45. Para que no lo olviden

Emma González Arribas

 

Fueron motivos laborales los que me trajeron a Alemania siendo yo una jovenzuela: una interesante oferta de trabajo en el momento más oportuno. Seis meses atrás, me encontraba frente al tribunal de la Universidad granadina defendiendo mi Trabajo de Fin de Grado en torno a técnicas de auditoría y gestión ambiental de espacios naturales. En aquel instante, para mí era impensable verme tramitando el permiso de residencia que permitiría mi incorporación a la plantilla de ingenieros forestales de la Selva Negra, el bosque alemán del que estaba enamorada y que, durante mi periodo de formación, yo había visitado junto a mis compañeros de Grado y a dos de nuestros profesores en una de las salidas organizadas por la Facultad.

   Nada era casual. La disciplina correspondiente a la titulación académica a la que optaba, la Ingeniería de Montes, había tenido sus inicios en Alemania y trabajar entre árboles siempre había sido una de mis pasiones: ese empleo tenía que ser para mí.

En Friburgo de Brisgovia, una encantadora ciudad gótica de calles empedradas, casas de colores y, por cierto, muy ecológica, fue donde conocí a Dustin. Él trabajaba en el Ayuntamiento de la ciudad y, en una de mis visitas a sus oficinas —aquella vez con la intención de gestionar un permiso para alargar mi estancia en el país—, me invitó a visitar el lago Titisee, un precioso y relajante lugar rodeado de montañas y bosques donde, aquella misma tarde y remando a bordo de un bote, descubrí al alemán más entusiasta que uno se puede echar a la cara. Dustin, mi media naranja, siempre he querido pensar.

A las pocas semanas de aquel paseo por el lago, él se mudó al pequeño apartamento que yo tenía alquilado. Por aquel entonces, no solo compartíamos gastos y nos divertíamos visitando los alrededores de Friburgo en nuestro tiempo libre, sino que día a día nos íbamos enamorando sin apenas darnos cuenta y, dos años más tarde de mi llegada a Alemania, mi barriga comenzó a crecer, a crecer mucho. Nueve meses después, traje al mundo a nuestros gemelos, Bren y Derek, dos niños como dos gotas de agua y tan cabezotas como lo es mi adorado Dustin, su padre.

 

Mis hijos conocen el lugar del que procedo. Lo visitan una vez al año, siempre en Navidad, pues es una de las fechas en las que la morriña se hace dueña de mi corazón. Ellos dicen que mi pueblo y Friburgo se asemejan mucho, y yo me rio, porque nada hay más distinto a la piedra arenisca rosácea de los edificios de nuestra ciudad alemana que la blancura de las casas encaladas de los pueblos andaluces. Y es que mis pequeños son capaces de ver más allá, y asemejan los olivos que rodean a mi pueblo con las hayas y los abetos del bosque que a diario ven desde la ventana de su cuarto. Además, en ambos lugares, en esas fechas, la nieve suele cubrir el paisaje. En esto sí les tengo que dar la razón.

Pero ya han pasado doce años desde que la vida me trajera a tierras alemanas y, por más que me lo he propuesto, no he conseguido convencer ni a mi marido ni a mis hijos germanos para que, en el desayuno diario, sustituyan los gofres y las tortitas de mantequilla con mermelada típicos de su tierra natal por una buena tostada rociada con aceite de oliva propia de la mía; ellos se lo pierden. Aunque, eso sí, los tres están habituados a que ese momento del día sea todo un ritual para mí.

Cada mañana yo regreso al pueblo de mis abuelos donde, sin duda alguna, viví los días más entrañables de mi infancia. Destapo la botella de aceite, que gracias a la venta online cada medio año vuela desde la Sierra Sur de Jaén hasta la mesa de mi cocina en Friburgo, acerco la botella a mi nariz e inhalo con todas mis fuerzas. Luego, con sumo cuidado y ante la mirada de Dustin, Bren y Derek, esparzo un buen chorreón de este oro líquido sobre una rebanada de pan previamente tostada y cierro los ojos al dar el primer bocado. Entonces ocurre algo insólito: como si fuera por efecto de magia, me veo paseando por un olivar, a más de mil metros de altitud sobre el nivel del mar, agarrada a la mano de mi abuelo Pablo.

—Escucha, niña, lo que te digo: el olivar se ha olvidado de quién era —pronuncia él.

—Eso no es posible, abuelo. El olivar no es una persona, no tiene cabeza, ni cerebro, ni puede olvidar…

—Pero sí tiene memoria. Y te puedo asegurar que se está olvidando de lo que era.

—¿Por qué le ocurre eso? —le cuestiono intrigada.

—Porque cada día se abona y se riega más, y ahora han cogido la costumbre de sembrarlo como si fueran setos —comienza a relatarme con cierto enojo—. El olivar ya no es lo que era, tesoro. Dentro de pocos años, los olivos que ahora contemplan tus ojos, estos de varios pies y troncos retorcidos, acabarán siendo arrancados y, solo alguno, con mucha suerte, terminará su vida plantado en la rotonda de una bonita ciudad o en el jardín de un ricachón.

