56. El futuro que seremos

Eduardo García Guasch

 

Estoy al borde del mundo. La cosecha ha pasado, y conmigo, el tiempo se ha quebrado en pedazos invisibles. Caí, caí y caí antes de tiempo, sin saber que aún no era hora de partir. Mientras caía, vi cómo el Parque de Sierra Mágina, mi centinela de piedra y cielo, se cubría de un llanto silente. Sus cumbres se oscurecieron como si sintieran mi despedida, y los pinos, erguidos como antiguos sabios, inclinaron sus copas en señal de duelo.

La caída fue lenta, un susurro roto que se transformó en grito mudo. Me arrepiento de haberme soltado del abrazo que aún sostenía mi ser, de haber confiado en un viento que no era amigo, en un destino que aún no se había revelado. La voz del lamento resuena en mí, un eco lejano y quebrado, como el llanto de una hoja que se desprende y no quiere caer. Cae el silencio y con él, mi esperanza; cae la sombra y arrastra mi cuerpo al vacío.

El mundo que conocía se ha desvanecido en el murmullo seco del suelo, y yo, desnuda y vulnerable, soy un pensamiento extraviado en el laberinto del tiempo. Cada latido es una súplica muda, un deseo desesperado de retroceder, de detener el viento que me arrastró sin compasión. Caí demasiado pronto, y en mi caída aprendí que el destino no siempre es amable con los que se adelantan. Ahora estoy aquí, suspendida en la fragilidad de un hilo quebrado, con la voz del lamento como única compañía en esta orilla olvidada.

La cosecha ha pasado como un vendaval antiguo que arrastra voces, pies, manos, cuerpos. Un torbellino de presencias que dejó tras de sí un silencio tan denso que parece absorber la luz. Me quedo aquí, temblando, suspendida entre lo que fue y lo que aún no llega. Los pilares que me sostenían —torres verdes, firmes, orgullosas— se han ido. Se han ido al igual que el pulso de la tierra cuando el sol se oculta tras la última colina. Sus ausencias resuenan en el crujir seco del suelo, en ese sonido sutil que se parece al suspiro de un mundo que pierde a sus hijos. Apenas quedo yo, sostenida por un hilo quebradizo de savia marchita, colgando en el margen invisible del tiempo, como un pensamiento olvidado antes de nacer, un secreto que el viento todavía no se atreve a contar.

El viento me interroga cada noche con sus dedos fríos y antiguos, con caricias que son preguntas sin respuesta, como si quisiera arrancar los secretos guardados en mi memoria. Me habla de lugares lejanos donde otras hojas bailan en otros veranos, donde otras olivas cantan sus destinos. El sol me desnuda y quema cada día, un fuego que no cesa, una verdad ardiente que obliga a mirar sin pestañear. Su luz atraviesa mi piel, me atraviesa el alma, y sin embargo me sostiene, me recuerda que soy parte del ciclo eterno, aunque el ciclo ahora me haya dejado aquí, sola.

No siempre fui esto, despojada y frágil, a la deriva en el fin del mundo. Antes fui promesa, un secreto oculto en el vientre verde de una flor, un latido invisible dentro del silencio dorado del verano. Mi madre me abrazó con brazos de esmeralda, me cobijó con sus hojas eternas, y más allá de sus ramas, se alzaba la silueta serena de Sierra Mágina, la sierra que vela los sueños de los olivos. En sus lomos dormían leyendas antiguas que el viento me contaba por las noches, y en sus laderas el sol se detenía a bendecernos con luz dorada.

Me enseñó a soñar con la lentitud sagrada de las estaciones, a crecer con el ritmo profundo de la tierra, a esperar con paciencia el momento en que el destino se revela.

Sería virgen extra, dijeron las raíces en susurros que solo el viento conoce, como un hechizo repetido en la penumbra. Sería oro líquido, un milagro que nace del amor del sol y la tierra, un regalo para el mundo. Y yo, en mi inocencia, me llené de luz y deseo. Quería ser el primer hilo que brotara del capazo, el primer sorbo en la lengua del mundo, el primer destello que llevara la esencia del olivar a cada rincón. Quería ser aceite, no por vanidad, sino por destino. Porque así se nos había prometido en los cuentos que me contaba el viento, en las caricias que me daba la luna, en la paciencia con que la tierra me mecía.

Crecer fue un canto de estaciones, una danza lenta donde cada día era un verso. La primavera me llegó en forma de lluvia tibia y aromas nuevos, un despertar que despertaba mi savia dormida. El verano fue un fuego dorado que atravesó mis hojas con rayos ardientes, quemando mis dudas, templando mi alma. El otoño llegó con su abrigo de ocres y dorados, un manto de susurros que me preparó para el silencio. Y el invierno me envolvió en su manto de quietud, un sueño profundo y callado donde la vida parecía detenerse para renacer en otro tiempo.

El viento, ese viejo guardián, peinaba mis hojas con dedos invisibles, dedos que traían noticias de otras tierras, de otros olivos, de otros futuros. Las abejas danzaban en espirales de oro, trazando en el aire la promesa del néctar. La tierra hablaba en lenguas de minerales y humedad, un idioma que aprendí con el alma, una canción antigua que me enseñó a esperar y a confiar.

Yo me llenaba, día tras día, de sol y de aceite, de destino y esperanza. Cada gota que crecía en mí era un suspiro del mundo, un fragmento de eternidad. Quería ser el primero, el más puro, el más brillante. Quería ser la promesa que se transforma en regalo, en luz que acaricia el paladar y el espíritu. Pero el viento es pesado, y los sueños, frágiles.

