130. La almazara del inglés

Jorge J. Codina

 

I. La herencia

El autobús me abandonó en lo que el conductor, con una sonrisa de dientes amarillos, denominó «la parada»: una mancha de grava descolorida que se extendía en el arcén de una carretera comarcal partida en dos lenguas de serpiente. Elegí la bifurcación izquierda, aquella que el testamento de mi tío abuelo Hugo J. Price —descendiente por línea materna de Lord Fitzroy Somerset, a la sazón mariscal ayudante de campo del insigne Duque de Wellington, por cuyos méritos durante el asalto de Badajoz había pasado la heredad a formar parte del patrimonio familiar— describía con precisión notarial: «…el carril de tierra que conduce a la finca La Rencorosa…». El nombre ya era un mal augurio.

Las ruedecitas de la maleta chirriaban en armonía con los zumbidos de los insectos. El sol quemaba como plomo derretido, se olía a ganado y a paja seca, a tiempo detenido.

Mi español, puramente académico, diseccionaba sonetos del Siglo de Oro con precisión forense: pero, por mi acento, se mostraba inútil para preguntar la hora a una anciana en la plaza; comparable, según decían, al de un barbateño. Había pasado los últimos meses traduciendo del inglés al español las doscientas páginas del manual y del recetario de una freidora de aire coreana. Del subjuntivo preciosista del barroco a las advertencias sobre utensilios metálicos. Era imposible que Londres no bulliera o bulliese en mis recuerdos recientes: notificaciones, plazos, la cacofonía electrónica del progreso… Una degradación sutil, pero implacable como la erosión que convierte las catedrales en ruinas.

Al final del sendero, acurrucada bajo la sombra anémica de dos cipreses polvorientos, se alzaba la almazara. De ella se veía su espectro: las paredes desconchadas por la intemperie de décadas, y la puerta de madera, hinchada como los labios de un sediento; al primer empujón cedió con el crujido de un hueso al partirse.

Dentro, el aire era hediondo. No olía a aceite, sino a abandono destilado, al aliento metálico de la herrumbre y al fantasma agrio de la última moltura, ocurrida según un registro que mencionó el notario en algún punto difuso de los años ochenta del siglo veinte. La gran prensa dominaba el espacio como un gusano prehistórico, con los engranajes cubiertos de un polvo espeso que era casi fieltro. Bajo una ventana, ciega de telarañas, una fila de tinajas reposaba en formación solemne, como urnas funerarias esperando un huésped que jamás se presentó a liquidar la cuenta. Y en la planta alta, algunas estancias imitaban una vivienda.

Todo el lugar era mi reflejo exacto: un mecanismo magnífico diseñado para crear algo de valor, pero cubierto ahora de olvido. Apoyé la maleta contra el muro y, como era habitual en los últimos meses, no sentí nada. Ni esperanza ni desesperación. Solo el peso de aquella atmósfera apelmazada y la certeza de que huir nunca funciona: simplemente cambia el decorado de la tragicomedia.

 

II. El portento

Los días se deslizaron sin nombre ni número. Esta es una tierra en la que no vale la pena medir el tiempo: ya lo hace el movimiento y la longitud de las sombras sobre las piedras, la calidez y frescura de la brisa, y las tonalidades de los pastos y las arboledas. Mis únicas expediciones eran al pueblo, en busca de pan y queso, embutidos y alguna hortaliza. Otros días, también me llevaba bajo el brazo una antología del maestro Poe que había metido en la maleta por instinto y me detenía a leerla en las choperas de las riberas del arroyo.

Durante los paseos, un olivo me llamaba la atención. Apartado de los demás, en un pequeño promontorio, se alzaba solitario y con aspecto enfermizo. Su tronco negro y retorcido parecía la materialización de una pesadilla, con la corteza agrietada en surcos profundos como cicatrices antediluvianas. Me recordaba a los personajes del genio de Baltimore: esas mentes atormentadas que habitan mansiones decrépitas.

