80. Charla entre aceitunas
Oliva había crecido junto al mar. No sabía muy bien como había llegado hasta allí, pero su alegría era inmensa por encontrase en aquel agradecido entorno. El mar Mediterráneo se le había metido en la pulpa y poco a poco iba destilando aromas de aire salado acentuado con toques cítricos y notas de ámbar.
Sus parientes mas cercanos eran de Martos, o eso pensaba Oliva, pues creía que ella procedía de aquellas maravillosas tierras andaluzas a los pies de la sierra de la Caracolera.
La inmigración andaluza de los años cincuenta, muy incrustada en el campesinado, había provocado que algunos de aquellos valientes inmigrantes llevaran consigo y con mucho cariño, un considerable número de semillas cuyo origen era su maravillosa tierra, con la esperanza de hacerlas crecer allí donde finalmente se establecieran.
Decidieron plantarlas muy cerca del mar con la esperanza de que, pasado un tiempo, sus ojos pudieran imaginar algo parecido a las plantaciones de su querido Martos. Así, cuando llegaron los años sesenta, la costa alumbró un espectacular paisaje pleno de olivares y aquellos inmigrantes, ya asentados en sus nuevos hogares, pudieron suavizar la añoranza de sus lugares de origen.
Oliva vio la luz del sol un radiante mes de junio acompañada de decenas y decenas de aceitunas, aunque todavía eran incapaces de mostrar su verdadero color, que también se asomaban curiosas entre las frondosas ramas de aquel olivo, cuya inmejorable ubicación se encontraba a escasos metros de una expectante playa mediterránea.
Todos los días, al despuntar el alba, se encendía una «chispeante» mecha y una animada tertulia surgía entre todas/todos las/los pobladoras/pobladores del olivo.
-¿Cuándo llegará el otoño para saber a qué nos dedicaremos? – comentaban casi a la vez un grupo numeroso de aceitunas que se amontonaban sobre las ramas más altas del olivo.
-Ayer me enteré, casualmente, que este olivo procede de tierras andaluzas – decía Oliva con gran entusiasmo.
-¿Cómo te has enterado de eso, Oliva? – preguntaban el resto de las aceitunas, agolpándose con sus ramas sobre la que se aposentaba dichosamente Oliva.
-Pues mirad, la otra tarde, un humano se apoyó sobre el tronco de nuestro olivo y le escuché hablar precisamente de nuestro origen en un tono muy nostálgico – contestó Oliva algo divertida por la ingeniosa respuesta que se le había ocurrido.
Oliva les dejaba siempre con la miel en la boca y cada día insistía en la misma afirmación, la de sus raíces andaluzas, bueno y, por supuesto, las del olivo.
Algunos de los chupones del olivo, que se mantenían enquistados en su tronco, pues todavía no habían sido podados, querían también participar en la conversación que mantenían las aceitunas.
-¿Y con nosotros qué pasará? – preguntaban muy preocupados, pues nunca habían escuchado historias sobre la necesidad de podarlos por el bien de la comunidad aceitunera.
-Vuestra vida es de un gran sacrificio por el bien de todas nosotras. Tenéis una vida corta pero los beneficios que aporta vuestra renuncia son muy importantes y seréis recordados durante largo tiempo porque creceremos más fuertes y con mejores propiedades – explicó Oliva para consolar a los tristes chupones.
Pero las preocupaciones no se centraban exclusivamente en los chupones, sino que la comunidad de aceitunas también mostraba las suyas.
-¿Qué pasará con las tormentas del verano? Si son muy fuertes quizás acabaremos sobre el suelo y ya serviremos solo como compost para el año siguiente – decía una de las menos optimistas del grupo de aceitunas.
-No te preocupes. El olivo es capaz de protegernos y administrar la luz que precisamos – contestó Oliva para estimular a todo el grupo.
Parecía que Oliva se había convertido en la cabecilla del grupo de aceitunas que habían poblado de manera generosa el olivo «inmigrante», así es como le conocían cariñosamente en todo el olivar.
Y fueron pasando los días, las semanas y hasta los meses en los que el proceso de maduración de las aceitunas iba dejando en sus robustas carnes los aromas más deseados.
Cuando llegó el mes de octubre, todo el olivar se revistió de sus mejores galas, para disfrutar del momento de la tan esperada fiesta: la de la cosecha.
Todas las ramas del olivo lucían colores espectaculares y exponían al sol sus hojas con gran satisfacción, dejando ver entre ellas a las orgullosas aceitunas, que sonreían graciosamente. Se movían eufónicas debido a la cercana brisa marina e incluso provocaban que las aguas del vecino mar reflejaran también su bellísimo color plateado, que a su vez se confundía entre el sutil oleaje.
