47. Raíces de memoria

Albert Ginestà Andreu

 

A veces pienso que este mundo no es exactamente lo que creemos.

Que hay cosas que no entendemos. Y otras que creemos entender, pero solo porque hemos dejado de hacer preguntas.

Nos pasamos la vida convencidos de que sabemos mucho.

Pero lo cierto es que sabemos muy poco de casi todo.

Lo que descubrí lo hice por azar.

O eso me gusta pensar.

Y desde entonces, no he dejado de buscar respuestas.

Soy consciente de que tengo cierta ventaja. Un secreto. Una grieta por donde mirar lo que otros no ven.

Y a veces me maravilla pensar cómo un solo hecho —uno solo— puede cambiar por completo el sentido de toda una vida.

Tenía nueve años.

Un día de un caluroso agosto, justo al caer la tarde, lo conocí.

Estaba solo. Inmóvil, pero lleno de historia.

Era mayor. Mucho mayor que yo. Y aun así, nunca me hizo sentir pequeña.

No recuerdo qué pensé exactamente en ese momento. Solo sé que todo, dentro de mí, cambió.

Lo recuerdo como si estuviera ocurriendo ahora.

Me he enfadado con mi padre. Dice que no puedo subir sola a la torre del campanario, que soy pequeña, que me puedo caer. Siempre lo mismo. Así que salgo corriendo. No le grito, no lloro, pero aprieto los puños y corro.

Corro por las calles del pueblo, dejo atrás la fuente de piedra, la iglesia cerrada, las casas encaladas que huelen a pan y a siesta. Y más allá, los caminos de tierra.

Los primeros campos están cerca. Los olivos son viejos, retorcidos, con ramas que se abrazan al cielo como pidiendo perdón. Me gustan. Tienen algo de abuelos que nunca te riñen. Más lejos, los nuevos. Plantados en filas rectas, iguales, sin sombra ni memoria. No me gustan. Parecen soldados.

Sigo andando. No quiero volver. Subo por un sendero casi invisible, entre matas secas, mariposas de polvo y el canto pegajoso de las chicharras. Y entonces lo veo.

Está solo, al borde de una pequeña loma. Un olivo enorme, distinto a todos. Su tronco parece tallado por el tiempo, hueco por un lado, como si algo muy viejo hubiera salido de dentro. Sus ramas no se mueven, aunque hay brisa. La tierra a su alrededor está limpia, como si alguien lo cuidara.

No pienso. Me acerco. Lo toco. La corteza es rugosa, cálida, como piel vieja. Me siento en la base del tronco. Me apoyo. Cierro los ojos. Y entonces lo oigo.

—Hola, Inés.

Me quedo helada. No he oído nada con los oídos, pero la voz está ahí. Dentro. Abro los ojos. Estoy sola.

—¿Quién eres? —pregunto en voz baja.

La voz vuelve, como un pensamiento que no es mío.

—Te he visto muchas veces.

—No es posible. Nunca he estado aquí.

—Tú no. Pero sí tú. Tu madre venía. Caminaba por estos campos con las manos sobre el vientre. A veces se detenía justo aquí. Y me hablaba.

Me encojo. Me abrazo las piernas.

—Mi madre murió —digo.

—Lo sé. Yo también lo sentí.

El viento sopla, pero las ramas siguen quietas. No sé qué pensar. No sé si estoy soñando. Pero no tengo miedo.

—¿Por qué me hablas?

—Porque has venido y porque escuchas.

—Pero… los olivos no habláis.

—No lo hacemos como vosotros. No tenemos lengua, ni pulmones… ni cuerdas que vibren en el aire. Pero sí hablamos.

—¿Cómo?

—Con el tiempo. Con la savia. Con las raíces.

—¿Las raíces?

—Sí. Las nuestras se tocan bajo tierra. Compartimos señales. Agua. Noticias. Memoria. Lo hacemos a través de los hongos, de los filamentos. Una red muy antigua. Tú no la ves, pero está ahí. Y gracias a ella, no estoy tan solo como parezco.

—Entonces… ¿os contáis cosas?

—Claro. Algunas buenas. Otras no tanto. Nos contamos el frío, las plagas, la sequía. A veces nos contamos recuerdos. Y de vez en cuando, nos preguntamos por los humanos.

—¿Y qué decís de nosotros?

—Eso depende. Hay humanos que arrancan. Otros que cuidan. Algunos escuchan.

—¿Como yo?

—Como tú.

—¿Y qué me vas a contar?

—Una historia.

