107. Regreso al pasado
-Nuria…
-Dime, Daniel…
Quiero ir a mi pueblo. Antes de morirme, quiero volver a mi pueblo. Lo necesito -dijiste hurtándome la mirada, odiosa costumbre que adoptaste justo al salir del hospital. Yo solté el cestillo del pan sobre la mesa y te contesté mirándote a los ojos -porque yo, pese a todo, sí que te miro cuando te hablo- que a tus cincuenta años, todavía te quedaba mucha vida por delante, que al darte el alta, el cardiólogo te dijo que la intervención había sido un éxito y que…Quiero ir a mi pueblo, a Martos, repetiste enfadado, con voz seca, autoritaria.
Yo argumenté que pensaras con sensatez, que en tu pueblo ya no tenías a nadie, que el único familiar que te quedaba allí era tu tía Villa, la melliza de tu madre y que, dada su edad, lo lógico era que hubiese fallecido. Además -añadí- muy pronto será Navidad… ¿no puedes esperar a la primavera? Estarás más fuerte para viajar y…
No, no quiero esperar a la primavera, exclamaste enfurruñado, apartando el plato de sopa. Y, levantándote de la mesa, gritaste: ¡Nuria, te vuelvo a repetir que quiero ir a mi pueblo! ¡Si tú quieres acompañarme, bien, si no quieres, me iré solo!
El invierno ya se había instalado en Tarragona, los días eran lluviosos y fríos y, siendo sincera, a mí no me apetecía viajar con tan mal tiempo. Dado lo cual, te debería haber contestado que te marcharas solo, pero recordé a tiempo que aún estabas en periodo de recuperación y que me necesitabas y, sobre todo, pensé que tal vez ese viaje a tu pueblo, ese volver a tus orígenes, te haría bien, te dulcificaría el carácter, te haría salir del hermetismo en el que estabas atrapado y que, en definitiva, todo volvería a ser como antes, cuando el infarto y sus consecuencias era algo que le sucedía a los demás. Por eso obvié el hecho, incomprensible para mí, de ese repentino interés en visitar tu pueblo, el mismo pueblo que había permanecido aletargado en tu memoria durante muchos años. Así pues, predispuesta a la comprensión más absoluta, mi boca selló el acuerdo de ir a Martos sin sospechar lo que el destino nos tenía reservado. Viajaríamos los dos, como el matrimonio bien avenido que siempre habíamos sido. Tú esbozaste una media sonrisilla y yo la acepté por la paz que llevaba implícita. Eso fue todo.
Yo no sabía qué era lo que nos estaba sucediendo. O, mejor dicho, ignoraba lo que te estaba pasando a ti, Daniel. Podía comprender que tu infarto te había cambiado el carácter. Hasta ahí lo entendía. Pero es que desde que recibiste el alta, desde el mismo momento que saliste del hospital, yo tenía la impresión de que vivía y dormía con un desconocido. Un desconocido que, irascible, permanentemente malhumorado, se quejaba por todo, que nada de lo que yo decía o hacía estaba bien hecho. Tú te empeñabas en tu mutismo hostil, te parapetabas en tu mundo cerrado a todo lo que no fuera tu enfermedad y tus frustraciones. Y así se me hacía muy penoso seguir, muy cuesta arriba, Daniel. Porque nuestro amor, el que a falta de hijos con los que repartirlo nos había sustentado durante muchos años, se estaba muriendo. ¿Qué cómo lo llegué a saber? Me lo decía tu actitud huraña, tus enfados, tu frialdad para conmigo, me lo decía tu boca cuando en sueños pronunciabas el nombre de María, tu antigua novia, aquella chica que dejaste en Martos cuando tus padres decidieron emigrar a Tarragona en busca de oportunidades. Y cuando balbuceabas el nombre de Martos, cuando obcecadamente repetías el de María, algo se rasgaba en mi interior y se me pudría. Y esa constatación, me hacía daño. Y era muy triste, Daniel, porque yo no sabía qué más podía hacer para que reaccionaras, para que te comportaras como antes y, sobre todo, para que me ayudaras a seguir ayudándote.
