79. Saciedad semántica
Dicen que cuando repites una palabra continuamente deja de tener significado. Se convierte en una absurda secuencia de fonemas más o menos larga. Con una imagen sucede justo lo contrario: cuanto más la miras, más detalles que la hacen única observas.
Germán, padre, dejó por escrito que quería ser incinerado y sus cenizas tiradas en el campo, al pie de un olivo. La última vez que tocó uno tenía ocho años, pasarían casi noventa hasta que descansara en forma de polvo junto a otro. Tras sus primeros ocho años vinieron las migraciones, cambios de colegio, cambios de idioma, amoríos, trabajo, mucho trabajo, algunos amoríos más, la peque, el peque, los ascensos y, en general, lo que suele llamarse vida.
Siempre lo tuvo claro Germán, padre: «en cuanto me jubile nos volvemos a casa, compramos un terreno y a trabajarlo. Nada sana más que la vida en el campo.» Pero la vida nunca se jubila. Cuando no era lumbago era cuidar de la nieta mayor, cuando no una junta de accionistas era una reunión con vaya usted a saber qué alto directivo. Siempre había algo que se lo impedía. Por suerte, nada le impedía a Germán, hijo, coger la urna, un billete de avión y trabajar desde un portátil conectado al móvil. Así es la vida del artista.
Tenía que terminar un comic antes de que acabara el mes, dos semanas de plazo, más que suficiente. Ya le habían dado el visto bueno a todos los bocetos y el storyboard, tan solo faltaba su toque personal y entregarlo en fecha y forma. Lo podría hacer hasta en Sentinel del Norte, si tuviera conexión por satélite y un generador de gasoil. Trabajó en el avión. Al aterrizar se encontró completamente perdido. No había caído Germán, hijo, en que allí no tenía su maltrecha wolkswagen T4 donde trabajaba, dormía, viajaba y más cosas que no vienen al caso. Tampoco tenía a nadie que lo llevara o lo trajera. De manera inconsciente palpó la mochila y notó la urna dentro, se tranquilizó.
Mientras maldecía el precio del taxi entró en el hotel y se dirigió a recepción. «Dos minutos», que fueron siete, le dijo el muchacho del pelo ensortijado mientras terminaba de hablar por teléfono con un futurible cliente. Aprovechó ese tiempo para revisar el correo que le había mandado su hermana con toda la información que tenía de aquel pueblo:
«La verdad es que sólo fui una vez, hace ya unos años, cuando mamá se recuperó de la primera quimio. Tu no viniste porque andabas de erasmus en Holanda, creo que era. Los lugares que recuerdo te los he dejado marcados y compartidos en el mapa, para que los tengas a mano. En cuanto a la gente supongo que habrán muerto casi todos. Y quien no ya habrá soplado casi diez decenas de velas en la tarta. Estaba Julián, el del centro social; Jesús, con una tienda donde lo mismo encontrabas pilas que lechugas o periódicos y además su hija reparaba electrodomésticos en la trastienda; y Paqui, la guardesa de la finca que un día fue del abuelo y padre no llegó apenas a conocer porque se marchó siendo muy joven. Poca gente más recuerdo y ya te digo que, por edad, no creo nadie esté jugando al fútbol en la plaza.»
Finalmente, el muchacho del pelo ensortijado lo atendió y le acompañó a la habitación que sería su casa durante la próxima semana. Aquel hostal era como la Tardis de Doctor Who: más grande por dentro que por fuera. En apenas unos segundos ubicó mentalmente el uso de cada espacio. El escritorio junto al balcón ideal para trabajar con luz del sol. La cama la movería un poco más hacia el armario para colocar la esterilla de yoga. El sillón era perfecto para esa siesta demasiado grande para silla, pero no tanto como para cama.
Aquella primera noche ni siquiera cenó. Colocó la poca ropa que traía en el armario, reubicó un poco los muebles, se duchó y decidió terminar el trabajo que tenía pendiente. Cuando lo dio por concluido se asomó al balcón, el sol comenzaba a desperezarse por detrás de la sierra y el sonido de los pájaros se mezclaba como si cada especie cantara en un escenario distinto del festival. Los pulmones llenos a reventar de ese aire serrano, veinte minutos de yoga y una ducha después le dieron la energía suficiente para no necesitar ni agua en los próximos meses.
