129. Nando
– ¿Y que es la verdad?
Pedro, el Ciego, fabulador de la casa Azul (1) no contestó. No sabía que responder, tras pensárselo, habló:
– ¡El olivar! Los olivos son como guardianes ancestrales, sus troncos retorcidos narran historias de siglos, y sus hojas plateadas susurran secretos al viento. Cada árbol es un testigo mudo del tiempo, donde lo real y lo misterioso se entrelazan, como si la tierra misma hubiera decidido tejer sueños con raíces profundas y acariciar con sus ramas los cielos.
– Sí, la tierra jiennense es un manto de plata tejido por el sol y sus colinas son gigantes dormidos, cubiertos de plateadas escamas, pero no me refiero a algo tan obvio, Pedro. Por lo que sabemos de este universo nuestro –dictaminó Octavio–, hasta el Creador de Nando puede vivir en un entorno concebido por el ensueño de otro más grande que él.
– Sin el olivar, el horizonte giennense perdería su abrazo con el cielo, y el manto bordado por el sol se convertiría en una quimera, nuestra verdad sería esclava de otra verdad, Octavio. ¡Eludamos esa posibilidad!
– O, simplemente, nuestra verdad podría ser una falacia tan ficticia como las ilusiones que nos obliga a transmitir el Narrador de Nando a diario –sentenció contundente Octavio, Tresdedos, cronista de Nando.
Ambos amigos estaban en el gran claustro de la casa Azul junto al pozo de los deseos. La tarde declinaba y una brisa furtiva vagaba entre las vetustas columnatas.
– Divagamos –afirmó el fabulador–. Estas tierras de Jaén son reales. Esta tupida floresta como su inmensa piel olivácea es real. Inin, el olivo milenario, es tan plateado como real. Olivia, tan etérea como la bruma invernal, es real. Nando rodeado de sus olivos y su medialuna de huertas con sus reflejos en los espejos del rio es real. Esta es nuestra realidad. En cuanto al Narrador de Nando y su trasnochada estela mitológica que nos olvide de una vez.
– ¿Pero qué tiene de mitológica esa historia? –Preguntó confuso Octavio.
– Nos espían, cronista.
– Nos espían, ¿quiénes?
– Estos. Los que nos leen –afirmó Pedro.
– Mejor –aseguró Octavio decidido–, que juzguen si esto es mitología:
Origen mitológico de Nando
Ayín, príncipe-sacerdote de Baaltis y hermano menor del rey de Biblos, custodiaba el huerto sagrado de la diosa. La ambición de su impaciente sobrino, el heredero al trono, lo llevó a conspirar contra su padre o cualquiera que se interpusiera en su camino. Ayín, aunque el más joven de los hermanos reales, era también el más sabio y prudente hechicero. Previendo la lucha, y tras advertir a su hermano del peligro que representaba su hijo, Ayín huyó de la corte con su familia y veinte hombres –algunos con sus propias familias– en una noche oscura. Embarcaron sigilosamente en un barco con destino a las colonias fenicias de I-Shaphan-im (Hispania). Tras desembarcar en Abdera (Adra), un atentado contra su vida, que costó la vida a un guardaespaldas, le hizo comprender la necesidad de esconderse. Se alejó de la costa y de la influencia fenicia, se internó tierra adentro en dirección noroeste.
Se desconoce la fecha exacta de la fundación de Nando, aunque se estima entre 706 y 685 a. C. Ayín se estableció en un altozano bañado por un afluente del río Betsi (Guadalquivir), atraído por una enigmática sensación que se convirtió en un alboroto en su sangre al pisar aquel suelo. Este lugar, que le pareció excepcional, fue el sitio elegido para plantar los quince olivos que había traído del huerto sagrado de Baaltis –origen, según el Narrador de Nando, de su carácter mitológico–. En torno a ellos, él y su séquito establecieron un asentamiento permanente. Fue así como nació Nando en las tierras de Jaén.
Los quince olivos plantados por Ayín, cada uno con nombre propio, prosperaron durante siete siglos, ofreciendo cosechas abundantes y multiplicándose. Sin embargo, algo sorprendente ocurrió: el olivo llamado Inin, después conocido como el olivo milenario, comenzó a cubrir su tronco de un barniz plateado, un fenómeno inexplicable. Según el Narrador de Nando, que como narrador omnisciente todo lo sabe, las raíces de Inin habían alcanzado una veta telúrica singular que recorre el término. Tras aquellos setecientos años, los olivos hermanos comenzaron a secarse, dejando un espacio que Inin, por respeto, convirtió en una plaza recogida donde no dejaba que nada prosperase. Solo el olivo milenario permaneció, frondoso con cuatro gruesas patas, una de las cuales, misteriosamente, no se plateó. Alrededor del año 870 el olivo milenario se cubrió de aquella pátina en su totalidad y dejó de ofrecer aceitunas a sus conciudadanos, pero adquirió la habilidad de proteger a las gentes que vivían en Nando y su término fuesen o no nacidos en la ciudad.
