64. Cuento de familia
Aquella mañana, la niña de cinco años miró al mosaico incrustado en la columna del edificio de corte barroco, la paloma blanca y una rama de olivo en el pico llamaron su atención. Luego levantó la mirada impresionada por las alturas de las columnas y las puertas imponentes y hermosas.
― ¡Es una Iglesia! Dijo el joven a un costado del mosaico ―Y esa, es una réplica del ábside de la antigua Basílica de San Pedro de Roma. En Italia,
Casi frente a ella, la niña no se había percatado de la presencia del joven que le contestaba. Tenía un pantalón vaquero, pulóver blanco y chaqueta negra. En una mano sostenía una carpeta como colegial y la otra descansaba dentro del bolsillo del pantalón. Mostraba, así, una tranquilidad campechana y familiar que llamó la atención de la madre. Con su cuerpo fuerte y curtido por el sol, daba la impresión de ser un trabajador de campo.
Este, las había observado llegar y vio la curiosidad que despertó en la pequeña aquel mosaico en la columna.
La niña escuchó al hombre sin mirarle, y mientras pasaba su manita suave sobre la rama en el relieve; preguntó
― ¿Por qué tiene una mata en el pico? Mamá
― Es la ramita de una mata de olivo.
― ¿Y qué es un olivo?, volvió a preguntar la niña incrustando los grandes ojos azules en el rostro de la madre.
―Bueno, la mata de olivo es el que da como fruto la aceituna. Esa que a ti te gusta mucho comer cuando las traigo del mercado.
― ¿Y por qué la paloma tiene una rama de Olivo, Mamá?
La madre miró al rostro del joven con cierta interrogante, buscaba el apoyo ante la respuesta que debía dar. No había pensado en las preguntas y mucho menos las respuestas del porqué una paloma tenía la dichosa rama de olivo en su pico.
El joven que continuaba al lado de la columna observando el intercambio de ambas, comprendió la mirada dubitativa de la madre ante la niña e interrumpió; ― En muchas religiones y lugares el olivo fue considerado como un árbol sagrado y mágico, tanto fue así, que en el país de Grecia se prohibía tocarlos y… Una amplia sonrisa se le dibujó en el rostro…
―Me llamo Mario. Dijo extendiendo la mano a la madre y a la niña. Soy labrador de campos de Olivos.
La mamá agradeció con un gesto de cabeza y le respondió con otra sonrisa. La niña abrió los ojos aún más grandes ante tanta casualidad, pero luego miró con desconfianza por la instrucción de este y su conversación con la madre. Un poco seria escuchó cuando esta dijo: ― Un gusto, Ana, escritora, ella es mi hija Ketty y andamos de paseo. ¿Y usted? Sí, se puede saber.
… Ketty suavizó el rostro y se quedó tranquila cuando vio a su madre que aprobaba las palabras de Mario con gesto y sonrisa.
― Vine a buscar unos documentos de la hacienda. Alzó la carpeta inconsciente … Y agregó; ― Pero se va a demorar mi transporte… ¿Puedo acompañarlas?,
―Sí, si no le es molestia… dijo la madre coqueta. Ketty le miró instintivamente preguntándose. ¿Como su madre, que siempre le había aconsejado no hablar con extraños, ahora se veía tan cómoda y relajada con aquel?, No entendía e hizo una mueca de desagrado. Su mamá se había separado del papá y desde entonces, siempre habían estado solas.
Ketty vuelve a tocar la rama y el pico de la paloma diciéndole a la Madre― Cuando lleguemos a casa quiero me cuentes más, sobre el olivo.
El hombre, con ganas de enseñarle algo más a la niña, le dijo: ¿Quieres que te cuente una pequeña historia sobre el olivo? Digo, si no están apuradas.
―! No, ¡no estamos apuradas! Le conté que estamos de paseo, contesto Ana rápidamente y … ¿Te gustaría Ketty escucharla?
―Sí, dijo algo tímida, pero un poco más atenta y curiosa y señalando un banco cercano a la iglesia, preguntó ¿Nos sentamos allí? Y… ¿De qué es el cuento?
― Bueno, te dije que es sobre el Olivo, pero expresamente sobre dos aceitunas, de esas, que dice tu mami que te gustan mucho.
Resulta que el olivo se cultiva desde tiempos prehistóricos en la cuenca del mediterráneo y esta historia que te cuento me la contó mi padre, que a su vez la escucho de su padre y ahora, yo te la cuento a ti. Por lo que es un cuento de familia que me contaban en las noches a la hora de dormir. Era la historia dos jóvenes aceitunas que vivían en una rama de olivo muy robusto y centenario. Ellas se llamaban Olivia y aceituno, eran grandes, redondas y de un verde brillante y como tantas veces, charlaban animadamente sobre su destino cuando Aceituno, que era el más inquieto de las dos, chillaba un poco: —¿No te parece que nos cuidan demasiado? El labrador viene cada rato, revisa las hojas, poda las ramas secas… ¡Hasta nos riega cuando no llueve! Pero me parece que se excede demasiado: ― ¿No podríamos crecer, simplemente, a nuestro aire?
