97. Lecciones de un viejo olivo

Toni García Villanueva

Besado por las oliveras de Jaén, Miguel a sus doce años dedicaba sus días a explorar campos color verde aceituna. Dos fieles compañeros lo custodiaban, entre sus manos una antología de su tocayo Hernández, y enredado fiel a los pies, su perrito Curro. Eran los dos únicos tesoros legados por su difunto padre. Un hombre de tronco recio y lágrima oculta, ahorcado sobre una rama, en el océano de olivares, como tantos otros jornaleros.

Un ocaso, los compañeros hallaron un olivo diferente. Mucho más viejo, alejado de la campa, de brazos retorcidos y grueso torso. Su corteza rezaba herida mensajes a navaja: «Aquí yace el secreto de la felicidad».

Intrigados los camaradas, regaban de fantasías a su nuevo amigo. Recitaba el niño yuntero los aceituneros de Jaén, mientras el can aullaba lamentos hasta confundirse con el trino de los pájaros.

Cambió pronto la suerte de Miguel con el paso de los meses al sabio consejo de los siglos. Pronto al niño profesor, la ciudad le quedó pequeña para su tanto saber.

Abandonado Curro, buscaba recuerdos bajo la misma milenaria sombra. El humano pródigo jamás regresa.  Pero la felicidad triunfó, planta y animal se fundieron en uno, en esperanzada eterna espera.

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