40. A través del recuerdo

Luna Melliza

 

Esa tarde Rosario y su madre terminaron de plantar el olivo hojiblanco en el arriate de la casa de campo. Una más de las muchas actividades que Rosario se había planteado para mantener entretenida a su querida madre, que desde hacía años trataba de mantenerse agarrada a la vida, cuando la tristeza la asolaba por dentro. Un vacío atronador retumbaba en su mente, que se agitaba llevándola por lugares de oscuridad y miedo. ¿De dónde surgían las oscuras sombras? Aquella pregunta y muchas otras estaban en el pensamiento recurrente de su hija Rosario, que trataba de encontrar un modo de ayudar a su madre, de tirar de ella como quien saca un pesado cubo de agua de un pozo. Día tras día sin descanso, acudía bien temprano a levantarla, ayudarla en su aseo y desayunar juntas. Pan con aceite y miel, como cuando era su madre quien se lo preparaba para ir cada mañana al colegio. Ahora era Rosario la encargada de preparar a modo de ritual, aquel pequeño manjar, con el aceite de oliva virgen extra que hacían en su pueblo. Los olivares en su mayoría hojiblancos, producían un aceite de oliva virgen extra frutado, con notas a hierba fresca, a tomatera y alcachofa, generoso en amargo y picante. Y sus paladares estaban acostumbrados a ese aceite con porte elegante y robusto, que se armonizaba con las hebras de miel de cantueso cosechada por la zona. Uno de los pocos momentos en que Rosario cazaba una leve sonrisa de su madre, era cuando daba un bocado al pan tostado, y los sabores se fundían en su boca. Su madre cerraba los ojos por un instante, como tratando de quedarse detenida en aquella explosión de dulce, amargo, picante lleno de intensidad y gracia. Rosario esperaba cada día contemplar ese momento, porque una extraña sacudida interna le recordaba que había esperanza, y motivos para creer, que su madre saldría de su tristeza y apatía.

Experimentar con los sentidos. Rosario había comprobado que su madre se activaba y ponía mayor atención cuando las actividades que hacían implicaban el uso de los sentidos. De camino al vivero para escoger un árbol que plantarían en el campo, Rosario encendió la radio, buscando una cadena que animase el trayecto en coche, pues su madre, nada más sentarse, había cerrado los ojos buscando sobar el sueño que el tratamiento médico, le producía desde hacía años. Medicamentos que adormecen para personas que les cuesta vivir, levantarse cada día para ver la luz del Sol. Pero, ¿y qué alternativas tenían? La naturaleza y el contacto con ella era esencial. Era de las pocas verdades que habían comprobado ambas, aunque había días que las fuerzas flaqueaban y no se reunían las suficientes para salir de la cama. Entonces había que inundar la casa con la luz del Sol, abrir las ventanas y persianas, descorrer las cortinas. Aún con lágrimas y llantos silenciosos, el Sol se colaba y daba una leve caricia en el alma.

Acudían al vivero para escoger un olivo, pues el terreno fresco y calizo de la casa de campo, era el idóneo para plantarlo. La zona estaba rodeado de olivares, algunos algarrobos y almendros situados en los linderos. Rosario quería asomarse a la ventana de su casa de campo, ver su pueblo y al lado, un olivo que crecería ornamental y que cuidarían cada día su madre y ella. El dueño del vivero les enseñó las variedades que tenía a su disposición: Manzanilla, Arbequina, Picual, Marteña, Hojiblanca. Los había de un par de savias, y algunos más crecidos, que ya tenían unos años. Rosario tenía claro que quería un olivo hojiblanco, que tuviese ya unos años de vida, que le diesen la robustez para crecer y que pudiesen verlo evolucionar allí, desde la ventana de su casa. Cuando casi había escogido el que más se colaba por los ojos fue a preguntar a su madre, para conocer su opinión. Giró la cabeza hacia un lado y hacia otro, para comprobar que se hallaba sola, y que su madre se había encaminado hacia una zona del vivero. Rosario se apresuró para reunirse con su madre, que había descubierto una zona de olivos centenarios, de troncos enroscados y copas no muy elevada, que parecían hallarse encajados en grandes macetones a la fuerza.

  • Este – señaló la madre con una convicción clara y rotunda. – Lo que cueste lo pago yo.

Rosario se quedó por un instante paralizada ante la elección de su madre, que acariciaba las hojas del olivo centenario. Su mano decidida acarició el tronco retorcido como buscando cubrir aquellos huecos, y dos lágrimas rodaron por su rostro, como tantas otras lo habían hecho en los últimos años.

El dueño del vivero les dijo que necesitarían abrir una buena escava para plantar el olivo, y acomodar sus raíces frenadas y castigadas, en aquel macetón que había estado conteniendo su vida. Como era lógico el coche de Rosario no estaba preparado para llevar un olivo de aquellas dimensiones, pero su madre, tomando las riendas de la situación, negoció con el dueño el modo de transportarlo y colocarlo en el lugar escogido.