Una tarde, el aburrimiento me impulsó a actuar. Arrastré una caja hasta aquel olivo oscuro y arranqué las pocas aceitunas que pendían de sus ramas: drupas pequeñas, casi momificadas por el sol. En la almazara, dediqué unas horas a limpiar una vieja prensa manual, un artefacto doméstico que había encontrado en una alacena. La manivela gimió con un quejido agudo de rata atrapada. Vertí las aceitunas en el hueco y comencé a girar.

El esfuerzo fue desproporcionado, ridículo. El sudor me picaba en los ojos. Después de una eternidad, de entre la pasta negruzca, un hilo finísimo de líquido oscuro comenzó a supurar por la boquilla de latón. Goteó con una lentitud exasperante sobre un cuenco de cerámica hasta cubrir apenas el fondo.

Lo contemplé durante un largo rato. No olía como el aceite de oliva que conocía. Olía a barro, a sótano, a algo mineral y cautivo. Por curiosidad científica, para finalizar el experimento, mojé la punta del dedo índice y me la llevé a la lengua.

Desde el paladar, primero, me invadió un resabio intenso a madera podrida. Pero detrás, vino algo que no era gustativo: el frío de una losa marmórea bajo la espalda, un silencio viscoso, la certeza absoluta de una presencia en la habitación en penumbra. Y luego, débil pero inconfundible, en la garganta, un latido. Rítmico, sordo, sofocado. Un latido que parecía brotar de las entrañas de la tierra.

Aparté el dedo como si me quemara. Mi corazón se había acelerado para acompasarse con aquel ritmo fantasmal. Me quedé inmóvil, examinando el cuenco con una mezcla de repulsión y un terrible asombro.

Aquello no era aceite, pero de alguna manera, era reconocible para mis sentidos: era la esencia destilada de los Cuentos de misterio e imaginación, de Edgar Allan Poe. Y acababa de beberla.

 

III. La biblioteca

Mi racionalidad resistió hasta la salida del sol. La lógica, el andamiaje que soportaba mi existencia, se tambaleaba como la casa Usher. ¿Alucinación? ¿El efecto del calor y la dieta persistente a base de queso manchego? La única forma de refutar el portento era reproducirlo.

Me convertí en un botánico loco, en un bibliotecario de campo. Dejé de ver árboles: veía autores, estilos, períodos literarios plantados en aquella tierra ocre. Dibujé un mapa tosco, asignando números a cada olivo: «N.º 7: porte elegante, tronco liso; evoca la prosa mesurada del XVIII. N.º 12: achaparrado, brutal; sin duda, una masculinidad herida, un Calibán».

La almazara se transformó en laboratorio. Pulí la prensa hasta que el latón relució. Cada día era un nuevo experimento: recogía aceitunas de un único árbol, las estrujaba con fervor y procedía a la cata con el corazón en un puño.

La mesa se llenó de pequeños frascos etiquetados a mano: mi biblioteca líquida.

Jane Austen. Provenía de olivos perfectamente alineados junto a un murete. Su aceite era dorado, limpio, con una entrada engañosamente suave que dejaba en la garganta un picor agudo y persistente, como un comentario sardónico lanzado entre sonrisas durante el baile. Sabía a inteligencia y a cortapisas.

Hemingway. De un olivo robusto y solitario. Un aceite verde, turbio. Su sabor era directo, sin concesiones: explosión de amargura y salinidad, un trago de agua de mar. Dejaba regusto a tabaco de pipa y a soledad naval. Era la embocadura de la derrota contada en frases cortas.

García Márquez. De un acebuche viejísimo cubierto de musgo, junto a los restos de la noria, en el arroyo. Su aceite espeso, casi fluorescente, era dulce y terroso a la vez, con toques de trópico después de la lluvia torrencial, a plátano maduro y a tiempo que se enroscaba sobre sí mismo, un recuerdo de un recuerdo de un recuerdo… Un gustillo en el paladar a familia.

