133. El mapa
No dejo de sorprenderme, con cada nuevo caso que se nos presenta, de lo fina y permeable que es la membrana que envuelve la legalidad. Un día transitas por dentro, convencido de que nunca la traspasarás, y al día siguiente un malentendido, una decisión equivocada o, simplemente, las corrientes impredecibles de la fatalidad te arrastran al otro lado y nos obligan a salir a buscarte. Para eso estamos. Es lo que se espera de la Guardia Civil.
Con estas cavilaciones corporativas se entretenían mis neuronas tratando de engañar al sueño tras una noche muy ajetreada, cuando nos telefonearon desde la cooperativa olivarera San Isidoro de Casantón de Guadalén. Justo en ese momento, nos disponíamos a salir para allá. La almazara está en las afueras del pueblo, muy cerca de la casa cuartel.
Permítanme que les comparta algunas actuaciones del sumario para que puedan entender lo que pasó.
Interrogatorio a Olga Berasategui
Martes, 13 de mayo de 2025, a las 7:30
—¿Es usted Olga Berasategui, la persona que nos ha avisado?
—Sí, detective, ahora mismo —sollozó la mujer. La llama azul de aquellos ojos encendidos por el llanto consiguió disipar, con el primer fogonazo de su mirada, la tenue neblina de mi cansancio.
—Sargento. Puede llamarme sargento Alvarado. Por favor, Olga, ¿cree que está en condiciones de explicarme cómo ha descubierto el cuerpo del profesor Zacarías Ruf?
—Lo intentaré, sargento. En realidad, no hay mucho que explicar. Me he presentado en la cooperativa hace apenas media hora, sobre las 7:00, como cada día. El portón del patio de entrada de tractores estaba abierto, pero no me ha extrañado. “Ya está aquí Jero”, he pensado. Aunque suele ser el último en irse, no acostumbra a ser el primero en llegar, pero ¿quién más podía ser? Solo él y yo tenemos llave.
»Siempre me desconcierta ver el patio vacío y en silencio. Durante la recolección, se forman colas de remolques que vuelcan aceituna en la rejilla de recogida y constantemente se activa la cinta sinfín que la lleva a la tolva de descarga. Se lo puede imaginar: ruido, trasiego de gente, olor a tierra mojada y a hierba recién cortada…
»He venido a la oficina. A menudo, Jero me acompaña mientras se toma el café a primera hora. Pero aquí tampoco había nadie. “Jero, ¿dónde andas?”, he gritado. No ha habido respuesta.
—“Jero” es Jerónimo Megías, ¿verdad?
—Sí, así es. ¿Le conoce?
—No mucho.
—Es una bellísima persona. Vive por y para la cooperativa. Hay quien dice que por sus venas no corre sangre, sino aceite de oliva. Si fuera cierto, solo podría ser el virgen extra, el mejorcito, como el nuestro. Cuando se entere, se va a quedar hecho polvo: fue suya la idea de traer al profesor a dar las dos charlas. Al final, tendremos que conformarnos solo con la primera, la de anoche.
»Pero perdóneme, sargento. Me preguntaba usted por lo del cadáver. Como le decía, nadie respondía a mis llamadas. He ido, por la puerta interior, a la que conocemos como “zona sucia” de la almazara, la de recepción, limpieza, almacenaje y molido. He recorrido la nave entre la maquinaria parada. ¿La ha visto alguna vez en funcionamiento? Es toda una experiencia. El aire se empapa de un aroma denso, cálido y graso que recuerda a las tostadas con aceite. Tiene usted que venir algún día este invierno para comprobarlo.
»A continuación, he atravesado la bodega entre los tanques de decantación. Al llegar a la escalera, he visto luz en la primera planta y he subido corriendo con la esperanza de encontrarlo allí, pero el laboratorio estaba tan en orden y deshabitado como el resto. Y he empezado a preocuparme. “¿Dónde paras, compañero?”, he vuelto a reclamar, más como un ruego al Todopoderoso que como una pregunta al desaparecido. La respuesta: un silencio que cada vez me ponía más nerviosa. Reconozco que, en ese momento, he tenido un mal presentimiento. Acostumbro a pensar siempre lo peor y, desgraciadamente, pocas veces me equivoco.
