91. Raíces de patio, sueños de olivar
No nací aquí. Vine de pequeño, no levantaría más de cuatro o cinco palmos desde el suelo cuando me trasladaron. Viajé seguro, en la misma maceta grande, hecha de barro fresco, donde recuerdo haber pasado toda mi primera infancia. Iba a bordo de un vehículo descubierto que se movía bastante, pero mis hermanos y yo viajábamos sujetos con unas gruesas cuerdas a los costados del camión y el traqueteo resultaba divertido. No perdí ni una de mis hojas en la mudanza…
Carezco de memoria sobre cualquier otro tiempo anterior: ignoro quiénes fueron mis padres, si germiné de la semilla de una aceituna madura o si procedo de una rama que plantaron en un buen sustrato. Quizá me injertaran en la raíz de otra planta para acelerar el proceso. Pero, en mi caso, todo son suposiciones. Creo que algunos compañeros sí conservan imágenes de ese tipo. Cuentan cómo fue el desgarro físico y emocional que los separó de su madre o la extrañeza de sentirse hundidos de pronto en una tierra oscura, tan alejados de su altura anterior y del roce tibio del aire y del sol. También puede que hayan interiorizado, hasta el punto de convertirlas en propias, las historias que escuchábamos en el vivero cuando venían clientes y se interesaban por saber algo más acerca de nosotros y de nuestros orígenes. Yo debo de ser más olvidadizo porque, aunque me esfuerzo, ni real ni subsidiariamente consigo remontarme hasta esas etapas. Y, sin embargo, tengo grabado minuto a minuto cómo transcurrió el primer día de la que iba a ser mi nueva vida.
Fui el segundo en bajar del camión que nos transportaba. Tuve que decir adiós a Mocho, a quien su primacía en el reparto pilló desprevenido. Supongo que también a los demás. Nos habíamos imaginado que toda la familia tendría un mismo destino y, cuando comprobamos que no sería así, experimentamos unos momentos de pánico. Juntos nos sentíamos fuertes y felices, igual que un pequeño bosque de arbolillos recios. Pero qué sería de nosotros separados…
Vimos la congoja de Mocho en el suave estremecimiento con que quiso resistirse a las fuertes manos de Gabriel, el operario más joven de nuestra casa natal. Y no puedo asegurarlo, pero creo que el mozo tampoco consiguió reprimir un par de lágrimas, aunque siempre que se ponía sentimental decía que era la alergia…
Me alegré de no quedarme el último, creo que mi tierno corazón de leña no habría podido soportar despedirse de todos y cada uno de sus parientes. A mí me agarró Ramón sin mucha delicadeza, me soltó de las sogas que me anclaban al pasado y me cargó hasta el patio de un bonito edificio de ladrillo y de piedra, con solo dos alturas. Nos recibieron unas mujeres, ataviadas de forma singular, que en nada se parecían a las señoras que yo conocía como clientas asiduas del vivero. Estas de ahora llevaban sobre sus cabezas un paño de color negro, rematado en una cinta blanca, que les tapaba el cabello y el comienzo de la frente. En sus cuerpos vestían unos ropajes del mismo color fúnebre y largos hasta los pies. Calzaban sandalias ligeras que asomaban por debajo de los hábitos y les dejaban los talones al descubierto pese al frío del invierno. De sus cuellos colgaba una especie de cadena gruesa, hecha de bolas de madera que desprendían un aroma familiar. Sonreían y tenían la piel muy clara, como de interior.
En el extremo norte del patio, cerca de uno de los muros, había un agujero profundo rodeado de tierra levantada. Y a los lados, una hilera de tiestos casi tan grandes como el mío, que contenían lavanda, pensamientos amarillos y ciclámenes blancos. Aquellos iban a ser mis compañeros a partir de entonces… Deseé caerles bien, y desde luego me iba a esforzar en ello, pero me habría gustado tener algún otro árbol cerca para compartir las inquietudes de nuestro género.