El traductor, dormido durante años bajo capas de manuales técnicos, se había despertado. Pero ya no traducía las palabras: transcribía esencias. Cada mañana me levantaba con una euforia que no recordaba haber vivido jamás. Los rodales de La Rencorosa eran mis anaqueles privados repletos de tomos, iluminados por un sol que ya no me aplastaba.

Me sentía como en casa.

 

IV. La vida es sueño

No he traducido libros de texto, pero hay leyes físicas que son sabidas: las burbujas tienden a estallar. Mi error fue un comentario casual a Elvira, la charcutera, una mujer no muy bien encarada pero afable. Le hablé de mis aceites, de uno que me sabía «triste, como una tarde de domingo». Ella asintió sin la menor sorpresa.

—Claro, el de la linde norte. Siempre ha sido olivo de mal mirar.

Para ella era una simple verdad campestre; para el mundo, pronto se convertiría en otra excentricidad británica.

El comentario viajó de boca en boca, llegó a las redes sociales y se deformó lo suficiente hasta convertirse en noticia. Una periodista del semanario comarca publicó una columna: El olivicultor anglosajón y sus aceites con alma. Yo no la leí, pero alguien sí.

Un jueves apareció un Tesla gris metálico que le gastaba una broma de mal gusto al paisaje. De él descendió un hombre bajo, compacto, tipo Sancho Panza, pero con traje de lino impecable e inmune a la polvareda. Su rostro redondo transmitía la seriedad de un cirujano.

—Ramón Valbuena —se presentó, tendiéndome una mano blanda—. He leído algo… curioso. Y la curiosidad es la madre de la prensa crítica especializada.

Me puso al corriente del alcance de mis «innovaciones» y recordé un fragmento del Quijote que decía algo así:

«Yo apostaré —dijo Sancho— que antes de mucho tiempo no ha de haber bodegón, venta ni mesón o tienda de barbero donde no ande pintada la historia de nuestras hazañas; pero querría yo que la pintasen manos de otro mejor pintor que el que ha pintado a estas».

Lo invité a pasar con una mezcla de pánico y estúpido orgullo. Sus ojos afilados recorrieron mis frascos etiquetados. Arqueó un milímetro de ceja al leer «Austen». Sacó de un maletín una copa de cata de cristal azul oscuro.

—Procedamos —dijo, con solemnidad de juez.

Inició el ritual vertiendo aceite de Hemingway en la copa. La calentó, la olió con inhalaciones ruidosas como un sabueso. Sorbió una cantidad ínfima. Yo lo observaba incómodo por hacerme sentir igual que un chamán tribal examinado por un misionero.

Mantuvo el líquido en la boca un instante, ojos cerrados y expresión neutra. Luego lo escupió en una bacinilla de cobre con absoluta elegancia.

—Defectuoso —sentenció—. Atrojado evidente. Sensaciones de moho y madera por mal estado del fruto. Cero afrutado. Dejo desequilibrado. Incalificable.

Repitió el proceso con el de Austen.

—Oxidado. Rancio. Ausencia de atributos positivos. Podría ser aceite de automoción.

Así continuó, desmontando mi biblioteca con vocabulario técnico que era como paladas que me caían encima. Cada palabra suya era correcta, precisa, objetiva y absolutamente ciega a la verdad que yo experimentaba. Le ofrecí explicaciones, tartamudeando, sobre sensaciones y literatura. Me escuchó con la misma paciencia condescendiente del adulto que oye a un zagal hablar de su amigo invisible.

—Señor Price —dijo al tiempo que limpiaba la copa—. El aceite de oliva virgen extra es química, no poesía. Ciencia de polifenoles y ácidos grasos. Lo que tiene aquí es una colección de defectos, y debo admitirlo, muy… imaginativa. Es una anécdota verdaderamente simpática. Pero nada más.