Una que sucedió aquí, hace muchos años. El tiempo no es igual para nosotros.

—¿Y por qué me la quieres contar a mí?

—Porque lo necesitas. Igual que yo.

—¿Tú también?

—Sí. Yo también necesito que me cuentes una historia. Una por cada una que yo te cuente. Es el trato.

—Pero… ¿yo qué voy a saber? Apenas tengo nueve años.

—Precisamente por eso. A tu edad, aún sabéis cosas que luego se os olvidan.

—¿Y qué tipo de historia quieres?

—Cualquiera que sea tuya. Puede ser algo que te haya pasado. O algo que imagines. Las raíces no hacen distinción entre verdad y fantasía. Ambas alimentan igual.

No digo nada. Miro el campo. El sol ya se ha escondido. La sombra del olivo se ha estirado como un gato viejo, y el aire huele a algo que no sé nombrar.

—¿Y si otro día quiero volver a hablar contigo?

—Mañana podrás. Pero solo mañana.

—¿Y después?

—Después no. No hasta dentro de muchos meses.

—¿Por qué?

—Porque para que yo pueda hablar, se tienen que dar ciertas condiciones. La luna tiene que estar nueva. Tan nueva que desaparezca del cielo. Y además, tiene que estar muy cerca de la Tierra. Eso solo pasa unas pocas veces al año. Lo llamáis perigeo.

—¿Peri… qué?

—Perigeo.

Es cuando la luna se acerca un poco más. Como si bajara la cabeza para escuchar.

—¿Y qué más?

—El aire debe estar quieto. La tierra, húmeda pero no empapada. Y tú… tú tienes que venir con el pecho abierto y el ruido apagado.

—¿Y si no es así?

—Entonces no oirás más que silencio. O tu propia voz.

El árbol parece respirar muy lentamente.

—Hoy sí puedo hablar. Así que voy a contarte una historia. Una de las primeras que recuerdo que sucedió cuando yo era joven. Muy joven.

—¿Qué edad tenías?

—No lo sé con exactitud. Pero aún no había cumplido cien años.

—¿Y qué pasó?

—Una tormenta. De esas que no vienen despacio. Llegó como un rugido, sin avisar. El cielo se volvió gris. El aire se partía con cada relámpago. Y uno de ellos cayó muy cerca.

—¿Te alcanzó?

—No. Pero sí tocó la tierra a unos pasos de mí. El calor fue instantáneo. La chispa saltó de un arbusto seco, y el fuego empezó a correr. Todo ardía: el suelo, las ramas, el aire.

—¿Y tú?

—Yo creí que iba a morir. El fuego devoró a muchos de mis hermanos. Vi cómo se retorcían, cómo el humo los cubría.

—¿Y por qué tú no?

—Porque el viento cambió. Giró de pronto. Y poco después, empezó a llover.

—¿Llover?

—Sí. Una lluvia densa, inesperada. El fuego se apagó como si alguien lo hubiera apagado de un soplo.

—¿Y tú te quemaste un poco?

—Sí. Algunas ramas. Pero seguí de pie. Roto, pero vivo.

Miro las cicatrices en la madera, y las entiendo por primera vez.

—Y unos días después, cuando el humo ya no olía, vinieron personas.

—¿Quiénes?

—No lo sé. Venían en silencio. Eran hombres y mujeres. Traían herramientas. Y una caja.

—¿Qué hicieron?

—Primero me podaron. Subieron por mis ramas y cortaron lo que había quedado seco. Me dolió, pero también me aligeró. Después limpiaron toda la era. Cortaron los olivos muertos. Y entonces, en un rincón del muro de piedra, cavaron un agujero. Allí enterraron la caja.

—¿Qué había dentro?

—No lo sé. Pero era algo importante. La forma en que la miraban. Cómo la envolvieron. Parecía un secreto.

—¿Dónde está?

—Si miras al norte, en la parte donde el muro tiene una piedra más clara que las otras… Justo debajo. A un palmo de profundidad.

—¿Sigue allí?

—Sí. Nadie ha vuelto desde entonces.

—¿Y por qué me lo cuentas?

—Porque sé que tú sabrás qué hacer con ello.

La noche empieza a caer, despacio.

—Ahora debes irte, Inés. Se está haciendo tarde.

—¿Mañana volverás a hablarme?

—Si vuelves tú… y me cuentas algo.

—¿Una historia?

—Sí. Una que sea solo tuya.

