tierras manchegas, jamás había cultivado aceitunas, no tardó en descubrir que los olivos acarreaban su trabajo. Mi padre acabó amando esos árboles de tronco retorcido, hojas verdes y frutos oscuros.
Con la perdida de mis padres, esos cien olivos pasaron a ser de mi hermano mayor y míos. Siempre estuvieron con nosotros como un legado silencioso. No tardaría mucho tiempo en descubrir que el campo necesitaba una dedicación constante. El olivo necesitaba de mimos y cuidados, y al faltar mi padre esa responsabilidad pasó a mí. No me importaba llegar de trabajar cansado y acabar las pocas horas de luz que quedaba del día en los olivos. Era un sacrificio que realizaba gustoso, me traía de vuelta a mi infancia: una infancia dura, sí, pero llena de cariño. Mis padres fueron dos personas honradas, trabajadoras que intentaron prosperar en la vida por nosotros.
Poco a poco fui comprando más olivos, pagándolos gracias las cosechas que iban saliendo, aunque necesité bastantes años para eso.
El olivo, además, se fue encareciendo con el paso de los años, y aquel aceite que siempre había estado en nuestra mesa comenzó a valorarse en todo el mundo. Y con ello, también su precio.
Aunque lo esencial para una buena cosecha era la lluvia que hacía de nuestros campos lugares de cultivo, cada año era el mismo propósito: que lloviese, porque sin lluvia no habría una temporada prospera. No podía permitirme instalar el riego en mis olivos. Lo había visto en otras fincas de mayor envergadura que la mía, el riego por goteo, y era evidente que la producción superaba con creces a los olivos de secano.
Con el tiempo mis hijos fueron creciendo y, a medida que podían, me ayudaban con el campo. Hasta que un día los tres emprendieron sus propios caminos. Consiguieron un trabajo estable, formaron su vida y se les veía felices. No podía reprocharles que se hubiesen buscando su propia felicidad, si de algo me encontraba especialmente orgulloso era de la educación que les había dado. Tanto su madre como yo desde bien pequeños les dejamos tomar sus propias decisiones sin imponerles ideas que fuesen nuestras. De ahí que ellos desarrollaran unos valores que los acompañarían el resto de sus vidas. Mis hijos no se marcharon demasiado lejos, así que venían con frecuencia, y mi mujer y yo los disfrutábamos, sobre todo a nuestros nietos.
En la época de aceituna ayudaban siempre que tenían días libres o incluso en las vacaciones de navidad. Precisamente en las vacaciones de navidad era cuando más disfrutaba, en esos días íbamos la familia completa. Mis nietos desde bien pequeños cogían las aceitunas que podían, entre risas y carreras pasaban las mañanas. Cuando terminábamos de comer recogíamos para marcharnos a casa, aunque yo siempre me quedaba el ultimo para acarrear la aceituna a la cooperativa y dejar el coche preparado para la mañana siguiente.
Pero llegó un momento que la vejez avanzó sobre mí y no podía mantener mi esfuerzo. Así fue como decidí contratar una cuadrilla de personas que recolectaban cada año la cosecha. Fueron ellos los que, durante años, cuidaron de mis olivos como yo lo hacía, mientras los observaba desde la distancia.
Aunque para el tema de curar el olivo, echarle su abono o para quitar los chupones siempre estaba yo, a veces contrataba a algún joven para que me ayudase. Necesitaba ver que mis olivos se encontraban cuidados.
Un día, mi hija me llamó como costumbre para que sacase una caja de aceite de la cooperativa donde siempre lo sacábamos. Nunca había probado un aceite tan puro ni tan especial decía, esa frase hacía que me enorgulleciese de mis raíces.
Por las tardes, solía salir a pasear con mi perro Lucas. Cuando apenas era un cachorro, lo dejaron en mi cochera, quizá lo metieron por una pequeña apertura de la puerta trasera. Me dio pena verlo tan pequeño y tan indefenso, así que decidí quedármelo. Nuestra relación era pura amistad.