Conducir desde Tarragona -mi ciudad de nacimiento, la ciudad donde nos conocimos, nos casamos y donde residimos- hasta Andalucía, aun pernoctando en Madrid y haciendo varias paradas, se me hizo muy pesado, esa es la verdad. Tanto es así que me arrepentí por no haberme decantado por el tren para un viaje tan largo. Y, sin embargo, tú apenas notaste el cansancio, sino que, muy al contrario, conforme nos íbamos acercando a Andalucía, parecías más y más inquieto, más y más nervioso, más y más emocionado. Tu cara lucía radiante, tu voz tenía brío y tus gestos, todo tu ser, denotaba la impaciencia de un niño en la noche de Reyes.
Llegamos a Martos al atardecer del día siete de diciembre y nos alojamos en una habitación amplia y cómoda del Hotel Hidalgo, con el que previamente, yo había contactado para hacer la reserva. Y fue el mismo dueño del hotel, Juan, quien, al recibirnos y darnos la bienvenida, nos ofreció un folleto informativo que contenía los diversos eventos que al día siguiente tendrían lugar con motivo de una nueva edición de La Fiesta de la Aceituna, fiesta que, según detallaba el folleto, había conseguido el honor de ser “Fiesta de Interés Turístico de Andalucía”
Tú asentías, entre nervioso y risueño a las explicaciones que Juan nos iba suministrando. Y yo observé que tu mirada volvía a tener la ilusión y el brillo de antes. Quiero decir que irradiabas felicidad, cosa que me complacía y me daba esperanzas de que, tras nuestra estancia en Martos, tú volverías a ser el que siempre fuiste.
A la mañana siguiente, después del opíparo desayuno servido en el comedor del hotel, salimos a la calle. Nos saludó un cielo muy azul y un sol tímido y enfermizo que no alcanzaba a calentar el día. Inmediatamente tú señalaste la gran mole, enjuta y gris que se alzaba majestuosa ante nuestros ojos, arropando a tu pueblo blanco. La Peña de Martos, mi Peña. Nunca te he olvidado -susurraste. Y yo, motivada por tus sentimientos, asentí en silencio.
Siguiendo las indicaciones del prospecto informativo, llegamos hasta el monumento erigido a Los Aceituneros, situado en pleno corazón del parque Manuel Carrasco, donde se agolpaba el público para escuchar el discurso del señor alcalde, D. Víctor Torres y que más o menos decía así:
“Como cada año, nos reunimos aquí para rendir tributo a los aceituneros y aceituneras, agradecerles su compromiso, su conocimiento y su respeto por los olivos. Los aceituneros y aceituneras han sido y son guardianes de una tradición, de un legado ancestral, una labor que se ha transmitido de generación en generación y que define nuestra identidad y la esencia de nuestra tierra. De igual manera, tenemos que agradecer el carácter visionario de la primera corporación democrática marteña, presidida por el entonces alcalde, D. Antonio Villargordo, que supo reconocer la importancia de situar a Martos en el epicentro del oleoturismo. Año tras año, detrás de cada cosecha, subyace la historia humana de quienes hacen fluir el oro líquido, porque detrás de un gran Aceite de Oliva Virgen Extra, siempre hay una gran historia, el resultado de una estrecha y milenaria alianza entre el ser humano y el olivo. Por lo tanto, es lógico que sea el municipio de Martos, considerado La Cuna del Olivar, con más de 2 millones de olivos, donde se producen unos 80 millones de kilos de aceituna al año y 20 millones de kilos de aceite, quien albergue la mayor fiesta en la provincia de Jaén dedicada a ensalzar el olivar, a sus aceituneros y aceituneras”
Concluido el discurso, y al compás del himno de Andalucía, ejecutado por la Agrupación Musical Maestro Soler, acabó el acto y, mezclados con el gentío llegamos al cercano Teatro Municipal Maestro Álvarez Alonso, donde tendría lugar la declamación del pregón a cargo de D. Cristóbal Cano, que revivió su infancia, íntimamente ligada al olivar, y analizó la evolución del sector olivarero y la calidad de los aceites con unas palabras que, hasta una catalana como yo, lega en la materia, entendió.
