88. La sangre de nuestra historia

Saúl Laforga Fraile

Llegué a la finca demasiado pronto. Casi me sentí culpable por haber madrugado más que el sol, que se desperezaba tras la tierra tiñendo el cielo de arrebol.

Me senté bajo el mismo olivo de siempre. Mi espalda estaba acostumbrada a las nervaduras de su corteza, ásperas pero familiares. La tierra seguía caliente.

Apenas pude distinguir mis dedos sobre el polvo: tanto se había mimetizado mi piel con el suelo de los olivares, con su color y rugosidad, como el lagarto que lleva edades en la misma geografía.

Aguardé a mis compañeros. Pero mi jubilación estaba demasiado cerca para impedir mi reflexión. Pensé en los fenicios que trajeron los olivos, en los romanos que los expandieron por la Bética, en el perfeccionamiento agronómico y en la modernización de Jaén.

Saqué una rebanada de pan duro, que adquirió el brillo y la vida del sol cuando vertí un hilo del maná de aquellos olivos retorcidos, majestuosos.

Era el sabor de nuestra historia, la sangre que daba sentido y color a nuestra tierra surcada y ubérrima.

Otros llegarán. Pero me consuela saber que nuestra sangre seguirá fluyendo.

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