De un humor excelente bajó a desayunar. Cambió su habitual té chía por lo que el muchacho del pelo ensortijado, ahora reconvertido en camarero, le había recomendado: café con leche, media tostada de aceite con jamón y un zumo de naranja. «Empiece por el zumo que está recién hecho y se le van las vitaminas».
Con cuatro indicaciones sobre sitios de imprescindible visita salió a la calle acompañado de un plano de la asociación de comerciantes en la mano y una botella de agua fresca en la mochila. Había olvidado el placer de callejear por placer, sin prisa alguna, sentir los adoquines redondeados por la historia bajo sus pies.
Con Marta en la universidad, con Jorge en los primeros años de ilustradores en la editorial, las vacaciones siempre habían sido de mochila y furgoneta. Le hacía gracia verse aún así, más cerca de los sesenta que de los cincuenta. Pensó que las veces que Germán, padre, le había recriminado su estilo de vida, siempre pensando y planeando a corto plazo, como un niño pequeño, un Peter Pan. Pensó en lo que le dirían las cenizas de la urna su pudieran hablar: “aprovecha, caramba, y vive. Como ceniza, la verdad, no se disfruta igual esto”. Igual no lo diría con esas palabras, pero Germán, padre, era muy capaz de reconocer un error y adaptar su opinión. Convenciéndose de que no era un señor mayor con síndrome de Peter Pan, sino un chaval ya con una experiencia considerable, siguió paseando hasta que topó con un par de mesas que había frente a un bar.
El centro social era un hervidero a esas horas, a todas, como comprobaría los siguientes días. La planta de arriba tenía una sala grande donde se impartían clases de pilates y yoga a primera hora de la mañana, luego de informática, después se reunían a asociación de amas de casa para preparar las fiestas, más tarde la cofradía hacía su junta mensual y así desde que abría hasta que cerraba. La planta de abajo era el bar. A simple vista parecía pequeño: una barra apenas a un metro de la pared, donde cabía el camarero porque era delgado, una pequeña cocina a un costado y el frigorífico al otro. Delante varias mesas con un desgaste en forma de cruz de arrastrar las cartas y las fichas del dominó. Eso era todo.
Pero aquello también era como la Tardis: de esa cocina en la que apenas cabía una sartén y una cafetera (Germán, hijo, había tenido algún hornillo de camping más grande) salían menús a ocho euros para decenas de comensales cada día. Amén de unos churrascos que te subían el colesterol con solo mirarlos de reojo. Lunes carne, martes pescado, miércoles olla y cuchara, jueves guiso con verduras del tiempo y los viernes y fines de semana carta de diez productos. Nada que envidiar a cualquier restaurante en los que se había reunido Germán, hijo, con su editor o German, padre, con los inversores de turno.
Preguntó por Julián, pero hacía dos años que pasó a mejor vida. Tras el oportuno pésame el camarero y quienes estaban en la barra comenzaron a reírse. —No, hombre, no. Me refiero a que ya dejó el bar y ahora se dedica solo a la huerta. Suele venir a media mañana, eso de controlar el negocio lo lleva tan adentro que no se lo sacas ni con un biergo. —
El chaval que se reía de él resultó ser Julián, hijo, el padre llegó un rato después. Charlaron toda la mañana y, entre la parroquia allí citada y los recuerdos de Julián, padre, dibujaron un retrato costumbrista de cómo era la vida en aquel pueblo cuando aún no había que emigrar para ganarse la vida. Paqui y Jesús faltaban desde hacía más de una década. La hija de Jesús se fue a la capital, pero la tienda sigue abierta en manos de Candela que la mantiene prácticamente como estaba, aún asombra la variedad de género que maneja. La hija de Paqui es profesora del colegio rural. Trabaja como los titiriteros, de feria en feria, llevando a la vez tres aldeas con sus tres centros y haciendo malabares con el tiempo y la moto para llegar a todo.
Sin darse cuenta se le había pasado el día conociendo a esa gente, la gente de Germán, padre. Entendía por qué quería volver y terminar sus días allí. Se acostó con un sabor de boca agridulce. Por un lado, le alegraba saber que las cenizas no podrían descansar en un lugar mejor. Por otro, se regañaba por no haber hecho más por traer a su padre en vida.