Tú escuchabas concentrado a ratos y a ratos impaciente. Todo lo que explicaban, todo lo que veías, era nuevo para ti. Y ese descubrimiento te ponía nervioso, y los nervios te hacían reír abiertamente, con una risa antigua y conocida. El gesto adusto y agrio de los últimos meses había huido de tus facciones para dar paso al entusiasmo. Y te congratulabas porque en los más de treinta años que habían transcurrido desde que te fuiste, tu pueblo había experimentado un gran cambio, nada que ver con aquel Martos que dejaste cuando eras un chaval de diecisiete años.
No te voy a negar que yo, al verte tan entusiasmado, también me sentí feliz y me felicité y te felicité por haber tenido la gran idea de aquella vuelta a tu pueblo, a tu cuna, al pueblo que te vio nacer. La casualidad hizo que llegásemos a Martos en plena festividad de la aceituna, cosa que a ti te llenaba del orgullo propio de lo que nos es íntimamente querido.
Después de oír el pregón, salimos del teatro y seguimos a la multitud de personas, grandes y pequeños, gentes de todas las edades que, en el recinto ferial, esperaban turno para coger un envase de papel que contenía el afamado Hoyo Aceitunero Marteño, compuesto por pan, una botellita de aceite, una bolsita con aceitunas y un trozo de bacalao, el preciado y humilde manjar que desde siempre -según me ibas explicando, tus ojos iluminados con una explosión de euforia- fue y sigue siendo el alimento de los aceituneros y aceituneras en las intensas jornadas de la recolección. El rito ancestral y renovado, tal y como afirmaba una poesía escrita en el revés del mencionado sobre:
Es tiempo de recolección en Martos
y ya clarea el sol tras La Peña,
vigilante pétrea de dulce azúcar,
madre roca que nos vigila
y nos contempla.
Ahíta de vientos solanos
sus oquedades y sus venas,
La Peña de Martos revive
y se deleita
porque los campos de olivares
ya están preñados de negras certezas,
perlas de azabache
que conforman
el rosario de nuestra existencia.
Y La Peña se emociona
ante la explosión renovada
de los misterios y de las promesas
y desde su alto trono,
observa
cómo se pueblan los caminos, las veredas,
los repechos las lomas y las crestas,
y oye cómo se repite el rito
de las voces que rasgarán las mañanas
con susurros de piquetas,
porque sabe que el zumo de aceituna
es latido, es trabajo y es esencia,
orgullo de este Martos milenario y campesino
que refulge, eterno y aguerrido
en los nobles ecos
de su bendito destino.
Y con nuestros envases del hoyo aceitunero marteño bajo el brazo, entramos en el recinto ferial. La gente ya estaba partiendo su pan y empapándolo del aceite de Oliva Virgen Extra -en sus siglas AOVE- para degustarlo allí mismo, en las mesas que el Ayuntamiento había colocado para tal efecto. Tú observabas continuamente tu reloj y acto seguido, mirabas a todos lados. Parecías inquieto, yo nunca te había visto tan nervioso. ¿Te pasa algo, Daniel? -inquirí. Tú arqueaste las cejas, entornaste los ojos y negaste varias veces con la cabeza. Yo achaqué tu nerviosismo a todo lo que estabas viviendo y sintiendo y no le di más vueltas. Seguimos andando y al fondo del ferial, habían instalado una plataforma sobre la cual se estaba desarrollando una exhibición flamenca a cargo de los chicos y chicas de la Escuela Municipal de Danza, según decía el folleto informativo. Acabado el baile, ambos observamos atónitos cómo unos operarios, a la sazón los “maestros molino” de las distintas almazaras marteñas, se afanaban con la masa de aceituna, con los capachos y con una prensa de husillo que, al poco de maniobrarla, dió como resultado la extracción del primer aceite de oliva del año.
