94. El ‘aŷāʾib del olivo maravilloso
La soledad de Šaqūra, aunque triste, siempre será hermosa ⸺recuerda Ibraim Hamušk, último rey de Šaqūra ⸺, él es testigo de un pasado vivido, pero también de una historia que aún habrá que contar, aunque la madīnat resida ya en otras manos.
Desde el valle, el paisaje se despliega con majestuosidad mostrando una amalgama de colores que se entrelazan armoniosamente. Es un espectáculo verdaderamente maravilloso para los ojos de quienes tienen el placer de contemplarlo, transportándolos a un mundo mágico lleno de asombro y fascinación. Tan solo algunas partes de la medina se muestran humeantes después de haber quemado sus habitantes aquellos enseres que no podrán llevarse y que no quieren dejar al ocupante cristiano cuando llegue.
Sobre el monte de El Yelmo, que corona la estampa, el zafiro de un intenso azul en el cielo resplandece con todo su esplendor, hipnotizando y cautivando los corazones de los que parten con el recuerdo de su belleza. A sus pies serpentean las filas de olivos entre cortijadas blancas con zócalos azul añil.
El monte se percibe como si el mismo firmamento hubiera descendido a la tierra para dejar sorprendidos y maravillados a todos aquellos que tuvieron y ahora tienen el privilegio de observarlo atentamente. ¡Es cosa grande lo d’este Yelmo! Exclamará años más tarde el poeta en su primer viaje a este maravilloso mundo cuando desde Peña Alta lo divisara aquella noche cubierto por un manto de estrellas. El entorno se muestra como si la grandeza del universo se materializara ante nuestros ojos, regalándonos un espectáculo celestial que trasciende las palabras y nos sumerge en un estado de admiración sin igual, pero se habrá de abandonar. Esta es la realidad en este tiempo.
Serán otros quienes lo disfruten, serán otras manos quienes cultiven estas tierras, cojan sus frutos y los deleiten.
Aquellas lomas que se muestran como un espectáculo que gozaron varias generaciones son en estos momentos para aquellos pocos musulmanes que se quedan y los nuevos cristianos que llegan, acostumbrados a la inclemente mordedura de los cierzos, al agobio de la solanera y el rigor de la carama, pero apenas acostumbrados al inconfundible olor de la aceituna triturada en las almazaras que logran encandilarlos cuando bajan al valle.
Gracias a los brazos de sus padres que lucharon contra la maleza, raíces, cepas y toconas, desmatando gollizos y dando cava a la tierra para, con mimo y sufrimiento, plantar las estacas y cuidar los esquejes hasta ver pintar las primeras aceitunas de alta montaña.
Los mismos que, al fin, obtuvieron el óleo litúrgico y pagano, aquel que utilizaron sus antepasados para ungir y embellecer.
Fueron también los que, además, son portadores de la notable sabiduría legada por generaciones para saber el tiempo preciso de cuándo se ha de recolectar el fruto del olivo para elaborar el afamado aceite que mesoneros, damas, nobles, clérigos y viajantes les demandan para alumbrar, sanar, acicalar y alimentar más al norte de aquellas tierras.
Muchos comerciarán con él y lo llevarán desde estos territorios hasta lejanos dominios para cumplir con la explícita solicitud de reyes y señores. Caldo oriundo de estos olivares, que cada año van ganando terreno a otros cultivos.
Ibn. Hamušk pasea por el zoco donde le vienen a la mente recuerdos que no puede ocultar de aquellos años en los que resultó aquel floreciente comercio en su reino, compartiendo su esplendor y no pocas riñas con sus vecinos de Murcia y Granada, dando lugar a prodigiosas leyendas que los viajeros relataron impresionados por todo aquello que habían visto y vivido; acrecentando así más y más la leyenda. Allí confluían gentes de todas partes, desde Oriente al Magreb.
El geógrafo Ibn S’aid allá por el siglo XI dejó escrito para el conocimiento de otras personas el ‘aya’ib o milagro del olivo maravilloso. Dicho olivo, el día que precede a la primera noche del mes de mayo, florece, maduran sus frutos y muere. Todo esto en un solo día.
Claro está que este deslumbrante espectáculo no podía pasar desapercibido para los nativos. La noticia corrió como la pólvora entre los pueblos, ciudades e incluso hasta lejanos países, por lo que congregaba allí a una gran cantidad de gentes venidas de todas partes, quienes alrededor del árbol se abalanzaban para recoger sus abundantes frutos y poder utilizarlos como remedio para sus enfermedades.
Hombres, niños y mujeres de toda clase y condición social pasaban días enteros acampados en las inmediaciones del gran olivo esperando la hora del ansiado milagro. Algunos de ellos también llevaban sus bestias y animales enfermos con la esperanza de su sanación.
El alfaquí, superado por tantísimo gentío, intentó proteger el olivo construyendo un fuerte y alto muro de calicanto a su alrededor y ese resultó ser su fin. Al año siguiente, incomprensiblemente, dejó de obrar el milagro y poco a poco se fue secando hasta desaparecer para siempre.
Alegoría de los tiempos venideros para esta medina, que nadie desea, pensó en aquellos momentos el ya destronado Ibn. Hamušk.
