75. Olivar de sueños

Felipe de Neve

 

Tan jubiloso estaba, que parecía no haber pisado nunca aquellos campos sobre los que caminaba ahora. Y nada más lejos de la realidad, pues era aquel terreno de campiña pedregosa, fértil y generoso, el lugar del que guardaba abundantes recuerdos de la infancia y juventud más efervescentes. La mente bien sabe salvaguardar lo bueno, y olvidarse de lo malo, para hacernos más placentera la vida.

Eran las ocho y cincuenta minutos de la noche de un 10 de agosto, domingo en plena y abrasadora ola de calor, mas no tanto a esas horas, pues parecía que el Sol había dado una tregua. Un hombre había dejado su coche aparcado, si por tal puede llamarse a dejarlo entre dos árboles de un solo pie, a unos diez metros de donde ahora estaba, inmóvil y pensativo, contemplando el fascinante horizonte pincelado de olivos, como agreste acuarela de la provincia de Jaén. Había dejado encendida la radio del automóvil, y José Menese cantaba versos de Lope de Vega por soleás:

   A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos.

Un pueblo andaluz, varado al norte, allá en su cima, se oteaba en lontananza desde aquel cerro de un majestuoso mar de olivos. Su castillo medieval parecía contemplar el alto de la Muela donde sus pies andaban. Un valle dominaba el contorno, y cerros de un relieve celestial se unían cuerpo a cuerpo con las nubes, que asfixiaban los cuerpos, aún más, en aquel bochorno vespertino, raudo ya hacia la noche. Pequeñas lomas se divisaban a lo lejos. Un olivar de remozados árboles de tronco retorcido, con uno o dos pies más delgados que gruesos, servía de suelo donde ubicar el mundo.

Miró aquel señor, que ya brincaba los cincuenta, y vio el bello lienzo que el progreso se había encaprichado en modificar. Ya no eran los setenta y tres olivos los que conformaban aquella humilde heredad. El trazado de una carretera que dejó de ser camino y un repetidor de telefonía demostraban, muy a las claras, que los avances tecnológicos ya habían llegado a la zona de campiña de la tierra jaenera. Entre Bailén y Baños de la Encina, la Cuesta de la Muela parecía no haber cambiado su perfil y orografía, pero su zona de cultivo era ya enteramente distinta, más árida, dispersa y con árboles de olivo aferrados a la tierra. No querían dejar yermo aquel frondoso y fértil lugar que durante tantos siglos fue suyo.

Contemplaba aquel desconocido los parajes de su niñez, adolescencia y mocedad, tan distintos a los que guardaba en un privilegiado rincón de la memoria. Eran otros los padrones que entre las distintas propiedades olivareras había. Eran otras las hiladas y otras eran las camadas. Esbozó una leve sonrisa que se convirtió en aliento contenido, y, de lo más profundo de su ser, salió un suspiro que pudo escucharse en el silencio de aquella tierra milenaria. La radio sonaba por guajiras, y Mayte Martín, con Alejandro Hurtado a la guitarra, comenzaba con un verso, «Es mi mulata un terrón». Sin duda, había dejado un pen conectado al equipo del coche, en modo aleatorio, con música flamenca. Supimos luego que se trataba de un profesor y poeta que había ido a otear, desde aquel terreno, la esencia misma de los años que se fueron, aquellos que nunca más han de volver.

Aquel hombre parecía limpiar una lágrima, al evocar, sobre aquel terruño de paz, tantos y tan buenos momentos vividos. Hacía muchos años que no pisaba aquel suelo sobre el que ahora se hallaba. Su padre ya iba para seis años que había dejado este mundo, y otros muchos años más que no era propietario de aquel minúsculo olivar que recibió en herencia y que tuvo que vender al ser expropiada parte de su superficie de cultivo para la construcción de la carretera comarcal Bailén-Baños, JV-5042, y la de una empresa de explotación de canteras de arena, grava y arcilla.

Recorría, con la parsimonia que da la contemplación de algo que nos fascina, los árboles de aquel remanso de gloria que otrora fue suyo. Y no tenía para él ningún alto valor económico aquel paraje, ni iba a alcanzar con su venta, caso de ser su legítimo heredero, pingües beneficios. No obstante, gozaba del más preciado interés que tienen las cosas, el precio de la memoria, de valor y estima incalculables. Se detuvo, se agachó y agarró un trozo de tierra con sus manos. Lo desmenuzó con sus dedos y lo espolvoreó para que cayera nuevamente al suelo del que procedía. Parecía dar sentido así a cuanto contemplaba. Todo había cambiado, pero seguía siendo lo mismo.

De repente, creyó oír en el silencio una voz que decía:

-¡Iiiindioooo! ¡Dónde estááá el Iiindiooooo!

