62. Recuerdos de un olivo

Antonio Rodríguez Rodríguez

 

Dicen que cuando estás a punto de cruzar el umbral que separa la vida de la muerte, ves pasar, en un instante, la película de tu vida. Noto la vibración de las grúas, bulldozers, excavadoras… mezclada con las voces de los operarios que las manejan, cada vez más cerca y no puedo evitar recordar mi historia.

Sé que mis palabras te van a sonar a despedida, Antonio. No es que sea muy mayor, aunque a ti te lo pueda parecer. Apenas he cumplido los 250, pero algunos de mi especie superan el milenio. Al olivo llamado «Farga de Arion», que se encuentra en Ulldecona, Tarragona, y ostenta el título de “más antiguo de la península”, se le atribuye una edad de 1.700 años. El de Sóller en Mallorca, está entre los 1.000 y los 1.500; el de Vouves en Creta, entre 2.000 y 3.000 y, en el norte del Líbano, en el pueblo de Bechealeh, hay un grupo de 16 olivos llamado “Las Hermanas”, con una edad estimada de 6.000. ¿A alguien en su sano juicio se le ocurriría destruir esos monumentos, testigos de tantas cosas?

Yo soy más joven. Me plantaron aquí en el siglo XVIII, poco después de que se fundara Arquillos, tu pueblo y el mío. Ahora, los de mi especie ocupamos el valle y la sierra, pero antes todo esto era un bosque, donde había poquísimos olivos, de los que hoy no queda ninguno. ¡Todos fueron exterminados! ¿Cuándo se plantaron los primeros en nuestro pueblo? No lo sabemos. Parece ser que llegaron a la península alrededor del siglo XI a.C. de la mano de los fenicios. Con la llegada de los romanos en el año 218 a. C. el cultivo se expandió y se mejoraron las técnicas de producción.

En 1768 se fundó nuestro pueblo con un pequeño grupo de colonos de los 6.000 que reclutó Gaspar de Thürrigel, a petición de Carlos III, en centroeuropa, principalmente alemanes, flamencos y suizos, para repoblar Sierra Morena y que trasformaran este territorio salvaje, refugio de bandoleros, en tierras agrícolas y ganaderas. Con esos asentamientos aseguraban un tránsito algo más seguro por la carretera general planeada en 1761 que comunicaría Andalucía con Madrid. Gaspar cobró 326 reales por colono captado, una cantidad que no estaba nada mal para la época. ¡El dinero lo movía y lo mueve todo! Cada familia asentada en uno de los municipios de las llamadas Nuevas Poblaciones tenía derecho a un lote de 50 fanegas ―unas 33 hectáreas― de tierra laborable, aperos necesarios para ejecutar el trabajo, cinco ovejas, cinco cabras, dos vacas, una cerda, cinco gallinas y un gallo, así como los medios de subsistencia necesarios hasta la recolección de la primera cosecha.

El cementerio guarda en sus archivos lapidarios el testimonio de esa colonización. Cuando el viento sopla, susurra sus apellidos con un acento que ya no es el original. Káiser, Wigner, Kel… Y en la memoria de sus descendientes queda el recuerdo de las tradiciones de sus antepasados como la de pintar los huevos en la Pascua de Resurrección.

Los primeros años fueron muy duros para los pobladores, y algunos desertaron, abandonando a sus familias. Los que quedaron me plantaron a mí y a muchos de mis congéneres que seguimos por aquí. Luego continuaron haciéndolo sus descendientes y no han dejado de hacerlo hasta el día de hoy. La vida en el pueblo giró y gira en torno al olivar. La economía familiar se complementa con otras actividades: ganadería, construcción, servicios…

¿Te acuerdas, Antonio, de aquellas tardes de estío a principios de los años sesenta, cuando tenías cinco años? A la caída del sol, en el pilar de la fuente del pueblo, asnos y mulos aguardaban enjaezados con albardas y aguaderas, a que sus propietarios terminaran de llenar los cántaros. Había que regar las estacas enterradas en primavera para que brotaran los nuevos árboles.  Solías esperar intranquilo a que tu tío pasara a recogerte con Federica, su burra. Hacías la ida andando detrás de la asna, que portaba los cuatro cántaros en las aguaderas de esparto. La vuelta te resultaba emocionante y divertida: ¡regresabas montado! En el pueblo nadie disponía de vehículo de motor para realizar este trabajo ―el primer Land Rover español se fabricó en Linares en el año 1958―. El uso del tractor se generalizó más tarde.  Las labores agrícolas precisaban de la fuerza motriz de animales y hombres.

Una vez a la semana había que hacer la limpieza de la cuadra. Muy temprano, depositabais los excrementos de Federica en el serón de esparto y nos los traíais. Era el abono de la época, muy importante para que tuviéramos una buena producción. Los lugareños repetían una y otra vez el refrán: “Cava profundo, echa basura, y cágate en los libros de agricultura”.

Las vacaciones de Semana Santa regresabas de Zaragoza, donde cursabas los estudios de veterinaria, y me quitabas las hierbas mediante la cava.

A finales de noviembre, mis aceitunas verdes viraban al morado. Faltaba poco para la recolección y había que ir preparando las primeras herramientas. Las bellotas estaban maduras. Era el momento de tomar las más apropiadas a cada dedo para confeccionar los dediles. No había guantes. Tú y tus hermanos os encaminabais a la dehesa y llevabais a casa las mejores. Tu madre y tus hermanas, tras seccionar la parte de la cabeza y vaciarla pacientemente de su fruto, obtenían los protectores de dedos que utilizaba la familia en la recolección.