A cada poco tú mirabas tu móvil y yo no pude por menos que peguntarte que si esperabas la llamada de alguien. Tú te revolviste inquieto, nervioso, y, con una vehemencia inusitada, sin concederle a tu boca la más mínima pausa, atropellándote con las palabras, me contestaste que no siguiera con el escrutinio al que te tenía sometido y que te dejara en paz de una maldita vez. Yo te miré, conté hasta diez y seguí contemplando cómo surgía, entre los capachos, el preciado oro líquido.
Y fue entonces cuando sentí que me invadía un presentimiento, una zozobra, algo parecido a un pájaro de mal agüero que planeaba sobre mí, que me encogió el corazón y el estómago y que me hizo volver la cabeza y comprobar, extrañada, que ya no estabas a mi lado. Que te habías esfumado. Que habías desaparecido. Quiero decir que hacía un momento estabas junto a mí y al momento siguiente, tu sitio lo había ocupado una señora vestida con abrigo y bufanda. Miré a mi derecha, miré a mi izquierda, miré atrás, miré entre el gentío que me rodeaba y no te encontré. ¿Por qué te habías marchado sin avisar? Incrédula, atolondrada, con manos temblorosas, saqué del bolso mi móvil y te llamé varias veces. Nada. No contestaste. Tu móvil estaba apagado. Me puse nerviosa, muy nerviosa. Corrí buscándote entre la multitud que se agolpaba alrededor de las mesas, degustando tranquilamente su hoyo. Entré a los servicios. Tampoco estabas allí. Y me puse más nerviosa todavía. Pero, ¿dónde te habías metido? ¿Por qué te habías retirado de mi lado sin avisarme? ¿Te había sucedido algo? Mi imaginación era un torbellino, una bola rodando, precipitándose por un acantilado de suposiciones a cuál más disparatada, más absurda. Recorrí el ferial de punta a punta, dos o tres veces y la búsqueda resultó un fracaso. No sabía qué más hacer. Y un pensamiento cruzó mi mente como una flecha envenenada. ¿María? ¿Por eso mirabas tantas veces el móvil? ¿Por eso estabas tan nervioso? No puede ser, me dije. De ninguna de las maneras, me volví a decir. Y deseché de inmediato ese pensamiento. Salí del ferial y me encaminé al hotel, seguro que estarías allí, esperándome, o tal vez -me dije, habrías ido al barrio donde naciste y donde transcurrió tu niñez y no habías querido que yo te acompañara…
Enloquecida, mirando a un lado y a otro, atravesé el parque, entré en un bar. Pregunté al camarero, le expliqué cómo ibas vestido. Negó haberte visto. Salí del bar. Y entonces, allá a lo lejos, entre los setos que custodiaban el portón oscuro de una plaza de toros, distinguí a dos personas. Una de ellas, eras tú. La otra, una mujer de pelo negro y abrigo rojo. Ajenos a todo, os abrazabais. No había que ser muy lista para comprender quién era la mujer. Y mientras os contemplaba, vi toda mi vida rompiéndose en pedacitos, descomponiéndose como se descompone la hojarasca. Y en ese momento entendí la clave, el porqué de tu nerviosismo y de tu inquietud, y comprendí que no os habíais encontrado por casualidad, sino que tu empeño en visitar tu pueblo, tenía un propósito del que yo estaba excluida.
Empujé la puerta del hotel, entré en el bar y yo, abstemia convencida, le pedí a Juan Hidalgo que me pusiera un whisky doble.



