126. Señor doctor

María José Escaño Doblas

Desde la Riegajaloza, un día de enero de este año.

Estimado señor Doctor:

Me manda mi Manuel le escriba unas palabras que él mismo corregirá para luego pasarla a letra clara, porque no quiere que emborrone el papel y usted no lo pueda leer. Que usted me aprecia, dice, y quiere saber de mí. Así que yo vengo a contarle que se me murió mi Adela.

Sí, señor doctor, se murió mi Adela, la pobre, que Dios la tenga en su gloria, el Espíritu Santo vele por ella y la Virgen la acompañe. Usted ya sabe que ella era fuerte tanto como para hacer las faenas del campo. Y varear los olivos entre octubre y febrero para sacar el aceite de oliva. Anda que no se preocupaba cuando el verano era caluroso. «Genaro que este año se nos espachurran los olivos», decía haciendo cuentas sobre un papel arrugado con un lápiz grueso que le traía su hermana la Acacia cuando venía de la ciudad a visitarla y de camino llevarse las garrafas de aceite. «Así me gusta a mí el color, verdoso, que es cuando mejor huele y cuando mejor sabe». Bien contenta que se iba la muy chismosa, porque al critiqueo también venía, pero mi Adela no le daba correa, qué va. Ella se metía a moler sin hacerle caso y la otra aburrida se iba en busca de las vecindonas para enterarse cuál era el olivar que había dado la mayor y mejor de las cosechas, para luego ella cuchichearlo por las calles del pueblo con todas las sentadas a la puerta de la calle, dando la versión que más le conviniera. Aunque es verdad que siempre ponía la nuestra por encima de las demás. «Propaganda», decía. «Bueno y si queréis darme las gracias con una buena partida me conformo que, por las mañanas, en ayunas, me va bien para que las tripas funcionen», remataba. Esos asuntos no iban con mi Adela. Era más buena.

Ayudaba a todo el que lo precisara y cuando yo le regañaba, ella a escondidas los aviaba y luego si algún parroquiano del pueblo me daba las gracias como si fuera cosa mía, yo les daba las de nada, qué iba a decir si ni caso me haría.

No sé si recuerda usted la vez que vino con los chiquillos de la escuela a enseñarles el olivar porque el maestro le pidió les contara lo bueno del aceite de oliva, para que el cuerpo anduviera sano. Usted le preguntó a mi Adela si yo podía enseñarles a los rapaces cosas sobre la labranza de los olivos y la recogida de las aceitunas y ella le dijo que yo no, pero que ella sí. Usted le contestó que seguro sabía más que yo, y ella riéndose le dijo que más que el pueblo entero. Y así les explicó a los zagales, cómo podía variar de una temporada para otra lo bueno que podía salir el aceite, que eso dependía del tiempo, de lo buena o mala fuera la cosecha, de la distancia entre los árboles que era cosa conveniente. De los abonos, de cuando se tenían que talar las ramas, del riego que antes, cuando llovía, no lo necesitaban pero que desde hace unos años con la sequía habían empezado a ser necesario. De los bichos que se comían los frutos y de las enfermedades. Sí, como usted mira las personas, cuando tienen males, pues ella cuidaba de sus olivos. Y que todo aquello una vez que vino uno de la capital, le contó que se llamaba lipo…no sé qué. A lo que ella le añadía de su entender propio un cuento sobre una paloma y una rama de olivo y no sé cuánto más sobre la guerra y la paz. Que a ella no le gustaban las batallas y que solo traían miserias dejando a los pobres más pobres y a los ricos más ricos. Pues bien, contenta que se fue la chavalería. Y usted sorprendido de todo lo que sabía mi Adela.

Y cómo apañaba las bestias, cuidaba de la casa y de su hijo, que uno solo quiso el Señor que nos diera, y de mí, sin ni siquiera una queja.

Al principio no me podía creer que ella se hubiera muerto. No me entraba en las entendederas lo muda que se había quedado mientras le hablaba. Y su cuerpo caía al suelo después de dar con su cabeza contra la mesa de mármol que usamos para matar las gallinas, las mismas que ya no ponen huevos. Mire usted si al menos me hubiera dado tiempo cogerla, pues quién sabe si estuviera viva.

Me llevo días sin salir. La casa está vacía porque mi Adela la llenaba con su canto golondrino, lo hacía tan bien que hasta los pájaros le contestaban. Qué grande se me hacen las habitaciones en cuánto más vacías están.