»Angustiada, he ido a la planta de envasado. La sala también parecía desierta, pero el suelo alrededor de la máquina embotelladora estaba sembrado de cristales rotos y de cajas desperdigadas. “Ya está: se nos han colado unos vándalos, o unos borrachos, o unos vándalos borrachos”. Iba a llamarles en ese momento. ¿Para qué esperar más? Pero, no sé por qué, he seguido avanzando con el ay en la boca. No me he dado cuenta de que me había metido en el charco de sangre hasta que he tropezado con el cuerpo de Ruf, tirado detrás de los palés. Se me ha escapado un grito y se me han revuelto las tripas. He apartado la cabeza justo a tiempo de evitar vomitar encima del cadáver. Nunca antes había visto a nadie degollado.
»Lo que ha pasado después ya lo sabe, sargento. Ha sido llamarles y no han tardado ustedes ni tres minutos en llegar.
—¿Conocía a Zacarías Ruf?
—No. Bueno, sí, un poco. De la charla de anoche. Vine a escucharla con Antolín, mi marido. También sé las cosas que se dicen de él. Que era hijo de una casantonera y un santaelenero, pero que nació y se crio en Barcelona, donde habían emigrado sus padres a trabajar. Que daba clase de Historia en la Universidad de Granada y que de cara a su jubilación quería establecerse aquí, en Casantón. Pero quien mejor le conoce es Jero. Coincidieron en unas jornadas sobre la cultura del aceite que se organizaron en Úbeda el pasado septiembre, y se hicieron muy amigos.
—¿Sabía que el profesor le compró en febrero a su esposo una parcela de olivar cerca del pueblo, en el paraje conocido como la Suerte del Tío Bonilla?
—Pues… —calló. Sé que se preguntó “¿Y este cómo se ha enterado tan pronto?”, y le asaltaron los miedos y las dudas, y pensó lo peor, y esta vez no se equivocó.
—Solo una cosa más, Olga. ¿Me puede decir qué ha hecho con el mapa?
Las explicaciones de la señora Berasategui estaban plagadas de mentiras, medias verdades, turbias vaguedades e incriminatorios silencios. Esa madrugada habíamos arrestado a su marido cuando abandonaba el pueblo en coche. Antolín Soriano llevaba a Jerónimo Megías maniatado y amordazado en el maletero. Aunque su abogada le aconsejó que no nos dijera nada y que se esperara, para hablar, a estar delante del juez, el detenido confesó. Se notaba que tenía ganas de reconocer la culpa y descargar la conciencia. Sus declaraciones, a diferencia de las de la esposa, eran congruentes con las huellas de alpechín que encontramos por todo el recinto.
Declaraciones de Antolín Soriano
Martes, 13 de mayo de 2025, a las 6:05
Verá, agente, anoche fui a la sala de juntas de la cooperativa con Olga, mi mujer, para escuchar la charla del profesor Ruf. Ella trabaja allí, ¿sabe? Parece ser que Ruf veraneaba de niño en Casantón, pero, según me comentó, desde la muerte de sus abuelos no había vuelto al pueblo hasta hace tres meses, para firmar la escritura.
Aunque Jero y yo somos amigos desde la infancia y confiaba en él, tendría que haber sospechado algo cuando me dijo que el profesor estaba interesado en comprarme el olivar que heredé de mis padres y establecerse aquí tras su jubilación. ¿Quién querría venir a vivir a un lugar más bien tranquilo donde no conoce a nadie? Pero pensé: “A lo mejor es eso precisamente lo que busca”. No le di más vueltas. ¿A mí qué me importaba? Gracias a la mediación de Jero, había conseguido endosarle la parcela de olivos centenarios por un precio más que aceptable. Su oferta, muy por encima de los trescientos euros por árbol que se están pagando en la zona, era imposible de rechazar.
No he atado cabos hasta que hemos escuchado la ponencia. Bueno, en realidad ha sido cosa de Olga. Yo nunca lo habría relacionado. Tenía por título “El tesoro de El Condado”, que es el nombre de nuestra comarca, y estaba dividida en dos sesiones, una ayer y otra prevista para hoy. En la de anoche, el profesor explicó que el pueblo se fundó, como muchos otros de Andalucía, a raíz del plan de Carlos III para repoblar Sierra Morena con colonos católicos procedentes del centro de Europa. Uno de los principales objetivos del proyecto era “pacificar la zona” fortaleciendo la seguridad en el tráfico de personas y mercancías que circulaban por el camino de Madrid. Según comentó Ruf (y aquí había empezado la charla a ponerse interesante), hasta entonces, el valle era un bosque que daba refugio a toda clase de bandoleros y malhechores. Raro era el viajero que circulaba por el camino sin verse obligado a pagar un peaje, aseguró. También dijo que, cuando el ejército vino a dar apoyo a las cuadrillas reales, muchos de esos bandidos tuvieron que huir precipitadamente.
