36. Los que ya no cosechan

Marcos Ávalos Vilas

 

Mi padre ya no sabe quién soy. Me llama a veces «Julio», que fue su hermano muerto, otras me habla como si aún tuviera diez años y fuéramos a merendar pan con aceite bajo la sombra del olivo de la Piedra Gorda.

Sin embargo, cuando entramos al campo, se le iluminan las manos.
—Éste es picual, ¿ves? Hojas afiladas, como de cuchilla. Muy traicionero pa la vara.
Lo dice como antes, sin dudar.

Le dejo andar suelto por la hilera. Toca el tronco con la palma abierta, como quien bendice. Huele la corteza, se agacha a mirar el suelo.
—A este le ha pasao algo… ¿No ves que no tiene brío? Está triste.
Y yo me callo. Porque lo sabe. Aunque no sepa que ayer fue su cumpleaños.

Los olivos, por alguna razón, lo reconocen. No sé si es su paso, o su tos seca, o el modo en que les susurra “aquí estoy, chavales”.
Él los llama por nombres que no son botánicos. “La Juana”, “el Bizco”, “el Zalamero”.
Yo no sé si los inventa. O si son de verdad.
Solo sé que con ellos no olvida.
Y que mientras él los recuerde, ninguno de los dos está solo.

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