La recogida comenzaba en diciembre, cuando las aceitunas están bien maduras y tienen más aceite. Primaba la cantidad. Hoy prevalece la “calidad”. Cada día son más las cosechadas en el mes de octubre y primeros de noviembre, cuyo rendimiento es muy bajo, pero que permite obtener un aceite gourmet de precio elevado.

Apoyadas en la pared, cerca de la puerta de entrada a la tienda de ultramarinos ―no había supermercados―, aguardaban las varas de madera que el tendero traía para la temporada. Los hombres las elegían con prisa. Todos las buscaban finas, fuertes y rectas, desechando las gruesas, curvas y pesadas. Pero tu tío no compraba varas. Él mismo preparaba las suyas todos los años. En el mes de enero, cuando la savia del acebuche estaba parada, les extraía vástagos apropiados a su gusto. Los calentaba en la lumbre, cosa que los volvía maleables, les quitaba la corteza, que se desprendía con facilidad al estar cocida por el fuego, y los colgaba o les ponía peso para que adoptaran una forma recta. En el mes de mayo se habían secado y se liberaban de sus ataduras y peso. ¡Estaban listos para la recolección del próximo invierno!

Cuando tenías quince años, venías a trabajar de “esportero”, ¿te acuerdas? Mujeres y jóvenes de esa edad y menores, pagados con medio jornal, recogían, en esportillas de esparto, las aceitunas que tiraban los hombres en el vareo. Luego las volcaban a una espuerta grande que, llena, pesaba entre 30 y 40 kilos, y las llevabas a la criba. Una vez limpia la carga, la pasaban a los capachos, también de esparto, que los burros trasportaban a la cooperativa.

La irrupción de plásticos y fibras sintéticas supuso un alivio en las penalidades recolectoras. Las espuertas de goma eran más ligeras y manejables. El agua no las empapaba. Los capachos fueron sustituidos por los sacos de rafia y las varas de fibra dejaron atrás a las pesadas varas de madera.

La criba en aquellos años era fundamental. Permitía despojar al fruto de hojas, palos y cualquier impureza que llevara, ya que en las cooperativas no había aventadoras, ni lavadoras… ni nada para quitarlas. La aceituna de los atrojes pasaba directamente a molerse. Las piedras de granito del molino no dejaban de girar, día y noche aplastándola. Los hombres echaban cubos de masa sobre un cimbel que, tras ser extendida, era cubierta por otro, formando algo parecido a un bocadillo con la masa en medio. A este le seguían nuevos cubos y nuevo cimbel hasta alcanzar la altura que había indicado el maestro molinero. Una prensa comprimía el gran bocadillo y el aceite rezumaba por el borde. Extraída la grasa, una sustancia seca y negra de consistencia arenosa quedaba entre los cimbeles: el orujo. Los operarios lo sacudían y lo acumulaban en un gran montón. Los niños jugabais sobre él. Estaba calentito. La sensación, con el frío de diciembre, era agradable ¿verdad? ¡Cómo disfrutabais!

Las cooperativas siempre tenían las puertas abiertas y todo el mundo circulaba por las dependencias sin ningún impedimento. Algunos días acudíais con Federica a por orujo que, mezclado con pulpa de remolacha, utilizabais para engordar a los cerdos.

El aceite pasaba de la prensa a los depósitos donde se dejaba reposar para que decantara. Cada año, tu madre limpiaba el depósito de hojalata donde había estado almacenado el aceite. En el fondo se acumulaban los turbios ―impurezas―. Con ellos y con otros aceites desechados de fritura y la ceniza del brasero hacía jabón o lo empleabais para el candil del cortijo. ¡Eso era reciclar!

El aceite se compraba una vez al año ―al finalizar la campaña―. Aparejada la burra provista de las aguaderas, colocabais las cántaras, también de hojalata e ibais a por aceite a la cooperativa. Lo pedíais de la cosecha anterior. Era más limpio, pues había decantado durante mucho tiempo. Hoy esto sería incompresible. El aceite, cuanto más joven mucho mejor, dicen. El tiempo lo oxida.

—Sí, centenario amigo. He visto el exterminio que están haciendo con los de tu edad y he preguntado a uno de nuestros vecinos: ¿Qué pasa? Y me ha explicado, que los “entendidos” dicen que los olivos que acumulan siglos no son rentables y van a poner nuevos plantones en producción intensiva. Las tripas se me retuercen al ver como miles de olivos centenarios y otros con más de medio siglo, que vi plantar y crecer, sois eliminados por motivos especulativos.

—Ya llegan las grúas que me arrancarán de raíz y las sierras que me descuartizarán. En pocos días desmantelarán esta formación perfectamente alineada que tus antepasados dispusieron como medio de vida del que dependía vuestra suerte y que os ha alimentado durante generaciones, resistiendo sequias y plagas. Del esfuerzo de aquellos colonos y de las generaciones posteriores, no quedará nada. Pronto esto será un campo de batalla repleto de cadáveres vegetales que las máquinas cargarán en camiones fúnebres camino del crematorio. Con nuestro holocausto, no solo desaparecerá este paisaje: se extinguirá un modo de vida, el trabajo de siglos y una parte importante de vuestra historia. Esos recuerdos se irán para siempre conmigo y contigo.

Mientras hablo con mi viejo-joven olivo, me llama la atención que en medio de tanta devastación se yerga frondosa una encina. Pero ya nadie querrá fabricar dediles con sus frutos. Todo está mecanizado. No hay sentimientos ni apego a nada. Solo tiene valor la cuenta de resultados. La pena es que mis nietos no podrán ver el mar de olivos centenarios que yo contemplé desde mi niñez.

La política es la veleta que cambia según sopla el viento. ¿Dónde se encuentran los que proponen el paisaje del olivar en Andalucía, concretamente en Jaén, para que sea reconocido como Patrimonio Mundial por la UNESCO?

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