La finca en la que Germán, padre, quería descansar era ahora propiedad de una pareja de ingleses. Lejos de negarse a alojar a un reconvertido en polvo lo apoyaron y ayudaron a Germán, hijo, a decorar su tumba con cuatro objetos al azar que tenían por casa: una agenda para que no se perdiera ninguna reunión, una gorra para que el sol no le cegara en el campo y una figura colorida de un lagarto que simplemente no sabían qué hacer con ella. Con ese extraño ajuar esparció las cenizas a los pies de un olivo. La pareja de ingleses lo dejaron solo para que se pudiera despedir a gusto.
Miento al decir que era un olivo. Lo era, sí, pero no uno cualquiera. Se sentó en un majano que había justo al lado y sacó el bloc de dibujo. Observaba el árbol mientras comenzaba a trazar líneas y contornos. En un primer momento veía un olivo como todos los que lo rodeaban, que no eran pocos. Entonces algo cambió. Comenzó a observar los nudos de las ramas, los pliegues en las patas, cómo caía hacia un lado. No, no era un olivo cualquiera, era el olivo de Germán, de los germanes. Ese era su olivo y en nada se parecía al de al lado ni al otro.
Siguió dibujando hasta que el sol le obligó a irse. Volvió al día siguiente. Lo hizo por la parte superior de la finca. Estaba convencido de que encontraría su olivo de entre el resto, y así fue. Lo reconocería entre cien, entre mil. Pero no sólo el suyo, reconocería al vecino del norte y al del sur, al del este y al del oeste, incluso al de siete hileras más allá.
Por la noche pensó en esa tierra que llamaban «mar de olivos». Muy mal expresado, pensó, porque un mar es una masa de agua y esto no es una masa, es un olivo único, diferente, junto a otro también único y diferente. Desde lejos podría parecer una masa forestal, pero si observas detenidamente salta a la vista que no hay dos olivos iguales.
En el avión de vuelta no paraba de darle vueltas. Dicen que cuando repites una palabra continuamente deja de tener significado. Se convierte en una absurda secuencia de fonemas más o menos larga. Es lo que se conoce como saciedad semántica. Con una imagen sucede justo lo contrario: cuanto más la miras, más detalles que la hacen única observas.
Al llegar a casa cogió su furgoneta y condujo sin destino fijo hasta llegar a un camino demasiado escarpado en el monte. Abrió la mesita que tenía frente a la puerta corredera y se sentó en la bancada de atrás. Fue pasando una tras otra todas las ilustraciones de su storyboard antes de enviarlo definitivamente. Abrió archivos antiguos, del mismo personaje, y los comparó. Todos eran iguales. En dos años que llevaba ilustrando al mismo superhéroe no había cambiado un ápice. Germán, hijo, se dio cuenta de que aquello si era «un mar de ilustraciones», da igual dónde fijaras la vista que verías una igual a la anterior y la siguiente.
Retomó los bocetos que tenía, pensó en el olivo con las cenizas de Germán, padre. Cuando vuelva a verlo, el año que viene, tendrá otros nudos y otras ramas, pero será igualmente reconocible. Repasó sus bocetos. El protagonista terminaba herido en la primera pelea pero acabará venciendo al mal. Si ya de por sí la historia no presentaba precisamente un reto para quien la leyera, las ilustraciones completamente planas y sin personalidad ayudaban poco a darle interés. Rehizo las heridas con realismo pero sin morbo, que era para todas las edades. Completó a lo largo de la historia la cicatrización de las mismas con especial cuidado en reflejar los colores del cardenal morado al verdoso antes de desaparecer.
Era un cambio pequeño, apenas unos píxeles en la parte izquierda de la mandíbula. Seguramente pasarían desapercibidos para el grueso del público al que iba destinado. Pero sabía que habría alguien que lo vería y diría «este no es el superhéroe de antes, este ha cambiado, ha avanzado, ha crecido».
Echó de menos las noches frescas con los grillos de fondo. Las veladas de debates intensos en el bar de Julián, hijo. Echó de menos el aire y el olor del pueblo. Y, como nunca lo había sentido, echó de menos a su padre. Antes de irse a la cama mandó un correo a la pareja inglesa por la finca. Había hecho cálculos y veía factible trabajar desde el pueblo y olvidarse a corto plazo de la gran ciudad. Incluso, ¿quién sabe?, tal vez hasta olvidarse de la ilustración y trabajar en el campo.
Al fin y al cabo, era el sueño que tenía Germán, da igual cual de ellos. Ahora se sentía más unido que nunca.



