83. Réquiem epistolar

Aureliano

 

Eufrasio fue de los que no se marchó. Aquel día se había levantado pensando en la muerte, y con ella en mente se había enfundado sus pantalones de pana, pues incluso en la campiña refrescaba a la hora del rocío, su camisa de cuadros y su gorra de paño. Saliendo del pueblo, la luz del lucero del alba le saludó como tantas otras veces y un rubicundo gigante se desperezaba en el horizonte. El lejano rumor de las escopetas terminó de abrir el día y le acompañó durante su travesía. Eufrasio había participado del descaste de conejos toda su vida, pero aquel día tan sólo quería llegar al cueto donde gustaba de descansar, sentarse bajo la higuera, y nada más.

Era viernes, lo que significaba que tendría que estar en casa esperando la correspondencia de su hermano, al que en el pueblo llevaban ya años llamando «el alemán». En lugar de eso, casi se sorprendía de encontrarse sentado en el tocón de lo que antaño había sido chaparro, a la sombra de una higuera, las manos sobre la cachava y la vista en los tesos poblados de centenarios olivares. Su mirada inmóvil parecía estar oteando la vetusta silueta que dibujaba en el horizonte del pueblo el castillo morisco, los ojos preñados de lejanía.

Y allí, a la cálida claridad del amanecer le sucedió la inmensidad de un indolente azul ribeteado por discretos relejes blancos que se fueron desparramando por todo el cielo. Al tronar de las escopetas le sustituyó el martilleo de las chuelas que arrancaban las sierpes de las olivas. Con el pasar de las horas, los borreguitos que se habían ido formando durante toda la tarde se ataviaron de profundidades carmesíes y corales componiendo un atardecer sobre los campos, junto a la llegada de azafranados y violáceos ramalazos que indicaban el fin del día.

Casi había resuelto Eufrasio a marcharse cuando en la parte baja del ribazo divisó al cachorro de podenco andaluz con el que su nieto pasaba los días en el pueblo, a la zaga del perro, apareció el mozuelo agitando algo en su mano. Un sobre blanco. Una carta.

El muchacho subió el trecho que los separaba con un grito de guerra que clamaba a su abuelo y se lanzó a sus brazos. El cachorro, con altivos aires celosos, se lanzó también sobre Eufrasio y por un momento abuelo, nieto y podenco fueron indistinguibles. Tal fue el impulso que la cachava y la gorra huyeron despavoridas en opuestas direcciones.

―Pero bueno, ¿qué haces por aquí? ―preguntó Eufrasio con una sonrisa mientras se recolocaba la gorra.

―Ha llegado esta carta del tato ―se la tendió―. Mamá está preocupada, dice que has estado todo el día fuera sin avisar.

―¿Y te ha enviado a ti a buscarme? ―cogió la carta con sumo cuidado.

El muchacho lo miró con la cara que solo un niño al que han pillado haciendo una travesura sabe poner. Incluso Chato, el podenco, parecía algo avergonzado.

―Yo sabía dónde estabas, pero no me escucha. Llevo todo el día diciéndole que siempre vengo aquí a jugar contigo y con Chato a la pelota, pero le ha prestado más atención a esa carta que a mí―se justificó el niño.

El anciano le pasó una mano cariñosa por el pelo y lo mandó a que se diera una vuelta para coger unos cuantos higos a fin de que le perdonara su madre. Niño y perro comenzaron a darle vueltas a la higuera, buscando algún fruto a su altura. Otra vez solo, inspeccionó el sobre con detenimiento, la mirada absorta.

Entre sus manos moraba la última carta que le había escrito su hermano antes de morir. Todas las semanas desde hacía ya más de sesenta años había habido un ininterrumpido tránsito de cartas de Jaén a Alemania y viceversa. Preferían las cartas a otros medios, pues la edad hizo a ambos hermanos incompatibles con los teléfonos. En escasas ocasiones se habían llamado, con la pertinente asistencia de hijos y nietos, pero la fuerza de la costumbre y de la privacidad nunca los apartó del papel y la pluma. Ahora no tenía quien le escribiera.

Eufrasio era el mayor de los dos y, casi desde que aprendió a sostenerse sobre sus pies, había tenido que estar bregando ora con los animales, ora con el campo. Fue en las dependencias del cortijo en el que su familia malvivía donde consiguieron algo de instrucción en letras. De forma dadivosa, un maestro ambulante que acompañaba todas las semanas al recovero en su ruta consiguió enseñarles algunos visos del arte de la escritura.

Años más tarde, cuando Hermenegildo quiso unirse a los que se marchaban a la vendimia en Francia, las lecciones probaron su valía. Con lo que consiguió ahorrar de aquellas laborales, más lo que Eufrasio pudo aportar de lo sudado en la aceituna, reunió lo suficiente para marcharse a Alemania a aprender el oficio de mecánico y tratar de labrarse un futuro más próspero.