Seguidamente, el profesor ha revelado al auditorio un descubrimiento. ¿Por qué lo ha hecho? ¿Para dárselas de erudito? ¿Para restregarnos lo listos que son los de ciudad? ¿Para presumir ante los paisanos de su madre? No sé. Resulta que, revisando documentos de la Biblioteca Nacional, encontró un legajo del que se podía deducir que las tierras del valle guardaban, enterrado, un tesoro inmenso. Pero es que, además, en la buhardilla de la que había sido la casa de sus abuelos, apareció un mapa que había pasado inadvertido a la familia durante generaciones y que señala dónde está ubicada la descomunal fortuna. Y ahí ha acabado la primera sesión, en suspense y con el público deseando saber más.
A Olga le ha cambiado la cara oyendo a Ruf.
—Tú eres tonto, Antolín —me ha dicho al salir de la charla. —Esos dos te han engañado como a un pardillo con la venta del olivar. Te has pensado que le dabas gato por liebre y resulta que el gato te lo has comido tú.
Mi mujer consigue sacarme de quicio. Siempre piensa lo peor, pero he de reconocer que suele acertar, y esta vez no parecía ser la excepción. Cuando me disponía a volver a la sala para partirle la cara al forastero y a su socio, Olga me ha parado. “Espera a que se vayan todos. Les obligaremos a que nos digan dónde está el tesoro”.
Ella se ha quedado en el vestíbulo vigilando la salida y yo he ido a casa con el coche a buscar el cuchillo de monte y la escopeta de caza. A la vuelta, me ha abierto el portón del patio de descarga y he aparcado dentro. Jero y Ruf seguían allí, en la planta superior (la luz de los fluorescentes así lo indicaba), pero el resto del auditorio se había ido ya.
Hemos entrado por la zona sucia. El profesor ha debido verme a través de la ventana del laboratorio cuando subíamos por la escalera con la escopeta en ristre y el cuchillo enfundado en mi cintura, porque el muy cobarde ha corrido a esconderse en la planta de envasado mientras Jero, parado en medio del pasillo con las piernas separadas y los brazos cruzados, nos barraba el paso.
—¿Dónde te piensas que vas con la escopeta, Antolín? —me ha recriminado serenamente.
—Dime que tú no tienes nada que ver, Jero. Que solo has sido un intermediario.
—¿Nada que ver con qué? Olga, pídele a tu marido que deje la escopeta fuera, si quiere hablar.
—Antolín, dame la escopeta.
—Pero Olga…
—Dámela —ha dicho quitándomela de las manos—. Átalo —me ha ordenado mientras seguía apuntando con el arma a su compañero, que no salía de su asombro.
Le he obligado a sentarse y le he embridado las muñecas por detrás del respaldo de la silla, y los tobillos a las patas.
—Ve a buscar al profesor y que te diga dónde está el tesoro. Yo me quedo aquí. Tengo que averiguar si este está compinchado y convencerle de que me explique lo que sepa.
He hecho caso.
No ha sido difícil encontrarle. El único escondite en la planta de envasado para algo de su tamaño era una esquina detrás de los palés. Me he acercado sigilosamente y, antes de que se diera cuenta de mi presencia, el acero de mi machete amenazaba su cuello.
—¿Dónde está el tesoro, Zacarías? —le he preguntado.
—Ya lo he dicho en la charla: enterrado en el valle.
No parecía asustado. Es más, daba la sensación de que la situación le divertía.
—¿En qué parte del valle?
—Está indicado en el mapa —me ha contestado, con la misma pose burlona e irritante.
—¿Dónde tienes el mapa?
De repente, la voz imperativa de mi esposa me ha sobresaltado:
—Suéltalo. Lo tengo yo. Estaba dentro del cajón de muestras. Jero me lo ha confesado sin rechistar.
No me lo esperaba. No la he oído entrar. Al girarme, he notado que un chorro caliente y espeso recorría mi brazo. Había olvidado que tenía la afiladísima hoja presionando su cuello y, sin querer, lo juro, le he rebanado la yugular a ese desgraciado, y se le ha borrado la sonrisa del rostro.
—¿Qué has hecho, animal? —me ha escupido Olga, mientras dejaba desplomarse el cuerpo inerte de Ruf, que se desangraba convulsivamente, justo antes de que ella apartara la cabeza para evitar vomitarle encima, regurgitando en cada arcada, también, todos nuestros sueños.
