82. Silencio virgen

Jorge J. Codina

 

En el barranco donde acallaron al poeta, los olivos aprendieron un nuevo idioma. Su último poema, el que nunca escribió, se deshizo en la tierra y las raíces de los árboles absorbieron sus versos. Desde entonces, cada aceituna, al madurar, en vez de pulpa, da a luz un fonema de aquel llanto. Y cada fonema es el contrapeso exacto de una estrella lejana en la balanza del cosmos.

No recolectamos para extraer aceite, sino para evitar que los árboles reciten el poema completo. Porque un olivo hablando solo y con rabia provoca la aparición de lunas falsas; y si hablara el olivar entero se colapsaría la Vía Láctea. Por eso vareamos las ramas: es un acto de censura celestial y un segundo asesinato para salvar el firmamento.

Luego prensamos esos sonidos truncados, esos pequeños silencios forzosos. El líquido que obtenemos es oscuro, casi negro. Este carece del sabor frutal de la escarcha y la manzanilla. Sabe a la soledad amarga que queda entre dos astros cuando uno de ellos, por fin, se apaga.

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