Olivia, que era un poco más serena y observadora. Movió ligeramente su pequeño cuerpo, como si asintiera, pero luego le comentó:
—Aceituno, creo que no es “demasiado”, sino “lo justo”. Nuestro abuelo, el olivo, nos contaba historias del viento y la tierra, y decía que, sin el cuidado del labrador, nuestra vida sería muy diferente. Siempre en nuestra historia, fuimos tratadas como tesoro y mucho más, en la antigüedad se le regalaba una corona de ramas olivo a los que ganaban y hasta le regalaban aceites cuando se descubrió la importancia de nuestra piel y nuestra grasa. Por eso la rama de olivo es vista como un símbolo de Paz y amistad en el pico de una paloma blanca y el labrador nos cuida para que seamos fuertes, alimentemos a mucha gente y no crezcamos diferentes.
—¿Diferentes? ¿Cómo? —preguntó Aceituno, intrigado.
—Pues… las “manos sabias” del labrador nos guían y sabe qué ramas necesitan más el sol, cuáles deben ser podadas para que el aire circule y no nos enfermemos con hongos como él Repilo y otros.
Es como un protector silencioso. Si no nos podaran, creceríamos apretadas, sin espacio para respirar, y no maduraríamos bien. Aceituno reflexionó un momento. —Es cierto que siempre nos sentimos frescas y sanas, porque el sol nos llega bien. Pero…― ¿Y el riego? A veces llueve, ¿Por qué insistir con el agua?
—Porque la lluvia es caprichosa, Aceituno y el labrador se asegura de que nuestras raíces tengan suficiente agua para que podamos crecer fuertes y jugosas. Imagina si pasáramos sed… ¡Seríamos pequeñas y arrugadas! Y él nos nutre con agua que extrae del corazón de la tierra. Sin ese cuidado, no seríamos el fruto que estamos destinadas a ser.
Aceituno miró a su alrededor, y vio a sus otros hermanos y hermanas que brillaban bajo el sol. —Entonces, ¿toda esta atención es para que seamos las mejores aceitunas posibles?
—Exacto —respondió Olivia con una pequeña sonrisa—. Y no solo para nosotras. El labrador no nos cuida solo por el placer de vernos crecer, él sabe que somos un tesoro. Cuando estemos maduras, nos recogerán con sumo cuidado y entonces nuestra verdadera misión comenzará.
—¿Misión? —los ojos de Aceituno se abrieron de par en par.
—Sí. Nos convertirán en un aceite dorado que es “oro líquido” y da sabor a las comidas de las personas, ese aceite nutre y da salud. Seremos parte de las vidas y tradiciones transformadas en testimonios de sol, de tierra y nuestros olivos, ancestrales… pero, sobre todo, el amor y el trabajo incansable de las manos del labrador que nos cultiva.
Aceituno guardó silencio, observando el horizonte, mientras el viento mecía suavemente la rama, donde, por primera vez, sintió aquella profunda gratitud por cada gota de agua, por cada poda, por cada mirada del labrador. Ellas no eran solo aceitunas creciendo en un árbol; eran el fruto de un cuidado milenario, de un arraigo que traía un propósito mucho más interesante de lo que jamás imaginó.
—Entiendo ahora, Olivia —dijo finalmente, con la voz más madura que ella había escuchado—. Somos más que aceitunas, somos el resultado de la hermosa relación entre la naturaleza y el hombre, esos que nos miman mientras el curso de nuestras vidas cumple su objetivo.
Así es aceituno, hemos sido bendecidos a lo largo de los siglos y poco a poco fueron acercándose y acurrucados una al lado del otro bajo el sol del atardecer, se quedaron en silencio, sintiendo el pulso de la vida que les rodeaba. Orgullosas de su destino y del cultivo que lo hacía posible.
Ketty miro al labrador ahora más feliz―Entonces, ¿Eres un labrador de olivos?
― ¡Sí!
― Y ¿Puedo cultivar un olivo en una maceta?
―¡Sí! Si lo deseas, yo te puedo enseñar.
Ella sonríe y mirando a su madre le dice: ― ¡Mami, yo quiero sembrar una mata de olivo!
Los tres rieron y se quedaron conversando sobre cómo lograr una postura en la maceta, mientras Mario esperaba el transporte que debería recogerlo para llevar a la hacienda.