***
– Para mí, esto no tiene nada de mítico. No se convierte a un pueblo en mitológico porque sus olivos procedan de un príncipe-sacerdote adorador de una diosa fenicia. Ya tenemos bastante con la magia subyacente en el subsuelo del pueblo.
– Tienes razón, Octavio. Para insólito ya bastó con la llegada de Olivia a nuestro Nando:
El nacimiento de Olivia, hija de Inin.
Una noche de invierno, la pata que no se había plateado se desprendió del tronco de Inin. El Narrador de Nando llamó a Josefo, ‘Manosdeplata’, de oficio carpintero y artista. Al parecer Inin le había pedido que con aquel apéndice expulsado de sí mismo se realizase una escultura que representase a una mujer joven. Josefo se puso manos a la obra y un año después la figura de una mujer en madera de olivo se colocó junto al olivo milenario.
Durante dos lustros la estatua estuvo junto a Inin hasta que un atardecer de verano un cielo rojizo sobrecogió a los habitantes de Nando. Todos fueron llamados por una campana invisible que sonó en sus corazones. Se agolparon en la pequeña plaza, unos junto a otros, para ver como Inin resplandecía en una flama de luz plata y roja. De repente, todos los nandinos vieron flotar de entre las ramas más escondidas del olivo una especie de lágrima argéntea que se elevó en el cielo y se situó sobre la cabeza de la estatua de madera. La gota explosionó como una pompa de jabón y derramó su contenido sobre la cabeza de la escultura. Paulatinamente, se cubrió toda ella. Inin perdió su fulgor y exhibió su plateado habitual. La estatua se tornó casi traslúcida. Las sombras bailarinas de la noche se reflejaron en sus dedos, en sus brazos y, por último, en su cabeza. Sus ojos se abrieron, eran dos grietas en la corteza y por ellos asomaba el alma del bosque olivarero. Invisible, la poderosa voz del Narrador de Nando anunció: “Esta es Olivia, hija de Inin y protectora de Nando”.
Caminó dejando semillas de silencio porque sus pasos no rompían la tierra, sino que la acariciaba como un suspiro en el viento, como un susurro verde de la campiña. Desde aquel día Olivia, se hizo evidente en nuestras vidas. La reina de las alboradas es una figura enigmática, diáfana, ni ser material, ni personaje espiritual, es una mezcla entre ambos mundos, al que según parece pertenece. Es una estrella con perfume de eternidad a olivar. Ayuda a Inin que a partir de aquel momento solo produce lágrimas de escarcha. Ahora, de su interior emanan pequeñas gotas de rocío que se elevan en el cielo de Nando y se derraman sobre él protegiendo tanto a los nandinos como al término. Cada lustro o más florece de entre sus ramas una gota semejante al rocío que solo puede tomar Olivia para obsequiarlas a determinadas personas o lugares. Esa lágrima procede de la corriente telúrica que fluye bajo Nando y que lo hace tan diferente a las demás poblaciones de su entorno.
***
– Esto nosotros lo contamos como algo natural, pero no lo es. Podrán pasar por hechos cotidianos para nosotros, pero no dejan de ser extraños y hasta peculiares fuera de nuestro entorno.
– Y tanto –aseguró Pedro a su compañero–. No me digas que no es singular lo que pasa con esa almazara de Olivia. Es casi pura fantasía como aparece y se esfuma tras su misión.
– ¡En la Ma’sarah! ¡Cuéntalo fabulador! Así estos señores, que nos espían, sabrán a qué nos referimos:
El enamorado de Olivia
De todos los hombres que amaron a Olivia el más puro y sincero fue Abaan Ibn Mujtar. Hombre maduro y soltero, poseía una almazara en el pueblo donde vivía, cercano a Nando, por lo que conocía la leyenda de Olivia. Pese a que, en los ojos de sus mujeres, Jaén guarda el secreto de sus noches estrelladas, Abaan nunca había sentido una gran atracción por el otro sexo. Si las mujeres de carne y hueso poco le atraían, menos le interesaba una cuyo cuerpo era singular y casi incorpóreo.