Caminábamos por los olivos de la parte trasera de casa. Yo observaba las podas que hacían los vecinos, siempre atento para aprender del trabajo de los demás. A veces llegábamos hasta el cortijo de un vecino, donde había más perros.
Lucas era sociable y se hizo amigo de ellos. Así era como pasábamos las tardes de tertulia, mi amigo Joaquín y yo.
Fue precisamente Joaquín quien me convenció para que le acompañase a una cata de aceite que se iba a celebrar en la cooperativa de nuestro pueblo el próximo jueves. La cata la había organizado su sobrina. Me contó, que una vez termino sus estudios, cursó un master en olivar, aceite de oliva y salud. A pesar de haber pasado toda la vida entre olivos, nunca había estado en una cata de aceite. La propuesta me hizo ilusión.
Esa mañana me encontré más personas de las que imaginaba en la cooperativa. Prácticamente todos eran conocidos, muchos de ellos amigos de toda la vida. Me senté, y frente a mí, me encontré varios vasos pequeños de color opaco, pan, un papel y bolígrafo para tomar notas y una botella de agua.
Nunca imaginé que analizar el aceite me permitiría verlo con otros ojos. Llegué a comprender que no solo lo recolectaba, sino que también conocía sus variantes: desde el amarillo oro al verde hierba, desde el aroma de aceituna, madera, sabores picantes, dulces o suaves. Salí muy contento de la cata de aceite, con una satisfacción desconocida y sabiendo que la calidad del aceite se medía por el olfato y el gusto, no por la vista. Nos ofrecieron más de quince aceites de distintos pueblos. Probamos el oro de Bailen, Picualia y algunos de cosechas muy tempranas. El de la Puerta de las Villas lo había comprado varias veces, mi hija que vivía en Villacarrillo me lo regaló un día para que lo usase en las tostadas, y lo cierto es que me gustó. Desde entonces nunca ha faltado un par de botellas en casa. Y sobre todo cuando se aproximaba la Semana Santa que bajaban todos mis sobrinos de Valencia y se subían normalmente varias botellas.
Con el paso de los años comencé a pensar con frecuencia en el día de mi muerte. A pesar de haber sido un hombre valiente, la muerte me inquietaba. No deseaba dejar a mi mujer y al resto de mi familia. Nunca había sido un hombre de expresar sentimientos, pero desde que me jubilé me sentía feliz. Miraba la vida que había construido y me alegraba.
Una mañana de brisa fresca, madrugué para subir la loma que queda próxima a casa, junto al viejo depósito de agua. Desde que hicieron uno a la entrada del pueblo, el antiguo se fue perdiendo, y con él las vistas. Eran simplemente maravillosas, mirases donde fuese la tierra estaba bañada por un mar de olivos.
Sentado en un pequeño resalte que sobresalía de la puerta, miraba los primeros rayos del sol y recordaba las veces que buscaba ese rayo de sol durante el mes de diciembre. Cuando el rocío cubría los campos encendía una pequeña hoguera para calentar las manos, porque tenía tan congelados los dedos que a duras penas los podías mover. No recuerdo un año de mi vida, de mis 79 años que no hubiese ido a recoger una campaña de aceituna. A veces fueron temporadas de mucha cosecha y apuraba los dos meses y otras en cambio en dos semanas las tenía recogidas.
Si algo tuve siempre claro con los años, fue que, que cuando llegase mi hora de partir, querría morir junto a mis olivos. Hice prometer a mis hijos que me incinerarían y echarían mis cenizas debajo de la antigua encina que había en los olivos de mi madre. Esa encima era de las pocas que conocía que echaba bellotas dulces. Quería quedarme allí, entre raíces familiares, en el corazón del paisaje que me vio crecer. Permanecer la eternidad cerca de los míos, donde todo empezó, donde la tierra aun huele a pan empapado en aceite. Allí donde mi alma se encontraría en calma.



