120. A la antigua usanza

Nenu

 

«¿Puedo probar yo, abuela?».

No fueron ni cinco segundos. Le devolví la vara para que ella siguiera. Era otoño del 97 y llevaba mucho tiempo sin verla. Yo siempre había sido un niño de ciudad y maleta que estudiaba donde su padre tuviera trabajo. Su rostro agrietado no era como yo lo recordaba años atrás, pero su mirada afectuosa no cambiaba por más que fuera una mujer de guardar las distancias. Al fondo, el sol nos envolvía con sus rayos preinvernales en tonos coral. 

—Ayúdame a extender bien el fardo. 

—¿El qué?

—La manta, hijo.

Me sonrió y siguió después con sus movimientos metódicos mientras yo me quedaba embobado viendo las olivas caer sobre la manta de tela. 

—Fíjate en el zangarreo —pronunció.

Miré a todos lados sin saber a qué se refería. Más tarde supe que hablaba del movimiento que hacía con la vara sobre las ramas más finas para asegurarse de que todas las olivas caían al suelo.

Hoy, cuando desenrosco una botella de aceite de oliva, mi memoria rescata aquel sonido seco y acompasado de las ramas a manos de mi abuela. A veces no puedo contener esa lágrima que nace del siglo XX.

 

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