Cuando mi mujer ha recuperado la capacidad de hablar y blasfemar, me ha obligado a quitarme la ropa, incluidos los zapatos, y tras meterla en una bolsa de basura y entregarme un mono de faena y unas botas limpias, ha pautado el que sería nuestro plan.
—Esto es lo que vamos a hacer. Te llevas a Jero a un lugar apartado en la sierra, lo más aislado y de difícil acceso que puedas encontrar, le obligas a cavar su tumba, le pegas tres tiros y lo entierras con la bolsa. ¿Lo entiendes, Antolín? Piensa que no deben descubrir sus restos jamás. Nuestro futuro y nuestra libertad dependen de ello. Haremos que parezca que se peleó con el profesor en la planta de envasado, que le robó el mapa, que desenterró el tesoro y que se fugó con él.
Y le he obedecido, como siempre. Después de ayudarla a romper botellas y tirar cosas simulando una pelea, me he llevado a empujones a su colega. Amordazado y con las manos embridadas a la espalda, le he obligado a meterse en el maletero, le he inmovilizado los pies y hemos salido de allí. Ella se ha quedado para terminar de preparar el escenario. Se esfuerza por parecer dura y en hacer ver que mantiene la cabeza fría, incluso ante las situaciones adversas, pero la conozco bien y sé que, en cuanto me he ido, se han roto las compuertas que contenían su llanto, y ha maldecido mil veces mi torpeza. Yo también lo he hecho.
Decididamente, hoy no es mi día de la suerte. A esas horas en las que normalmente no hay nadie en la carretera, he alcanzado a otro noctámbulo que circulaba muy despacito, respetando los límites. Mi estado de excitación me impedía una conducción prudente y he decidido saltarme la continua para adelantarle. La maniobra no entrañaba peligro alguno porque, por las luces, hubiera visto de lejos cualquier vehículo que viniera de frente. Pero allí estaban ustedes. ¿No tienen nada mejor que hacer que vigilar una carretera comarcal poco transitada a las dos y media de la madrugada? Los guardias se han dado cuenta de mi nerviosismo; además, estoy seguro de que han notado el forcejeo de Jero contra sus ligaduras y el ligero zarandeo del coche cada vez que intentaba golpear con la cabeza la parte interior del capó trasero. Me han obligado a abrirlo, han liberado al rehén, me han esposado y me han traído aquí, al calabozo.
No, no hemos mirado el mapa. ¿Qué quiere que le diga? En ese momento, le puedo asegurar que teníamos otras prioridades.
La segunda charla
Tal y como explicó Olga Berasategui, Jerónimo Megías conoció a Zacarías Ruf en “Las Jornadas del AOVE” organizadas por el Centro de Interpretación del Olivar y el Aceite en la Ermita Madre de Dios de Úbeda, en septiembre de 2024. Lo que no sabía el matrimonio es que la lección magistral que, en dos sesiones consecutivas, impartió entonces el profesor, tenía el mismo contenido que las dos conferencias programadas para ese mayo de 2025 en Casantón. Las ponencias de aquellas Jornadas están grabadas y colgadas en Internet. Si Olga o Antolín hubieran tenido la curiosidad de buscarlas, habrían descubierto que, en la segunda sesión, el profesor explicaba en qué consistía el tesoro del que hablaba en la primera. Habrían entendido que la fortuna enterrada no se guardaba en ningún cofre, ni estaba compuesta de piedras preciosas, ni de monedas, ni de joyas, ni de lingotes de metales caros, sino de plantones de olivo con diez metros de separación entre sí que cuadriculaban el mapa del valle alrededor de lo que se había planificado como calles y casas.
Esta vez, el instinto de Olga había fallado. Si al comprar los olivos, el profesor pagó un precio alto (a la postre, mucho más alto del que nadie hubiera podido imaginar), fue, básicamente, por desconocimiento del mercado. Y contrariamente a lo que pensaba la pareja, la intención del forastero no había sido expoliar un tesoro, sino recuperar una parte de las raíces y los frutos que alimentaron a aquellos colonos europeos y a los que vinieron después buscando un medio para ganarse la vida honradamente, en estas tierras que, en otro tiempo, fueron refugio de delincuentes desalmados. Lo sucedido demuestra que las cosas tampoco han cambiado tanto desde entonces. Hoy, como ayer, la membrana que envuelve el lado correcto de la Ley es tan fina y permeable, que nadie está exento de traspasarla. Basta con que un malentendido, una decisión equivocada o, simplemente, las corrientes impredecibles de la fatalidad nos empujen lo suficiente.