A veces, cuando salgo al terreno, me parece verla a lo lejos entre los olivos, por donde a ella le gustaba andurrear, pero en un momento me doy cuenta de que no puede ser, que se me murió y no volverá. Que yo sepa, nadie ha vuelto del otro lado, si es que lo hay, que yo lo dudo, porque pienso que cuando la tierra te cae encima ya te quedas allí atrapado y mientras se acuerden de ti pues será como si no hubieras muerto, pero una vez pasa el tiempo hasta del pensamiento te vas. Así que cuando todo eso se me revolvió en las tripas me lie a talar las ramas de los olivos y después prendí fuego a los troncos dejando el campo raso y cadáver como mi Adela.

Entonces fue cuando lloré. Dice mi hijo que ya era hora. Yo no entendía de mujeres ni de sus pensares. Me crie en el monte sin más abrigo que los animales y las tierras. Padre me dijo buscara una buena moza que hiciera bien de comer y me pariera hijos sanos. Cuando conocí a la Adela la vi fuerte, con bríos y arrestos de hembra brava. Fue la mujer que madre me buscó para casarme.

Mi hijo puede tener razón, pero la tierra y los animales no me dejaron más tiempo que para dormir y aliviarme con mi Adela en las noches de frío. Ella sabía leer bien y las cuatro reglas, era lista la Adela. Menos mal porque así no me engañaron más de una vez. Se lo leía todo.  «Tenemos que saber qué dicen las letras chiquititas que vienen al final de los papeles, porque si no estos señoritos salen ganando y a nosotros nos dejan en bragas». Qué lista mi Adela ¡la pobre! A mi hijo, antes de que llegara el maestro, le enseñó a juntar las letras y ponerles resultado a los números. El chico es como su madre, espabilao como un ratón de campo. Ella me enseñó que al zagal no le pegara como a una mula, que lo mirara con los ojos de ver a una vaca parir un ternero sano, así iba a notar los beneficios que me daría. Gracias a mi Adela el chico me quiere, aunque yo sea muy bruto señor Doctor, ya usted sabe.

Mi nuera, la Sonia, me ha dicho que en cuanto quiera yo me vaya unos días a la casa de ellos para que esté con mi nieto. El Nacho es muy nuevo, apenas tendrá un mes si es que llega, pero ha sacado de mí una cosa extraña ¿sabe señor Doctor? Por decírselo de alguna forma para que me entienda, es como si después de mucho tiempo sin llover y las tierras secas no dieran vianda, y de pronto cayera una lluvia calaera y cualquier mañana una pequeña oliva, entre las grietas de las ramas secas, comenzara a crecer y al verla yo sintiera un pellizco en mitad de mi pecho, igualito que cuando vi a mi Adela la primera vez.

No he vuelto por el olivar. Ya sabe usted que la tierra quemada tarda años en parir. El alcalde me dice algunas veces que ayuntamiento me las compraría, pero yo no quiero porque después de hacerlas cenizas me arrepentí, porque mi Adela se me hubiera enfadado y con razón. Todavía la veo con el pañuelo de cuatro nudos en la cabeza, el mandil de cuadros blanco y negro, las botas verdes de agua y con la vara en la mano, llamándome a voces para que la ayudara a poner la red en el suelo. «Ya sé que no te gusta coger aceitunas, pero gandul, ayúdame al menos a poner la red. No he visto en mi vida un paleto más flojo y mira que los hay en el campo, pero como tú ninguno».  Solía decirme a carcajadas, mientras que yo arrastrando los pies, le decía que había oído hablar de unas máquinas que ya hacían este trabajo. Ella me miraba de reojo y dándome un varazo en las nalgas me arreaba. «Sí claro, para que tú te tumbes a la sombra y te vayas de vinos a la taberna, ni lo sueñes». Y seguía con aquella risa de campanario que a mí me hacía feliz.

Bueno señor Doctor, es todo lo que tenía que contarle. Que no le quiero entretener más con mis monsergas de viejo. Si algún día visita el pueblo póngame en aviso y nos tomamos unos vinos que lo invito yo.

Su familia estará bien, su mujer era muy guapa y sus hijos muy listos, deseo que sigan así por mucho tiempo y para usted mucha vida. Si le viene bien me contesta unas palabras para que yo sepa que las mías le han llegado y si puede que no sea muy tarde, no vaya a ser que ya me haya ido con mi Adela.

El Genaro le saluda y dese por abrazado señor Doctor.

 

 

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