Miro a mi alrededor y lo que veo es una especie de cuadro naíf invadido por miles de robustos olivos distanciados varios metros unos de otros. Es la imagen de mi infancia. También, por fortuna, seguirá siendo la imagen de la infancia de mis hijos pues, en esta zona de Jaén, la pendiente del terreno no permite esa nueva forma de cultivar el olivo: en hileras que facilitan la mecanización de la recolección para poder reducir costes y mano de obra.

El día está despejadísimo. No hay ni una nube decorando el firmamento azulado. Hace frío y el abuelo se despoja de su bufanda para rodear mi cuello con ella. Próximo a nosotros se escuchan voces. Son un grupo de olivareros los que comentan que este frío seco es mucho mejor que un día lluvioso para las tareas de recolección.

—¿Ves esa cuadrilla? —me dice el abuelo Pablo señalando a los tres hombres y a la mujer que se dirigen hacia uno de los olivos portando una tela grisácea—. Van a colocar el fardo alrededor del tronco para que, al varearlo, la aceituna no se caiga al suelo y puedan luego recogerla con facilidad.

El abuelo se calla un minuto observando a la cuadrilla. Yo hago lo mismo. Su cara transmite paz. “¿Qué se le estará pasando por la cabeza?”, me pregunto.

—Los cuatro son de la misma familia, dos hermanos y un primo con su esposa. Son los hijos de un buen amigo mío —continúa detallándome—. Y están felices. ¿Te has dado cuenta tú también? —Asiento—. Lo están a pesar de trabajar a destajo en una tarea que requiere de un gran esfuerzo. Cuando el fardo esté lleno tendrán que vaciar la aceituna en una espuerta y después volcarla en un saco. Esos sacos llenos, y atados sabiamente para poder ser desatados más tarde con facilidad, llenarán el remolque que sacará la aceituna del olivar para ir al molino. —De nuevo el abuelo se calla mientras no les quita ojo a los trabajadores. Su rostro se empieza a entristecer—. Pero me temo que en este siglo XXI acabarán desapareciendo las cuadrillas, las varas…, y solo habrá máquinas vibradoras y cosechadoras autopropulsadas recorriendo las hileras de olivos, de olivos de un solo pie —pronuncia con pena.

—Abuelo, es que lo que hace esta cuadrilla es un trabajo muy duro —intento así convencerle de la necesidad de los actuales progresos.

—Sí, lo es y mucho. ¡Pero son tan fuertes los lazos de amistad que entre los olivareros se crean! Hoy te ayudo yo a ti y mañana tú a mí. ¿Lo entiendes? —Yo afirmo con un golpe de cabeza—. ¿No te parece bonito, pequeña?

—Me parece precioso, abuelo. Y, ¿sabes una cosa? Estoy deseando coger de nuevo las vacaciones para venir a trabajar junto a esa cuadrilla y ayudar a estos árboles a recuperar su memoria. No quiero que ignoren que siempre fueron de secano y que tuvieron varios pies. Ni tampoco deseo que se olviden del cariño que tú siempre les has tenido.

 

—¡Mamá, mamá!

Es mi hijo Derek el que me zarandea.

—Mami, te ha vuelto a pasar lo de todas las mañanas. Me asusté. Hoy es como si no estuvieras aquí con nosotros —me aclara.

—Estaba en Valdepeñas de Jaén, cariño. Mi abuelo Pablo me llevaba de la mano por su olivar como lo lleva haciendo muchas de las mañanas de mi vida. Me encantaría que tú y tu hermano hubierais conocido a vuestro bisabuelo. Era un hombre de brazos fuertes, pero de corazón blando. Dedicó toda su vida al cuidado y la explotación del olivar que heredó de su padre. Cada época del año, para él, tenía un sentido. En el invierno, cuando el olivar se encontraba en reposo invernal, él aprovechaba para realizar la poda y eliminar las ramas muertas, enfermas o dañadas, o las que se cruzaban o crecían hacia el interior del árbol. En los meses de marzo y abril, cuando tras brotar las yemas ya se habían formado los racimos, el abuelo vigilaba la mosca del olivo y aplicaba tratamientos, siempre ecológicos, para controlar las plagas que pudieran hacer daño a sus criaturas, sus adorados olivos. Jamás a sus árboles les atacó el repilo, una enfermedad asociada a las lluvias primaverales en las que los olivos pueden perder muchas de sus hojas, os lo puedo asegurar. Y así, mi abuelo se erigía vigilante a todo tipo de plagas durante el resto de los meses del año hasta que, a finales de noviembre o primeros de diciembre, empezaban con la recolección.

—Mamá, hablas del olivar como si fueras tú quien lo cuida… —me indica ahora Bren.

—El abuelo me inculcó su cariño hacia esos árboles. Quizás esa sea la razón por la que yo, del mismo modo, también amo a los árboles de nuestra Selva…

—¿Nos llevarás al olivar del abuelo cuando regresemos a España en las próximas Navidades? —me pregunta Derek.

—Dadlo por hecho, chicos. ¿Y ahora querríais probar el aceite que se obtiene de esos olivos? —les propongo entusiasmada.

—Hoy sí, mami, hoy sí… —responden los gemelos al unísono.

 

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