A cualquier ser humano que hubiese escuchado aquellas frases de invocación tan arcana, no le hubiese llamado la atención, pues no dejaban de ser fruto de alguna broma nocturna, fuera de toda lógica y sentido. Pero aquel hombre que las había percibido quedó impresionado y absorto en la averiguación de tratar de discernir de dónde procedían y quién era su emisor. Eran, para su sorpresa, las mismas que su padre, ya fallecido, pronunciaba, tan bromista él, siempre que iban al campo a realizar cualquier tarea del olivar, frases con las que llamaba a un vecino agricultor apodado el Indio, que solía responder desde la distancia, desde su terreno, ya fuera en el lugar conocido como la Priora, o en este, en el sinuoso lugar de la Muela. Obvio es, a todas luces, que en esta ocasión, aquel señor, bautizado en el sentir popular de los lugareños como el Indio, no iba a contestar, por cuanto eran ya muchos los abriles transcurridos desde que abandonó el mundo de los vivos. Sin embargo, más extraño era que, de igual forma y manera, hubiese podido escuchar, con nitidez precisa, la supuesta voz de su padre en el sigilo del campo.

No quiso hacer caso a lo que, fruto de su imaginación canicular, a causa del insufrible calor, había parecido ser la voz de su difunto padre, tan querido y recordado por su bendita madre, viuda y valedora de aquel matriarcado de gente sencilla, por sus cuatro hermanos y por cuantos tuvieron la suerte de conocer en vida a aquel ceramista, trabajador en un tejar de ladrillos, sin más estudios que los necesarios para leer y escribir con soltura y maestría, y con todo el brío requerido para alimentar a sus cinco hijos, tres hembras, como en sus tiempos se decía, y dos varones.

Con él, junto con su otro hermano varón, mayor que él en cuatro años, había ido multitud de veces a realizar las faenas propias del olivar, compaginándolas con la formación académica en el instituto de Bachillerato de la población, en el caso de ambos, y universitaria, llegado el momento, en su caso particular. Su padre les dio las más elementales nociones agrícolas, elementales, pues no iba a ser la agricultura la profesión a la que habrían de dedicarse en un futuro. Una vez, ya pasado el tiempo, el que hoy visitaba aquel remanso del pasado, le pidió a su padre que le enumerara palabras de la aceituna, del olivar y de la almazara, donde también había trabajado, para hacer una publicación del léxico aceitunero y olivarero que tenía como proyecto:

-Mira, hijo -le dijo en el salón de su casa-. Durante el año…, velas apuntando y luego te las explico…, están las tareas de chaspar olivas, cavar, deserpar, quemar ramón, haser los suelos… Y de la recogía de la aseituna no sé si ya apuntastes, entre las que ya tienes anotás, la de poner los mantos, limpiar, varear…

Y allí estaba, en el más absoluto e irrenunciable presente. El tiempo parecía haberse detenido por un lapso imperdonable, un lapso de tiempo que le había permitido verificar que la ilusión suele jugarnos malas pasadas. Escasos coches, a esas horas, transitaban por el asfalto, camino de Bailén o en dirección a Baños, dos ciudades hermanas unidas por un abrazo de siglos entre caricias de olivar.

No le dio mayor importancia a lo que ciertamente no la tenía, y recorrió aquel olivar del ayer que hoy visitaba. Buscó entre las verdes ramas, miró por si hubiese algún nido de aquellos que tanto ansiaba encontrar cuando era pequeño. Trató de dar con algún resquicio del pasado que le sirviera para revivir aquellos tiempos en que recorría el trayecto de cuatro kilómetros entre Bailén y aquella cuesta, o alto, o cerro, montado en su bicicleta, medio de transporte poco agrícola, mas muy ecológico, juvenil y liviano.

Pensaba para sí. Lo que daría por poder decirle a su padre, en aquel páramo de vida a la intemperie, tantas cosas que no le dijo, o tantas que, aun habiéndoselas dicho, hoy desearía repetirle. Decirle gracias, nuevamente. Gracias por todo, por la lucha y por la lección para una vida.

Su madre, su otra gran pasión, desconocía que a esas horas su hijo se encontraba divagando y reflexionando en un apartado olivar a cuatro kilómetros de la que fue, y siempre será, su casa, aquella en la que empezaron a nacer y tomar forma los recuerdos. Y nada les había dicho, tampoco, ni a su mujer, ni a ninguno de sus dos hijos.