Se montaron en el coche de regreso a casa, y ambas lucían una media sonrisa tan gustosa que se miraron a los ojos y se cogieron las manos fuertemente. En esta ocasión fueron las lágrimas brillantes de Rosario las que resbalaron por las mejillas.

  • Quiero saber de dónde ha surgido esa fuerza que acabo de ver ahí. – dijo Rosario anhelante de respuestas.

Su madre miró al frente manteniendo la sonrisa y dejó caer su cabeza hacia atrás. Era una larga historia que habría que contar llegado el momento.

El tacto de la tierra fresca, su olor húmedo, el sonido de la azada entrando en la tierra, impactando para ahondar más y más la escava. Poner los sentidos a flor de piel centraban a Rosario y a sobretodo a su madre. Llevaban varios días preparando la llegada del olivo. Dos mujeres que trabajaban con una tímida ilusión y en silencio al caer la tarde. Rosario había visto a su madre con iniciativa y ganas, como hacía tiempo no recordaba. Y su madre había recuperado un recuerdo de la infancia que estaba sepultado en lo más remoto de su alma.

El dueño del vivero anunció que llegaría en unos momentos, y descargaría el olivo. Se ofreció desinteresadamente a echarles una mano, y madre e hija lo agradecieron.

Utilizaron las palas y azadas, pero también las manos para enterrar cuidadosamente el cepellón de raíces. Regaron con abundante agua como regalo de bienvenida y para que las raíces se estirasen y acomodasen al terreno. Aquella noche, sentadas bajo la luz de la Luna creciente, madre e hija contemplaban el olivo y de fondo las luces del pueblo. Era un buen momento para hablar de los recuerdos del pasado, y la madre comenzó a contar una su historia:

“Cuando era pequeña, con apenas dos años, mis padres me perdieron de vista una mañana, en el patio del cortijo. Fue un visto y no visto, cuando de pronto al parecer desaparecí, y por más que me llamaban, que buscaban por todos los rincones, no encontraban ni rastro. Durante dos horas desesperantes mis padres y algunos de mis familiares recorrieron el cortijo, las cuadras, los pajares, todas las cámaras con sus camas, buscaron en el pozo, en las cunetas del camino. Al borde de la locura mi madre, salió al patio y rogando a todos los santos que apareciese, y prometiendo que ella haría lo que fuese necesario para agradecerlo, giró su cabeza, y vio como una piernecita salía de dentro del tronco de uno de los olivos. Me encontró dormida y custodiada por un olivo que parecía abrazarme y protegerme como si de una Madre se tratase. Mi madre siempre se emocionaba al recordar ese momento, en el que pudo recobrar la cordura y el alma regresó al cuerpo. Desde ese día el olivo se convirtió en un lugar de encuentro de mis juegos de niña, de sentarnos a la sombra, de refugio cuando mi madre necesitaba estar sola y en silencio. Cuantas vivencias habrían visto aquellos olivos centenarios, cuántas alegrías y lágrimas habrían presenciado, cuantos frutos habrían alimentado a generaciones y generaciones de humanos que habían pasado por allí.

Cuando nos vinimos del cortijo al pueblo, perdimos la conexión con el olivo. Los ritmos de la nueva vida nos hicieron olvidarlo y un día mi madre se enteró de que los dueños los habían arrancado para hacer en la zona una piscina. Ya no existían. Mi madre me contaba como estuvo días llorando sin que nadie la viese, por todos aquellos olivos, y en especial por aquel que cuidó de mí, como una madre amorosa. Se sintió culpable por haberse marchado del lugar, por no haber impedido que los arrancasen y un vacío comenzó a crecer en su pecho. El tiempo que todo lo difumina había hecho que casi olvidase esta historia, y cuando vi en el vivero los olivos, me dio un vuelco el corazón. Recordé a mi madre y por ella, sentí que teníamos que plantar un olivo centenario, para honrar su recuerdo y el de los árboles que nos acompañaron y nos cuidaron.”

Un silencio compartido. Una mirada reconfortante. Unas lágrimas de recuerdo por los ancestros, por sus vidas y decisiones, por sus alegrías y tristezas, que heredamos junto al color de los ojos, la forma de las orejas o de los dedos de los pies. Herencias muchas de ellas, que pasan desapercibidas, que son vividas de forma inconsciente, que nos determinan e influyen. Acuerdos y pactos que se hicieron y no se cumplieron, proyectos e ilusiones que no llegaron a buen término, anhelos que se olvidaron. Aquella noche tres generaciones de mujeres elevaron un rezo de amor y gratitud, y el olivo centenario, una vez más, las acogió junto a su tronco, como una Madre.

 

 

 

 

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