La leche estaba tibia y el pan tenía corteza de horno. Mi padre removía el café sin prisa, como si el día todavía no hubiera empezado del todo. Lo miré unos segundos. Y entonces pregunté, como quien lanza una piedra a un pozo para ver si hay fondo.

—Papá… ¿Tú sabes qué es el perigeo?

Le vi levantar las cejas. Dejó la cucharilla en el platito y me miró con una sonrisa medio dormida.

—¿El perigeo? Ni que fueras astrónoma, niña. ¿De dónde has sacado tú esa palabreja?

—No sé… Creo que la soñé.

Se echó un poco hacia atrás, pensativo.

—Pues creo que es cuando la luna se arrima más a la Tierra. Como si le diera por venir a vernos de cerca, la muy cotilla.

—¿Y por qué hace eso?

—Porque no gira en círculo perfecto. Hay veces que se aleja, otras que se acerca. Como las personas, vamos.

Lo dijo con naturalidad, como si hablara del tiempo.

—¿Pero por qué me lo preguntas?

Me encogí de hombros.

—Por nada. Me acordé.

Me miró un segundo más, con esa mezcla suya de ternura y sospecha.

—Pues hala, toma pan con aceite y despierta bien el coco. Que hoy te veo con el día lunar.

Sonreí. Y me quedé en silencio, guardándome lo importante.

La tarde huele a tierra y a uvas maduras. Me siento en la base del tronco. No digo nada al principio. Me cuesta. Pero él espera. Y su silencio no pesa.

—Vale. Te contaré algo.

Una brisa suave me mueve el flequillo.

—Nunca se lo he contado a nadie. Ni a mi padre. Ni a mi hermano. Ni siquiera a mamá… cuando aún estaba.

Respiro hondo. No sé por dónde empezar.

—A veces, por la noche, me despierto y me parece que oigo su voz. La de mamá. Pero cuando enciendo la luz, no hay nadie. Y me siento tonta. ¡Como si estuviera loca! O como si me lo estuviera inventando.

Respiro.

—Una vez la oí tan claro, que fui hasta el pasillo con una linterna. Pensaba que la iba a ver. Pero solo estaba su bufanda, colgada en el perchero. Olía a ella.

Me abrazo las piernas.

—Y entonces empecé a hacer algo. Cuando no puedo dormir, me invento historias donde ella sigue viva. Historias en las que no coge el coche ese día. O en las que llueve, y se queda en casa. O imagino que vamos todos juntos al campo, y ella canta. A veces hablo sola en voz alta, como si me oyera. Y eso… me hace bien. Pero también me da miedo.

Cierro los ojos.

—Por eso no se lo cuento a nadie. Porque no quiero que me digan que estoy triste.

Levanto la cabeza y miro al olivo.

—Tú dijiste que a veces os contáis recuerdos. Yo también. Pero hasta ahora, solo eran para mí.

La rama más alta cruje con un gesto leve, como un asentimiento lento. Y entonces él responde, sin prisa.

—Los recuerdos que duelen son semillas. Tardan. Pero con tiempo, también dan fruto.

No digo nada más. Pero por primera vez desde hace mucho… no me siento sola.

Con el tiempo, aprendí a esperar.

Cada vez que la luna se escondía del todo y el mundo se volvía más callado de lo normal, yo volvía a él.

No importaba si era invierno, si llovía, o si ya vivía en otra ciudad. Siempre, año trasaño, encontraba la forma de regresar.

Él me enseñó a mirar más despacio.

Me habló de cuando los árabes aún no habían sido expulsados, de mujeres que venían de noche a llorar entre sus ramas, de hombres que dormían a su sombra y le cantaban canciones, contaban secretos, o historias de amor. Me enseñó a escuchar.

Y yo también le hablé.

Le conté mis anhelos, mis miedos, mis dudas.

Le hablé de mi primer beso, de mi rabia con el mundo, de las veces que no entendía nada y lo único que quería era que alguien me dijera que todo iría bien.

Durante años, él fue equilibrio.

Refugio.

Mi grieta mágica.

Pero hoy, algo ha cambiado.

Esta noche, cuando el aire estaba más quieto que nunca, me habló con una voz distinta.

—Fue una noche sin luna. Como esta. Y llegaron con linternas y miedo.

Me contó cómo un grupo de hombres, sucios, con las manos atadas, cruzó los campos sin mirar atrás.

Cómo los hicieron arrodillarse justo al borde del camino.

Cómo las ramas temblaron, no por el viento, sino por el silencio que vino después de los disparos.