Un día sin nombre ni aviso, sentí un crujido profundo dentro de mí. No fue dolor, sino despedida. Caí. No con violencia, sino con la tristeza callada de una hoja seca que dice adiós a su árbol, a su vida. El vuelo fue corto, lento, como una plegaria que se desvanece en el aire antes de tocar el suelo. Quedé a la deriva, rodeada de otros como yo, náufragos sin barca, promesas rotas al borde del olivar. Nos miramos sin palabras. El silencio se hizo un manto denso que nos envolvía, un velo de olvido y nostalgia. La cosecha cantaba lejos, celebrando promesas que ya no éramos.

Me sentí sola y a la vez parte de un mar de ausencias, un océano de sueños caídos. La tierra, fría y callada, me acogió entre su polvo y su sombra. La lluvia vino entonces, como un perdón suave, lavando el polvo de mis heridas, trayendo sombra y susurros de esperanza. Gotas que acariciaban mi piel deshecha, que limpiaban el lastre del abandono. La tierra, paciente y sabia, me abrazó sin prisa, me envolvió en su oscuridad fértil, una cuna de sombras tibias donde el tiempo se detiene y renace.

No era muerte, sino tránsito. La oscuridad canta en la raíz de las cosas, canta el renacer que brota de lo que muere, la promesa que se oculta para volver a ser. Sentí que desaparecía, que mi ser se deshacía en la humedad profunda, en el susurro del musgo y de las piedras. Pero dentro de esa nada, el deseo de seguir latía, un hilo tenue pero irrompible.

Cuando brotó la primera hebra de mí, sentí el temblor sagrado del deseo de vivir. Una raíz que rasgaba la oscuridad, buscando la luz, la vida, el aire. Temblé, era yo y no era yo, una promesa y un misterio, un fragmento de ayer que quiere ser mañana. Fue entonces cuando una sombra humana se inclinó sobre mí, rugosa, cálida, con olor a campo antiguo, con la ternura de los que saben escuchar la voz de la tierra.

Sus dedos tomaron mi frágil cuerpo con respeto y ternura, como quien acaricia una herida que no se ve pero que duele profundo. Sus manos eran un refugio, una cuna, un juramento. En su voz había un arrullo, una promesa de vida renovada.

—Tú serás árbol —dijo—. Serás raíz, savia y tronco. Serás guardián de este olivar que se renueva. No naciste solo para dar aceite, naciste para sostener el futuro.

 

Y en ese instante, desde lo alto, vi cómo Sierra Mágina volvía a erguirse, clara y serena, como si respirara aliviada. Sus laderas brillaron bajo el sol de Jaén, y en ese reflejo, entendí: ella nunca me abandonó. Siempre estuvo ahí, guardiana del ciclo, protectora del sueño de los olivos.

Unos días después, el anciano regresó con un grupo de visitantes. Eran turistas, pero no de esos que pasan de prisa. Llevaban botas de montaña, cuadernos, cámaras. Uno de ellos preguntó:

—¿Este olivar es de producción ecológica?

—Sí —respondió el hombre—. Y todo bajo la sombra de Sierra Mágina. Aquí, el aceite no se hace, se cuida. Nace del sol, de la piedra, del silencio.

Una joven se agachó, tocó la tierra húmeda.

—¿Y este pequeño? —preguntó, señalándome.

—Este —sonrió el anciano— será uno de los nuestros. Un olivo de Jaén. Fuerte, resistente, con sabor a verdad.

Esa noche, mientras el viento cantaba entre las ramas, soñé. Soñé que crecía, que mis raíces bebían del agua antigua, que mis hojas brillaban bajo la luna. Soñé que daba fruto, que mis aceitunas eran recogidas con manos respetuosas, llevadas a la almazara donde el aire olía a hierba recién cortada y a aceite nuevo.

Vi el momento en que mi pulpa se tritura, mi aceite brota en un hilo dorado, humeante, vivo. Lo vi caer en el almacén, brillar bajo la luz. Lo vi en una cata: una mujer lo prueba, cierra los ojos, y dice:

—Aquí hay hierba, manzana verde… y un toque amargo que sube a la garganta. Es frutado intenso. Aceite de Jaén. Aceite de Sierra Mágina.

Y sonríe.

Desperté con el alba. El sol acariciaba mis primeras hojas. El anciano volvió, esta vez solo. Se sentó a mi lado, como quien visita a un nieto.

—Mi abuelo plantó olivos después de la guerra —dijo—. Decía que mientras hubiera un árbol vivo, habría esperanza. Yo he hecho lo mismo. Y ahora, tú lo harás.

En la nueva plantación, bajo la luz amiga del sol, crezco lenta y firme. Cada día, mi savia canta con la memoria de mi madre, con el viento que peina las hojas, con la tierra que me abraza. Aprendo a sostener el aire y el tiempo con mis ramas, a dar sombra y refugio a los que vendrán, a ser la fuerza silenciosa que sostiene la vida.

Sé que seré árbol, que mis raíces serán puentes entre el pasado y el futuro, que cada hoja será un suspiro de esperanza, que cada fruto será un sueño cumplido. El ciclo continúa. El viento trae nuevas voces, la tierra ofrece nuevos secretos. Y yo soy parte de él.

Soy el futuro que seremos. Soy oliva de Jaén.

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