La tristeza que su alma siente en este momento por tener que entregarla al cristiano es solo un recordatorio de la efímera naturaleza de la vida, pero no opaca la belleza y la grandeza que su medina tiene para ofrecer a los hombres.
En su infancia ya sabía de su magia por las narraciones de hechos magníficos de aquellas tierras, tesoros nunca encontrados, plantas que susurran, otras que se tragan a los hombres y aquellas historias que hablaban de seres que nunca se les vieron, pero ninguna como la del ‘aŷāʾib del olivo maravilloso de Šaqūra, que presenció.
En sus recuerdos, junto al olivo, siempre aparecía la caída inmisericorde del sol de la tarde sobre su torreón omeya que le acompañaba para dibujar en la arena con su sombra el hermoso círculo donde se refrescaban los mercaderes del zoco, adonde hacían recuento de sus pingues ganancias los más afortunados y los viejos contando una y otra vez aquellas historias.
El cuero bien trabajado, las jaulas para los pájaros de mil colores y bellos cantos, las cerámicas adornadas por finas hojas de olivo, granadas, algarrobas, aceitunas aliñadas, piedras preciosas, esencias y música de tambores y darbukas entre el bullicio de los niños que corretean por las serpenteantes calles de la medina a pedradas tras los perros de nadie; esa era su música de fondo a modo de canon, porque todo este mundo giraba, día tras día, una y otra vez, según la mácula del fornido torreón, marcando el calendario de lo que fueron sus tranquilas vidas y, al caer la noche, cuando el invierno abrazaba con su frío implacable la madīnat de Šaqūra y sus gentes, el valle se sumergía a sus pies en una oscuridad silenciosa, apenas iluminada por unos pocos olivos plateados que resistían en la lejanía, rodeados de montes y laderas escarchadas adonde los pinares y chaparros aguardan el alba bajo su manto blanco.
Desde el mirador en lo alto del castillo, las casas del pueblo parecen diminutas, refugiadas en sí mismas, acurrucadas con sus tejados brillando bajo la tenue luz que se filtra entre las nubes. De las chimeneas brota un humo negruzco cargado del olor profundo a tea y a resinas que asciende lento en la fría noche, como si tejiera con sus espirales las historias que se cuentan cada noche al calor de la lumbre.
Si se agudiza el oído, con suerte se distingue el murmullo de las familias, reunidas en sus hogares, rodeando el fuego mientras sus mayores relatan antiguas leyendas. En las calles, desiertas y enigmáticas, las sombras juegan con la luz de las antorchas y las velas, esperando al primer caminante que se atreva a perturbar el silencio. Pero nadie lo hará. No hasta el alba, cuando el rezo de la mañana por el alfaquí anuncie la llegada del nuevo día y sus gentes desciendan como las cuentas de un rosario por los angostos caminos que los conducen hacia el valle a la recogida de la aceituna.
Cuando se entreguen las llaves de su medina, ésta seguirá siendo un lugar que despierte a los sentidos, a la imaginación y al alma, invitando a quien la visite a sumergirse en su encanto y dejarse llevar por sus historias cautivadoras.
Pero para Ibn Hamušk, el solo sentimiento de saber que se ha de entregar al cristiano le quema en su interior. Hasta ese momento, él dormirá su alma bajo una sereta a modo de emblema y, haciendo de falso cabecero, colgará preciosos y coloridos madroños con espejitos reflectores de variadas irisaciones que desde siempre le encandilaron y ahora le ayudan a conciliar el sueño. En sus pies, los viejos serones y aguaderas le conectarán con la vida y en el valle los plateados olivos omnipresentes resistirán el paso del tiempo y a los avatares de los hombres.
Su hijo, Al-Sacuri, que vivió el milagro del olivo, impartirá su magisterio sobre sus bondades, sus hojas y caldo, durante algún tiempo a los físicos y personas interesadas de aquel lugar, propiciando la creación de la primera botica de uso público en aquella medina. Cuando llegó el momento de abandonarla, iba cargado de ricas sedas, numerosos manuscritos y una fortuna que emplearía en restaurar su almunia de Córdoba.
Desde entonces contaría con una botica rica en aceites de variadas plantas, la más importante por aquellas tierras, pero aún más importante será el mantenimiento y arraigo de la tradición y el uso, tanto de las yerbas que utilizaba como de los aceites, que traspasarían religiones y usos, aportando tradición y oficio que con el trascurso del tiempo evolucionarían sincretizándose.Los tiempos convulsos cambiaron a los hombres, pero en aquella almunia cordobesa se mantuvieron las enseñanzas de Al-Sacuri y la botica especializada en el uso de los distintos aceites de oliva de la región, quedando en el imaginario colectivo de aquellos que curaban y sanaban las enfermedades de las gentes.
Así fue como aquella medina se convirtió en paso obligado para las caravanas que desde el Iqlīm de Saqūra hasta Granada y Córdoba, transportaban toda clase de yerbas medicinales y productos que intercambiaban con sus vecinos cristianos, signo de la relación en el tiempo y la historia de una mixtura de culturas imparable hasta nuestros días, gracias al ‘aya’ib que premió al olivo distinguiéndole como un ser milagroso.