—Los enterraron ahí mismo. A pocos metros de mí. Debajo de la tierra dura. Sin nombre. Sin flores.

Pero yo los recuerdo.

Se quedó en silencio un largo rato. Y luego me señaló el lugar.

Con palabras exactas.

Con raíces antiguas.

—No se lo digas a cualquiera. Pero cuéntaselo a alguien que mire con los ojos abiertos.

El aire era suave y las sombras se estiraban entre las hileras de olivos. Paseábamos sin prisa.

Mi padre, ya muy mayor, se detenía a veces para mirar un tronco, tocar una rama o decir el nombre de algún árbol como si saludara a un viejo amigo.

Yo esperaba el momento.

Y cuando sentí que el silencio entre los dos se había hecho lo bastante grande, hablé.

—Papá… Hay cosas que sé. Cosas que nunca te he contado.

Me miró sin detenerse del todo, pero con atención.

—¿Qué cosas?

—La historia del incendio. La caja que enterraron, hace mucho tiempo. El tesoro que nadie ha encontrado, pero del que todos hablan como si fuera una leyenda.

Él alzó las cejas.

—Eso se contaba ya en tiempo de mis abuelos. Que durante una gran sequía, o quizás una invasión, la gente escondió lo que tenía valor. Pero nadie supo jamás dónde.

—Yo sí. Y también sé lo de los hombres fusilados. En el llano. Sé dónde están enterrados. Cuántos eran. Lo que pasó aquella noche.

Mi padre se paró. Me miró fijamente. Y entonces añadí, en voz más baja:

—También sé que mamá venía hasta aquí. Incluso cuando estaba embarazada de mí. Él la recuerda.

Guardó silencio. Luego, con voz más baja aún, dijo:

—¿Y cómo sabes tú todo eso?

Lo miré sin dudar.

—Me lo ha contado un olivo.

No se rió. Tampoco dijo que estaba loca. Se quedó quieto. Con la boca entreabierta y los ojos en el suelo.

—Mira, hija… Yo me he pasado la vida entera entre olivos. Desde que era un crío. Sé cuándo tienen sed, cuándo el fruto será bueno, cuándo un árbol va a morir aunque parezca sano.

—A mí no me hablan, eso es verdad. Pero sí te puedo decir una cosa: no son solo árboles. Un olivo viejo es como una catedral. Como una selva quieta. Tiene raíces más hondas que muchas certezas. Tiene memoria. Y hay noches en las que, si te quedas muy callado, parece que respiran contigo.

No dije nada. Y él tampoco, durante un rato.

Después, con una sonrisa pequeña y un gesto torpe, me tocó el hombro.

—Lo que me estás contando no lo entiendo del todo. Pero te creo. Porque tú no eres de inventarte cosas. Y porque, aunque no sepa explicarlo, siempre he sentido que ahí hay algo más.

Se sentó en una piedra, entre dos olivos. Miró hacia el horizonte, donde ya empezaba a encenderse el cielo.

—¿Y si voy contigo? ¿Si voy contigo la próxima vez… crees que también podré escucharlo?

No lo planeamos. Simplemente sucedió, en una noche limpia, sin luna y con el aire más quieto que nunca.

Caminamos en silencio.

Él a mi lado. Con paso lento, pero firme. Como si no quisiera llegar, y al mismo tiempo llevara toda la vida caminando hacia ese lugar.

Cuando lo vio, no dijo nada.

Solo se acercó y apoyó la mano en el tronco.

Yo me senté donde siempre.

Esperé.

Y entonces sentí cómo todo se volvía más denso, más lento, más vivo.

No sé si él escuchó algo. No me atreví a preguntarlo en ese momento.

Pero vi su rostro. Vi cómo cerraba los ojos.

Como dejaba escapar el aire y una arruga se borraba de su frente mientras murmuraba algo sin voz.

Y entonces supe que no hacía falta decir nada.

Al marcharnos, ya de madrugada, se detuvo una última vez y miró hacia atrás.

—Gracias —dijo.

 

Todavía hoy, con cincuenta y nueve años, hablo con él.

No siempre.

Únicamente cuando la luna se esconde del todo y el aire se queda quieto.

Cuando la tierra huele a espera.

Y yo regreso con el pecho abierto y el ruido apagado.

Entonces me siento.

Apoyo la espalda en su tronco.

Cierro los ojos.

Y escucho.

A veces habla él, otras yo… y a veces solo compartimos el silencio.

Pero siempre, siempre, me voy distinta.

Como si durante un instante, muy breve, 

hubiera recordado quién soy.

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