38. El árbol que lloraba gotas de oro

Guillermo Portillo Guzmán

 

Comenzó a llorar goterones de oro al ser apaleado, y en pocos minutos sus pies quedaron hundidos en un charco dorado verdoso. Lloraba, no de dolor, como sí lo hacía el hombre que sujetaba el palo. Él sí sentía dolor en manos y brazos con cada golpe que daba, pues aquel árbol era ya el quinto olivo que vareaba desde que comenzó la jornada al amanecer.

La cortina de pequeñas gotas que caían al suelo, acabó convirtiéndose rápidamente en alfombra. Una trama de todos los verdes, manchada por aquel líquido que la llenaba de reflejos áureos.

Manué no lo intuyó. No podía saberlo. El golpe de la vara sonó raro, como hueco. Sus oídos oyeron el crujido de la rama y sus ojos vieron cómo volaba por los aires. Tuvo el tiempo justo para apartarse perdiendo el equilibrio, lo que provocó que quedase en el suelo decúbito supino.

El silencio del olivar falleció asesinado por las risas del resto de la cuadrilla. Sin embargo, con Manué aún sentado en el suelo, el olivo retorció su viejo tronco, sacudió con un espasmo las ramas y lloró sin parar hasta quedarse sin lágrimas, pero no de dolor, sino de risa.

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