Ellas sabían que, tras la cosecha, serían las siguientes en ser seleccionadas para determinar su destino. Las ramas de olivo han sido siempre símbolo de paz, prosperidad y victoria. En la antigüedad, representaban el éxito en las batallas, pero eso ya quedaba bastante lejano. Su destino sería muy variopinto, desde el uso en ceremonias religiosas, como lo es la tradicional Semana Santa, a la utilización medicinal de sus hojas, pero sobre todo mostraban una gran alegría por contribuir con su poda a la mejora de las venideras cosechas.
Pero volvamos a la vida de Oliva y al que sería su destino final. Esto era algo que cada vez preocupaba más a la nutrida población aceitunera.
Los humanos comenzaron a desplegar la multitud de redes que portaban, sobre las bases de los olivos y poco después llegó el momento más esperado y, quizás, a la vez el más doloroso para las aceitunas: el vareo que sufrirían sus ramas hasta que las aceitunas se desplomaran sobre el suelo cubierto de mallas. Las aceitunas parecían evitar que las varas les golpeasen haciendo giros inesperados, pero no eran necesarios sus movimientos pues ellas no serían apaleadas.
Comenzó el vareo con un ritmo delicado guiado por las expertas manos de los/las vareadores/vareadoras que sacudían suavemente sus bastones sobre las ramas para que cayeran, dulcemente, las ya ansiosas aceitunas. Aunque, la verdad es que inicialmente se mostraban un poquito asustadas.
Cuando Oliva alcanzó el suelo se dio cuenta de que, el momento anhelado de su «graduación» estaba a punto de ocurrir. Con una enorme disposición, se puso en manos, en las mejores manos, de aquellas mujeres que realizaban su recogida, desde el entramado de redes y, que además las manipulaban posteriormente con sumo cuidado para evitar dañarlas.
Oliva imaginó entonces una ceremonia de graduación en toda regla. Estaban presentes en el acto todos los que habían participado en el proceso: los emigrantes que plantaron las semillas, los chupones que ya habían sido podados, los vareadores, …. Las mujeres recolectoras y seleccionadoras formaban parte del jurado junto con los olivicultores y ellos serían los que determinarían los premios finales, es decir, el destino de cada una.
A Oliva le correspondió el honor de ser destinada a la obtención del mejor aceite de oliva de la zona. El aroma, el sabor, el color y la textura de Oliva habían determinado su selección y así formaría parte del primer aceite verde de cosecha temprana.
Oliva estuvo a punto de lanzar gritos de euforia, pero se dio cuenta que aquello era imposible: ella era una aceituna.
Y la imaginación Oliva siguió construyendo sueños. Así que, como consecuencia de la elección producida, ahora le tocaba decir algunas palabritas de agradecimiento y todas sus compañeras se lo pidieron y aplaudieron fuertemente hasta que finalmente se acercó al estrado.
-La única manera de hacer un gran trabajo es amar lo que haces. – comenzó diciendo Oliva. Cada una es responsable de su vida.
-Agradezco a todas mis compañeras su compañía y a nuestro querido olivo todo el cariño y buen trato que nos ha dado. Y como no, a las alegres ramas enjoyadas con sus bellísimas hojas. Sin ellas no habríamos encontrado «sostén» para nuestro crecimiento.
Claro, no solo era mérito de Oliva, también lo era de toda su familia aceitunera que había compartido residencia con ella en el mismo olivo y que había sido cuidada con gran esmero por los diestros olivicultores.
Oliva había sido recolectada en el momento del envero, cuando el cambio de color estaba a punto de producirse y eso ya suponía un claro indicio de que su dedicación sería para el aceite de oliva de cosecha temprana. Eso, aunque pasó desapercibido, significó un sacrificio adicional para Oliva. Al ser recolectada en plena juventud su vida estaba determinada ya por el destino final de ella misma.
Según decían, la mejor aceituna debe recolectarse cuando ha alcanzado su mayor tamaño, pero justo antes de que empiece a cambiar de color al madurar. Posiblemente esta parte era desconocida por Oliva y también por sus camaradas de olivar, pero seguramente que eso no les importaba demasiado.
Oliva también vio cumplido otro deseo, parecía que los cosechadores habían entendido sus anhelos. En el proceso de selección separaron su hueso para poder utilizarlo de semilla y cultivarlo. Lo llevarían a Martos, al pie de la sierra de la Caracolera, y allí lo cuidarían para que, en el plazo de más o menos ocho años, surgiera un nuevo olivo con el ADN de Oliva en tierras andaluzas. Volver a los orígenes tal y como era el sueño de Oliva.