Varias fueron las veces que tuvo la oportunidad de acompañar a su hermano, pero Eufrasio se veía incapaz de abandonar los campos que le alumbraron, y en el fondo sabía que su hermano clamaba regresar. Tanto era así que, en reiteradas ocasiones, cuasi premoniciones, le había manifestado en cartas que iluminaban su retorno que la tierra que le había de tragar sería aquella que un día lo ayudó a caminar. Le había confesado que quería ser enterrado en su pueblo, pues en el cementerio alemán no conocía a tanta gente. Así se haría, al día siguiente sería el sepelio.

Saliendo de sus recuerdos, miró la carta y la apretó contra su rostro. Eufrasio, en el fondo, sabía lo que en ella había sin necesidad de abrirla. Se imaginaba como en la carta su hermano se despedía, como en ella recordaba todo lo que había querido, soñado, vivido. Como echaba de menos los bucólicos descansos que interrumpían la faena, ya fuera recoger aceituna, quemar ramón o quitar vareta, cargados de charlas que iban a ninguna parte sin ningún porqué.

Imaginaba que echaba de menos la armoniosa orquesta de los animales que anidaban en el verde tapiz de las lomas, solo interrumpidos por el crepitar de las chicharras en las tórridas tardes de verano. También el echar una breve cabezada, gorra en cara, en el regazo nudoso de los olivos, mientras las hojas, arengadas por el viento, le susurraban historias calladas por sol y suelo, susurros de generaciones pasadas que curtieron la tierra en tiempos. Igualmente imaginaba que recordaba como le gustaba el aroma del aceite al fuego que inundaba toda la casa cuando su madre cocinaba, las primorosas notas que iban abriendo boca en todos los que por la sartén rondaban.

Sin duda, también recordaría como bajo el apacible sol de invierno toda la familia, burro incluido, fueron a despedirlo a la estación. Las angustias que pasaron ese día cuando casi perdió el tren por la tardanza del burro que, flaco y exhausto, casi no podía con sendos serones cargados de ánforas de aceite. Y es que, en el pueblo, su madre había escuchado que allende de los Pirineos no usaban aceite, sino manteca, y al enterarse de eso no dio crédito y consiguió todo el que pudo para su hijo, pues se negaba a que viviera como en los años del hambre. De nada sirvieron las negativas de Hermenegildo a llevárselo, en eso su madre no dio cuartel. Tan mala decisión no sería cuando siguió pidiendo que le enviaran el oro líquido durante el resto de su exilio.

Con la ausencia de sus padres, Eufrasio procuró que no le faltaran nunca los alimentos de la tierra que se pudieran conservar y las recetas legadas por su madre. Si bien no envió apenas nada de la huerta, el aceite nunca escaseó en sus envíos, así como arcones llenos de embutidos de matanza y conservas que se ganaron el favor de las gentes donde su hermano vivía. Fue célebre la pipirrana como acompañamiento entre sus coetáneos y algunos consintieron en cocinar con aceite, para mayor gozo del recuerdo de su madre.

Hubo un momento, un punto de no retorno, en el que todos comprendieron que Hermenegildo no volvería. En su ruta por Alemania, la cual no estuvo exenta de vaivenes y vicisitudes, detuvo sus pasos y echó raíces cuando el amor llamó a su puerta y conoció al que fue, incluso en su último aliento, el amor de su vida.

Desde ese momento, en las contadas ocasiones que regresó al pueblo, lo hizo acompañado de un séquito de cabelleras rubias y ojos zarcos, ya fueran familia, amigos o vecinos, que querían conocer el recóndito lugar del que llegaban a su casa todas las maravillas. Ninguno de los que pasó quedó jamás indiferente ante la grandeza del mar de olivos, que cubría todo lo que alcanzaba la vista y parecía perderse en el cielo.

Su hermano, empero, siempre andaba algo alicaído durante los últimos días de las visitas y gustaba de dar solitarios paseos por las eras y por los caminos en su particular Getsemaní, incapaz de no anhelar aquel perenne paisaje de plumas verdes amarradas a añosas ramas. Eufrasio nunca supo qué meditaba en aquellas vueltas que daba, pero sea lo que fuere quedó como otro misterio que los troncos guardarían para ulteriores generaciones, retorciéndose en sí mismos por cada secreto guardado. La verdad es que, cual Cristo orante, se sentía escuchado por la intimidad que los olivos proveían, entendiendo en cada caminata cada vez más que una sola rama de aquellos nobles árboles tuviera el poder de la paz.

En su última visita, cuando ya estaba próxima la jornada de despedida, Eufrasio, quien desde muy tierna edad había amenizado con su voz cualquier velada, le regaló a su hermano una sentida interpretación de la copla del maestro Valderrama, oriundo de la cercana villa de Torredelcampo, llamada «El Emigrante». Peregrinas lágrimas se derramaron entre ambos hermanos, fundidos en un abrazo ante la encandilada mirada de los alemanes, quienes, por su expresión, parecieron despertar de un largo letargo tras la canción. Aquella fue la última vez que se vieron.