Recogió sus bártulos, me dirigió una mirada entre jocosa y lastimera y se marchó. El rumor de la rodadura del Tesla se desvaneció, y no quedó más que el silencio de los frascos que, ahora, parecían llenos de veneno.

 

V. La cata final

El dictamen de Valbuena puso mis entrañas a hervir en mi propio aceite y me provocó un vacío, un agujero negro que todo devoraba, un disolvente que borraba hasta el último rastro de magia. Me senté y contemplé los frascos. ¿Hemingway era sabor de derrota o «atrojado evidente»? ¿Austen, ironía refinada o «aceite de automoción»? Las etiquetas que antes atestiguaban mi orgullo, ahora eran los delirios de un loco.

¿Y si el maldito Valbuena, no obstante, tenía razón? ¿Y si todo había sido una elaborada autosugestión nacida de la soledad y el desesperado anhelo por encontrarle significado a los días? Me sentí ridículo: ese aficionado patético jugando a mago al que le ven todos los trucos. El patetismo, aquel viejo pulóver que creía destejido para siempre, volvía a ceñirme los hombros.

Me fijé en un frasco que Valbuena no había catado: «Lorca». Lo había elaborado con aceitunas de árboles delgados y blanquecinos junto a los restos del pozo seco, árboles que siempre parecían temblar sin viento.

Me levanté por inercia, apresurado por la necesidad de romper el hechizo y aceptar la banalidad química. Vertí aquel aceite más pálido en una antigua tacita de loza Pickman, de La Cartuja. Lo olí sin esperar nada especial. Sin embargo, allí estaba el olor del río Hudson, y también un perfume floral y nocturno: jazmín, quizás del Darro.

Con el gesto aprensivo de quien va a tomar una medicina, lo probé.

Amargor afilado, limpio como el filo de navaja. Luego, intensa sensación de frío mineral, frío de luz lunar sobre una pared encalada. Y detrás, inconfundible, una nota profunda, metálica, casi dulzona: sangre. Sangre derramada sobre barro seco. Dolor antiguo, belleza trágica y pura que no se puede analizar, ni traducir, ni describir: solo sentir en esa parte del corazón donde la eternidad se guarece de nuestra propia maldad.

La verdad de aquel sabor me atravesó el costado con más certidumbre que la física y química de cualquier análisis de laboratorio. Era innegable.

Dejé la taza en la mesa. La voz de Valbuena se había extinguido de mi cabeza. Su mundo de polifenoles no era el único existente: simplemente, el suyo era más pequeño. No necesitaba su beneplácito ni el de nadie. Aquella magia no era un espectáculo público: era un dialecto privado entre la tierra y yo.

Finalmente, yo, Balthazar Valerian Price, lo había entendido.

 

VI. La crónica

Nunca más he sabido de Ramón Valbuena. Imagino que contaría mi historia como una anécdota divertida durante cenas elegantes en asadores de la villa y corte. No importa.

Tampoco he intentado vender mis aceites ni buscar fama.

De vez en cuando, Elvira viene a visitar a su hija, que es niñera de los bastardos de Lord Draxford. Probamos juntos la nueva cosecha en ochíos rellenos con morcilla de caldera. Yo diserto sobre poesía y ella asiente como si hablara del tiempo. A veces, me dice que el aceite de los árboles del pozo le sabe a pena, y sé exactamente a qué se refiere.

El señor Abernathy, mi antiguo editor del London Review of Books, me telefoneó hace un mes y, con disimulo, me preguntó qué había sido de mí. A pesar de que le respondí con vaguedades, me pidió una crónica sobre «la España insólita». Dudo que imagine hasta qué punto lo es.

Y mientras tecleo las palabras, un aroma a salazón y aventura flota desde la cocina, donde he dejado una botella abierta. Debe ser de los olivos de la vaguada. No sé si etiquetarlo Stevenson o Cervantes.

Esta, sin duda, va a ser la crónica de una cosecha memorable.

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