Y se detuvo, miró a la nada, a ese vacío que nos rodea cuando el pensamiento aflora, tomó aliento, y rememoró, para sus adentros, tantas cosas felices en aquel pequeño olivar de Andalucía, ya fuesen de la recolección de la aceituna, o de cualquier otra actividad anual en el cuidado del campo, en este y en otros parajes, diminutos todos, como pequeño propietario, en el caso de su padre, tanto en la Priora, como en uno camino de Burguillos, como en el de la Muela, más los posteriores que adquirió, al heredar por vía de sus suegros, unas vez vendidos los tres primeros, uno por la Cañada Isabel y otro por el Portichuelo, una viña de uva molinera que se convirtió en olivar. Hizo acopio mental de tantos instantes, mezclando, no cabe duda, los lugares y las fechas, los protagonistas y los hechos. La rociada de la mañana en un Pasquali, lumbres y candelarias por febrero, el panaceite al abrigo de una lumbre en la camada. Si ese aceite no era la gloria, muy cerca de ella tenía que estar. Cuajaderas de carne con tomate, el primer botellín de cerveza con el oportuno permiso de sus padres, los mantos y lienzos arrastrados por los más jóvenes, la poca agilidad de su hermana la chica al subirse al tractor, un guante para cortar las sierpes, que luego salen callos o vejigas. Amanecer un día festivo cavando olivas, que entre semana hay clases. La voz de la experiencia de un manijero, las mujeres en el tajo cogiendo aceitunas del suelo, benditas las manos de nuestras afanosas madres. Los hombres vareando con precisión exacta, sin dañar y con enjundia. La limpia, hoy en desuso, para cerner. Los ojos para soñar con un mundo más justo. Bandadas de cuadrillas que iban a los campos, y en un respetuoso saludo se deseaban buen día. Jornales de los hombres y mujeres de Jaén que convertían, y convierten, su sudor en néctar reparador que riega nuestro agro. Aceite de la vida y aceituna verde de esperanza …

… De pronto, pasadas las nueve y cuarto de aquella jornada dominical que quería hacerse noche, un hombre mayor, que bien rondaba los ochenta, anciano que seguía la estela de su nieta, jugando entre olivos, se acercó por la senda que llevaba a la carretera. Creyó al fin, bendita casualidad, que la presunta voz de su padre pertenecía a aquel señor mayor que se le acercaba.

-Buenos noches -dijo el anciano.

-Hola, muy buenas -respondió él.

Conversaron brevemente sobre el estado del campo, la climatología de aquel día de verano que parecía venir a achicharrarlos, de sus respectivos domicilios de residencia, ascendencias y descendencias varias, hasta que le preguntó al señor:

-¿Conocía usted al Indio?

Del diálogo posterior extrajo que ni había escuchado aquellas frases, ni sabía quién era el susodicho, ni nada que le hiciese suponer la certeza de su ilusión acústica. El abuelo y su nieta, a instancias de ésta, abandonaron el lugar y caminaron hacia arriba, en dirección sur. Poco después, antes de él marcharse de allí, pudo comprobar que alguien vino a recogerlos.

A lo lejos, el vehículo seguía emitiendo música jonda. Juan Valderrama, de Jaén tuvo que ser, torrecampeño de cuna, regalaba unas seguiriyas míticas entre olivares:

   A clavo y canela

me hueles tú a mí,

el que no huela a clavito y canela

no sabe estinguir.

Mientras la pista musical avanzaba, el hombre recibió una llamada de teléfono. Sacó del bolsillo su móvil, y hablando en voz alta por el dispositivo, se dirigió hacia su coche.

-Sí, Isa, ya voy. Me he parado aquí en la Muela. No tardo. Dame unos minutillos. Voy a llegarme antes a casa de mi madre.

La voz de Valderrama aún sonaba. Terminada la llamada, desde su asiento, empezó a buscar, con su dedo índice en la pantalla del móvil, un archivo digital de Google Drive en el que ya había compuesto las tres primeras estrofas o tercios de unas seguiriyas flamencas. Cerró los ojos por unos segundos, mientras escuchaba el tañer de la guitarra en una evocadora falseta, y reanudó la escritura de las dos últimas estrofas que conformaban aquel nuevo poema. La inspiración, tan caprichosa a veces, viene cuando menos se la espera.

Espera la noche
que nazca otro día,
y a campos de olivo en tierra jaenera
salen las cuadrillas.

 

Orea los suelos

la plácida luna,

y van por su fruto a olivos preñados

de verde aceituna.

Las lomas asoman,
se muestran los cerros,
hiela la tierra en los campos y llegan
los aceituneros.

Diciembre aparece
en el tajo escondío,
la alegre faena recoge la siembra
en mares de olivo.

Olivares de luz,
de hambre y de sed,

mujeres y hombres por la llanura,

olivar de Jaén.

El Sol buscaba el poniente, y su luz todavía inflamaba de vida los recuerdos. Le dio a guardar a aquel archivo de Word por nombre «Poemas». Colocó el dispositivo en el asiento del copiloto, arrancó el vehículo, se puso el cinturón, la música seguía su incesante añoranza. Se detuvo unos segundos para meditar por última vez. «Mi aceitunera Jaén», ya tenía título para sus versos por seguiriyas. No sabía de dónde le había venido tan de repente, como aquellos versos, uno a uno, como aquellas estrofas que eran suyas.

Era la voz de mi padre, no cabía la menor duda, que entre las olivas había querido volver a despertarme, una vez más, para llamarme a la vida, a esa lucha diaria fascinante y precisa, para espabilarme y salir de aquel sueño en que dormía, como aquellos días, ya lejanos, en que, antes de irse al tejar, entraba a mi cuarto, con su voz afable, para despertarme.

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