Poco tiempo después, en una de las cartas procedentes de Alemania, recibió una foto de su hermano junto a un pequeño bonsái de olivo plantado en una maceta. Hermenegildo le contó que sus hijos le habían regalado aquel pequeño pedazo de hogar tras ver cómo había estado los últimos días de su visita. Ni un día pasó entonces en el que se separara de su pequeño confidente, su patria chica, a quien, al igual que había hecho en el pueblo, le contaba sus pensamientos y todos los cuidados se le figuraban parvos.

Su nieto le sacó de sus remembranzas, una mano enganchada a su camisa y la otra con un higo a medio devorar que el pequeño podenco intentaba alcanzar dando brincos. Detrás de él, un escueto reguero de restos malvas delataba que la misión de llevar los frutos a su madre había fracasado. El pequeño bribón esbozó una sonrisa pícara y a la vez sincera.

―¿Nos vamos ya, abuelo?

―¿No le has dejado ningún higo a tu madre? ―le devolvió la pregunta.

―No quedan ya ―se encogió de hombros con una indiferencia fingida.

A Eufrasio solo le quedó reír.

―Entonces sí, nos vamos, no quiero que nos pille la noche en el camino, porque entonces sí que tendré que escuchar a tu madre ―se acercó a su nieto como quien cuenta la mayor de las confidencias―. Ha sacado todo el genio de tu abuela.

El muchacho asintió con la cabeza, reconociendo aquellas sabias palabras como una de las mayores verdades que hubiera escuchado en su corta existencia.

Los tres comenzaron su descenso y no tardaron en adentrarse entre los marcos tradicionales que separaban a unos olivos de otros en monumentales hileras. Con el sol poniente y el cielo oscurecido, consiguieron divisar las primeras casas del pueblo a la vuelta de las chumberas que flanqueaban su paso. El muchacho se refugió detrás del abuelo ante la visión de su madre, quien esperaba en la puerta con gesto ocre y resignado más que enfadado. Al ver su expresión, la compaña que avanzaba se sintió avergonzada ante su comportamiento, abriendo la marcha Chato, el rabo entre las piernas. Padre e hija tuvieron un entendimiento tácito, de palabras parcas. Él la entendía y ella lo compadecía. El niño y el podenco entraron a la casa sin represalias a la vista y se perdieron en el interior.

―Esta mañana han traído ya al tato, han venido muchos alemanes ―informó su hija.

Eufrasio se limitó a asentir, algo atribulado.

―Dentro hay bastante gente, las vecinas han ayudado esta mañana a terminar de amortajarlo y hace poco han vuelto para velarlo. Han empezado con el segundo misterio del rosario, pero yo no aguantaba más a las plañideras.

Otro asentimiento.

―También ha llegado una carta esta mañana.

―Me la ha acercado el niño.

María, su hija, le miró compungida. Sabía que su padre no diría más al respecto. Ambos se dirigieron en solemne estación de penitencia al interior de la casa. Eufrasio saludó de forma ceremoniosa a familia, amigos y vecinos y se escabulló tan pronto como pudo al patio entre una nube de rosarios, crucifijos, incensarios y crisantemos, ignorando conscientemente a su hermano yacente entre níveas sinabafas y holandas.

Una vez en el patio, se vio engullido por una oscuridad casi absoluta hasta que los ojos se le fueron acostumbrando a la penumbrosa escena. Entre las sombras que recortaban su contorno en aquel cuadro barroco, una le llamó especialmente la atención. Era un bonsái retorcido y de verde fronda.

Un torrente de emociones hasta entonces contenidas le asaltaron. Las lágrimas se derramaron por los surcos de la cara mientras se acercaba con pasos trémulos al pequeño olivo. Pasó su mano por las hojas y la desnuda piel del tronco, similar en su proceder al de un ciego, reconociendo en el tacto a su hermano. La tierra los había unido. Su hermano, al desdeñar la carne, vivía en el recuerdo contenido entre raíces, ramas y hojas.

Tras un momento de reflexión, sacó la carta de su bolsillo y la observó, todavía cerrada. Alumbrado por las danzarinas llamas de las velas que se escapaban por la ventana del salón y con toda la bóveda celeste como testigo, fue escarbando la tierra de la maceta hasta que consiguió meter en ella el sobre sellado. Había decido enterrarla y una vez concluida la tarea, Eufrasio habría jurado que allí, en la oscuridad de la noche, el tronco se había plegado.

Repuesto del asombro inicial, supo que el misterio había sido aceptado. Y mientras la carta siguiera cerrada, su contenido enigmático y sus palabras calladas, la conversación sempiterna que habían tenido seguiría inconclusa, y una parte de su hermano seguiría viva y para siempre a su lado.

En su espalda, estando agachado como estaba, le posó la mano su nieto, quien por lo visto había decidido imitar la solemnidad de los mayores que en la casa había.

―¿No quieres venir a dentro, abuelo?

Eufrasio miró al niño, toda turbación había desaparecido.

―Sí ―confirmó incorporándose―. Ya es hora de que vea a mi hermano.

 

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