Corría el año 1296 cuando decidió acudir al ritual de Olivia que todos los solsticios y equinoccios realizaba ante el olivo centenario y así conocer a aquella mujer fascinante y enigmática. Habían pasado varios años desde su última visita a Nando, y primero fue hasta la placita donde se encontraba el Ángel Dulce (2). La estatua de mármol blanco siempre le había fascinado. La luz intensa y viva que gira sin cesar en su pecho, capaz de invertir la condición de cualquiera que reciba su abrazo, le asombraba desde siempre. También solía visitar al abad del monasterio de San Juan que con el tiempo y tras la desamortización de Madoz se convertirá en el hostal de la casa Azul.
El sol se ponía sobre Jaén, tierra de susurro de olivos, del embrujo de mujeres y el abrazo de noches cálidas y hermosas, cuando Abaan se dirigió a la plaza Solitaria, llamada así por el único olivo que, rodeado de casas señoriales, ocupaba su centro. Tres calles confluyen en la pequeña plaza que ya casi se encontraba abarrotada. Para los habitantes de Nando, este era un ritual, una ofrenda similar a las que el párroco hacía a Dios en la iglesia. Abaan, a pesar de haber visitado Nando en varias ocasiones, nunca antes había visto a Olivia. Al contemplarla, con su cántaro de agua bajo el brazo, sintió un espasmo que casi lo desmayó. Aferrado a la ventana, desde donde observaba el ritual, esperó a que el impacto inicial se disipase. Olivia, en ese momento, vertía agua en una pequeña jofaina y rociaba el tronco de Inin, mientras lo alababa. Tras vaciar el cántaro y regar la tierra alrededor del árbol, se postró y besó el suelo. Permaneció así hasta que los habitantes de Nando volvieron a sus hogares. El ritual había concluido.
La ligereza de Olivia dejó a Abaan impactado. Era una mujer difícil de definir, una mezcla sutil de finas arrugas, como la corteza de los olivos en una piel de tono entre traslúcido y oliváceo. Su belleza emanaba de lo material y lo espiritual. La luz de sus ojos verdinos reflejaba la magia del anochecer andaluz, y su hablar pausado irradiaba sosiego. Observándola postrada ante Inin, el forastero quedó cautivado por una fuerza inexplicable que lo unió a ella de modo irremediable. Se mudó al pueblo donde compró una casa para estar cerca de ella. Un día, le confesó su amor y le declaró que la necesitaba como al aire que respiraba. Olivia aceptó esa amistad y cariño. Inin, previendo el futuro, ya había dado su consentimiento para esa amistad. Su amor fue platónico y su amistad, sincera y duradera, perduró hasta el final de los días del humano. Alentada por Inin, Olivia pidió a Abaan que vendiera su almazara en el otro pueblo y construyera una en Nando. Él dudó, pues ya existía una, pero ante la insistencia de Olivia, accedió.
Su relación fue un bálsamo para ambos. Olivia encontró en Abaan un amigo sincero con quien compartir sus preocupaciones, mientras él se sentía pleno y especial a su lado. Pero el tiempo pasó y Abaan, envejeció y murió. Olivia lo acompañó a las atalayas del oeste de la ciudad de Sindho (3) desde donde emprendió su viaje evolutivo a la siguiente esfera de la existencia.
Ma’sarah, nombre con el que se conoce la almazara-orujera de Olivia, se nutre de los residuos de la producción aceitera de otras almazaras, y de las podas y recortes de los olivares del término municipal. Un par de días antes de finalizar su proceso, y al caer la noche, Olivia recoge el fruto del rocío de Inin y lo esparce sobre el producto final. La Ma’sarah no produce aceite. Tras cesar su actividad, desaparece del lugar –distinto cada año– que ocupó de forma efímera y deja tras de sí un manto de limo oscuro de al menos treinta centímetros de espesor. Olivia distribuye este fértil abono entre los campesinos nandinos para abonar sus huertas. Está prohibido utilizarlo en los olivares. Según Olivia, sería un sacrilegio que los olivos se alimentaran de su propia esencia. En toda Andalucía no hay hortalizas y frutales de mejor calidad que las cultivadas con las lágrimas de Inin y el compost de la Ma’sarah de Olivia.
***
– ¡Menudo Compost, es pura dinamita! –Anunció sonriente Octavio–. Es que lo que ocurre en Nando no sucede en ningún otro sitio.
– ¿Y tú que sabrás?, si no has salido en tu vida de estas tierras.