Ramón hizo que olvidase asuntos tan postergables cuando lo vi venir de nuevo hacia mí armado con una especie de mazo. Golpeó con él la arcilla que me envolvía en unos golpes secos y certeros que la hicieron saltar en pedazos. Me sacudió también por dentro el final de aquella compañera. Ella había hecho más cómoda mi existencia, su porosidad había regulado mi humedad y permitido que el aire circulase por mi sistema radicular. Le agradecí en silencio su entrega desinteresada y lamenté su pérdida. Una de las mujeres se apresuró a recoger los trozos en que se había fragmentado, aunque Ramón le indicó que solo los grandes: los pequeños se unirían a la tierra en la que pronto iban a plantarme, pues tierra eran al fin y al cabo. Me alegró saber que algunos de los restos permanecerían conmigo para siempre…
Debo decir, por otra parte, que sentí cierta libertad cuando mi cepellón quedó sumido en un terreno amplio y bastante hondo. Mis raíces, algo constreñidas ya, parecieron crecer y esponjarse. Ramón explicó cómo debían cuidarme y se marchó de allí sin decirme siquiera adiós. Yo me quedé explorando con mis terminaciones el destino donde, a buen seguro y si tenía suerte, permanecería durante muchos años. Observé el cielo, limpio y azul; el aire frío que tanto me gustaba. Detecté también la proximidad de un pozo que enseguida vi a mi derecha —antes había presentido su húmeda presencia subterránea—, el canto de unos pájaros que identificaría en cuanto sobrevolasen mi copa o anidasen en mis ramas, y la promesa de un olor venidero a flores de lavanda que aún dormían. No me disgustaba todo aquello. Pero me sentía solo…
Las señoras que vestían de negro —supe luego que eran monjas— vinieron a visitarme en distintos momentos del día. Conté unas quince, aunque no las distinguía muy bien con aquel uniforme y puede que fueran algunas más o algunas menos. Las había casi ancianas; otras, jóvenes; y una que todavía parecía adolescente y que llamaba la atención porque iba toda de blanco. Entre ellas se llamaban con la palabra Sor seguida de un nombre. No es que tras la bienvenida inicial me hicieran mucho caso, pero las veía pasar con frecuencia y eso aliviaba un poco la que creí que sería una existencia aislada, sin un solo congénere a mi lado y sin más presencia humana que el ir y venir de aquellas monjas. Qué equivocado estaba respecto a ese temor…
El día posterior a mi llegada fue una jornada tranquila en la que pude descansar sin sobresaltos. Me gustó escuchar el tañido de unas campanas que sonaron muy temprano y también al caer de la tarde. Pero a la mañana siguiente, casi nada más despertarme con el toque metálico del amanecer, comencé a oír un bullicio de voces infantiles. Decenas y decenas de niñas de todas las edades entraban y se paraban sorprendidas ante mí. Algunas eran más altas que yo; otras no me llegaban ni siquiera al comienzo de la copa. Cuando oyeron un silbato se colocaron ordenadamente en filas. Me gustaba la de las más pequeñas, como una hilera de pajarillos dispuestos a levantar el vuelo…
Luego un timbre repetido las invitó a abandonar el patio y se fueron introduciendo en el edificio. De vez en cuando se escuchaban risas por alguna de las ventanas abiertas o cancioncillas de ritmo fácil y grato. Debo reconocer que andaba dormitando cuando de nuevo se oyó el timbre, vibrante y continuado. Terminé de despertarme con el ruido de un tropel de jovencitas que parecía salir de cualquier parte. Corrían por doquier, saltaban, usaban cuerdas que dibujaban curvas en el aire y lanzaban bolas que botaban en el suelo y subían al aire. Aquello era el recreo y el primer día me resultó un poco agobiante. Con el tiempo me fui acostumbrando al griterío y lo esperaba. Eran pura alegría contagiosa…
Los mejores momentos para mí llegaban, sin embargo, cuando salía al patio un grupo solo. Solía suceder a la tarde, antes de que la luz comenzara a retirarse. Cada niña portaba una silla y se colocaban en círculo en torno a mí. Sacaban unas telas, las sujetaban con sus manitas y, armadas con una aguja, iban cosiendo hilos de colores que formaban bellas imágenes. Permanecían en silencio hasta que una de ellas, o la monja que las acompañaba, empezaba a hablar. Luego todas repetían determinadas palabras una y otra vez: estaban rezando. La que dirigía las oraciones llevaba un rosario en la mano —ese collar de bolitas de madera que olía a mi familia— y, cuando terminaba de pasar todas las cuentas, cantaban. La canción era hermosa. Salve, madre, decía al comienzo. Y yo pensaba en la madre que no conocí. Enseguida pude memorizarla y la tarareaba por lo bajo, para no desentonar con mi probable voz de barítono.
Pero aún disfrutaba más con la presencia solitaria de sor Ángela. Llegó poco después que yo y por las noches, cuando las demás dormían, venía a verme. Traía una nostalgia infinita de su tierra olivarera y lloró cuando me descubrió en medio del patio. En las horas del alba acudía junto a mí y me recitaba versos. En sus poemas había olivos polvorientos, niñas de bello rostro que cogían aceitunas, almazaras fragantes y sílabas de untuoso aceite… Me gustaba mucho oírla mientras ella repasaba mi corteza con sus dedos ásperos de mujer de campo… Su voz despertó en mí la memoria de la especie que latía en mis genes. Añoré entonces los montículos rojizos salpicados de hierbas y peinados de olivos en hileras: las losas grises del patio se esfumaban para dejar paso a un suelo arcilloso; y bajo la luz plateada de la luna se movían las hojas verdiblancas de mis hermanos. La promesa de un líquido espeso y ambarino, perfumado de almendras, circulaba por mis vasos mientras una congoja de lágrimas no derramadas se iba transformando en zarcillos de aceitunas. Sor Ángela también lloraba su Jaén natal. A mi lado recordaba la casa familiar que abandonó muy pronto; las noches de invierno en que su padre proponía salir a varear estrellas; y las aceitunas caídas en las mantas como morenos astros diminutos, precursores de un sol líquido… Ella cambió rastrillos y capazos por una toca y un hábito; el viento frío de enero, por las aulas caldeadas; el silencio del olivar, por el bullicio de sus alumnas. No sé si se arrepiente, pero la añoranza se le escucha en el acento de su tierra, en las eses aspiradas con suspiros andaluces. Y heredo su nostalgia de lo que fue como algo propio que nunca llegó a ser. Los sueños de ambos aletean por la última orilla de la noche y huyen libres hacia el monte infinito, punteado de olivos…
Voltean las campanas. Amanece. Dentro de nada se abrirá el portón: un río de muchachas sonrientes irrumpirá en el patio. Se abrazarán a sor Ángela primero y vendrán luego hacia mí para cantar una canción de corro rodeándome. Entonces ella y yo nos miraremos con la tranquilidad de saber que este es nuestro sitio. Que también aquí estamos en casa.