– ¡No anduve tanto como tú!, es cierto. Pero sé que este realismo mágico solo se da en estos campos de Nando que son un lienzo pintado por Dios, donde el verde y el dorado se funden en armonía. No lo digo yo, son palabras dictadas del Narrador de Nando.
– ¡Va! No prestes demasiada atención a semejante personaje. No es más que otro de nosotros enredado en la misma telaraña que nos envuelva a todos. ¿Sabes lo que dice del pueblo?
– Cualquiera sabe lo que puede salir de esa cabeza –dictaminó Octavio, Tresdedos.
– Escucha:
La cosmología de Nando –o universo Nando– está bañada por un dualismo singular muy cercano a lo que se llamó realismo mágico, aunque de espectro aumentado por sus características divergentes.
Yo, no suelo referir nada en los relatos que hablan sobre Nando, aunque alguna vez narró alguna peculiaridad como es el caso. No tengo nombre propio. Todo el mundo en el pueblo me nombra por el Narrador de Nando o el Señor de Nando y pocos son los que me han visto en persona. Así fluyo desapercibido, como lo que soy en realidad, un personaje más dentro de los relatos de esta insólita población. Sé que no lo logro y nunca fluyo inadvertido. Por regla general, doy la palabra a un personaje de los que habitan en el relato y yo reservo mi voz.
Nando es una población rural ficticia de la campiña jiennense, con una población que oscila entre los cuatro mil quinientos a seis mil habitantes, a cuarenta o cincuenta minutos de la capital de la provincia. Su población es eminentemente agrícola y vive de sus olivares, muchos de ellos centenarios y uno milenario, y algunas huertas cuyos productos sirven para consumo interno de sus habitantes.
En Nando, los olivos y sus mujeres comparten un mismo destino: ser tenaces, fuertes y llenos de vida. Los ojos de sus féminas reflejan el brillo del universo y en las noches calurosas envuelven sus sueños en un manto de olvido y memoria. Los olivos tienen raíces profundas que besan la tierra con la misma pasión con que las manos de sus mujeres acarician las hojas de sus ramas, mientras estas les susurran secretos de eternidad.
Nando no es como las demás poblaciones, de ella brota un mundo singular y a veces complejo donde lo real y lo excepcional conviven. Entre sus calles se aúna lo material y lo espiritual como dos entidades que coexisten y se complementan. Para los nacidos en Nando, existe algo más que lo que sus sentidos les manifiestan. Vislumbran otro mundo que está en este, más sutil y delicado, pero de igual solidez y firmeza.
No seguiré precisando detalles de esta extraordinaria población. Dichas características deben ser visualizadas a lo largo de sus diversos relatos.
(Nota del Narrador de Nando)
***
– ¿Qué te parece, hermano?
– Fuera de lugar. No sé porque tenemos que incorporar en nuestra conversación semejante discurso.
– Lo ordena el alto mando. El super Narrador de Nando y nosotros como siempre obedecemos su voz.
– ¡Es absurdo!
– ¡Y que lo digas, Octavio! Somos simples personajes mandados por otro personaje, aun cuando la pregunta persista.
Octavio formuló la pregunta con una sonrisa triste, casi apagada en sus labios:
– ¿Y qué es verdad?
– Así es como iniciamos esta conversación –anunció cabizbajo Pedro, el Ciego, el fabulador de la casa Azul, antes de continuar–: No sé nada de la verdad, pero no tengo ninguna duda de que nosotros y todo lo que existe en este pueblo llamado Nando somos personajes de una creación imaginada por la mente de otro sueño que a su vez puede ser el universo ideado por una mente superior.
– ¡Madre mía! Ni realismo, ni magia, ni fantasía, ni nada de nada. Esto traspasa cualquier barrera imaginable. ¡Somos simples ideas!
– Al menos siempre tendremos el olivar. Los olivos, eternos guardianes de Jaén. Con sus raíces profundas y sus hojas plateadas a la luz de la luna. Testigo silencioso de las historias que el viento mece entre sus ramas.
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- ‘La casa Azul’ es un relato perteneciente al Universo Nando creado por Juan E. Liébana Cazalla como lo es este titulado ‘Nando’. El Universo Nando lo componen por ahora 5 relatos incluido este.
- El ángel dulce es una escultura de Nando que se recoge en el relato ‘Despertar’ perteneciente al Universo Nando escrito por Juan E. Liébana Cazalla.
- ‘Sindho’ es un relato perteneciente al Universo Nando creado por Juan E. Liébana Cazalla.
Pueden leer todos estos relatos en el blog de internet: ‘https: universonando.blogspot.com’



