17. Donde se acaba el horizonte
El coche me dejó tirado a medio camino entre girasoles y trigo. Allá donde miraba, un amarillo intenso cegaba mis ojos.
—¡Mierda! —exclamé—. Lo que me faltaba, tampoco hay cobertura. ¡Y ahora cómo coño llamo yo a la grúa!
Hablaba en voz alta, para mostrar mi indignación de forma más vehemente, convencido de que así mis quejas serían mejor acogidas por cualquier deidad imaginaria que recogiera exabruptos perdidos en la atmósfera.
—Voy a tener que caminar. Con un poco de suerte encontraré a alguien que me eche una mano, o a lo peor un punto donde llegue la maldita cobertura.
No me encontraba ni cerca de la autovía. El maldito GPS me había desviado en un punto indeterminado del mapa con la excusa de evitar unas obras en la calzada. Ya me resultó raro no ver ningún otro coche por aquellas carreteras polvorientas, como si el GPS hubiera querido jugar solo con mi destino. Sabía que me hallaba en algún lugar más allá de Andújar, pero no recordaba cuántos kilómetros había recorrido antes que el SUV sucumbiera en la carretera. Al principio noté un ronroneo como de gato constipado, hasta que una humareda blanca empañó el parabrisas delantero y tuve que detenerme a un lado de la calzada.
—¡Joder! ¡Qué calor con este traje! —Ese mes de octubre el veranillo de San Miguel azotó más fuerte que nunca y una bofetada de aire cálido me envolvió con una sensación báquica. Pensé en volver al interior del vehículo y esperar, pero enseguida lo desestimé. El traje de Armani entallado tampoco ayudaba, y pronto noté cómo mi cuerpo se quejaba en forma de sudor contumaz.
«¿Pero no dicen que aquí hace un calor seco?», pensé mientras negaba con la cabeza.
Miré a un lado y otro. A falta de brújula, intuición y conocimientos de astronomía opté por ir a la derecha, siguiendo la carretera polvorienta por la que había venido. Levanté el móvil extendiendo la mano en busca de una posible cobertura. Parecía la estatua de Colón, un poco menos almidonado, pero más cabreado.
—En fin…
Me quité la chaqueta, eché a andar y me acordé de la reunión urgente a la que ya no iba a llegar en Córdoba. Mi empresa necesitaba rubricar aquel contrato con la multinacional para poder subsistir. El último balance trimestral había sido un desastre de ventas, y aquella oportunidad nos venía como agua de mayo para poder expandirnos y promocionar el negocio de carcasas de móviles personalizadas. A ver cómo le explicaba a Jaime, mi socio, que el puto GPS había jugado con nuestro destino, en todos los sentidos.
Cuanto más rumiaba mis frustraciones, más cascarrias se pegaban a las perneras del pantalón, como si fuera un castigo de la madre naturaleza por quejarme de aquel paraje ignaro y desolado.
Alcé la vista y divisé a lo lejos lo que parecía una construcción. El sol de mediodía confundía mis sentidos y no estaba seguro de ello, pero decidí abandonar el camino polvoriento y adentrarme por otro aún más estrecho y sinuoso, como vena de pulmón. Tras caminar tres o cuatro kilómetros, siempre con la mano haciendo de visera, llegué en efecto a una construcción. No era más que una cabaña de pastor medio derruida, que me había engañado como el GPS. De ahí avisté una pequeña loma alfombrada de espigas que parecía prometer mejores perspectivas al otro lado, y sin mejor alternativa que desandar lo andado, me pergeñé con mi traje empapado de Armani, mi móvil inoperante y mi cabreo monumental.
Otros tantos kilómetros después, ya había perdido la cuenta, la sed se hizo insoportable. El calor seguía igual de sañudo, y mi cuerpo empezó a notar la deshidratación. Justo en el momento en que iba a perjurar de nuevo, divisé la figura de una núbil muchacha cincelada en el horizonte. Estaba acorchada en el único olivo que orillaba el camino, a escasos doscientos metros de donde me hallaba.
—Hola —perspiré nada más llegar a su altura—, ¿eres de por aquí?
La joven se sobresaltó. No me había oído llegar y abrió los ojos mientras seguía recostada sobre el tronco de lo que parecía un olivo descomunal.
Asintió despacio, mientras me observaba como si fuera una nota discordante en medio de una partitura de Haendel. Mi pinta no era de lo más presentable, pero ella recorría mi cuerpo con una mirada insondable, de esas que le hacen sentir a uno único.
—Estás en propiedad privada —añadió por toda respuesta.
Miré a un lado y a otro intentando discernir en qué momento de mi quejoso recorrido había traspasado los lindes de su propiedad.
Ella pareció adivinar mis pensamientos —: No te esfuerces, ya te digo yo que estás en el lugar equivocado.
La miré risueño.
—Si por equivocado entiendes en medio de la nada bajo un sol de justicia con un traje empapado, sí, ese soy yo.
—No estás en medio de la nada, estás en mi propiedad.
«Y dale», pensé.
Luego se acercó, me cogió de la mano y me arrastró hacia el pico de la loma que no distaba mucho de donde nos hallábamos. Lo que vi a continuación me dejó boquiabierto, con ojos tan titilantes que tuve que entreabrirlos varias veces. A mis pies se extendía una extensión infinita de olivos, tan añosos y robustos como el tiempo. Cubrían una ladera que descendía suavemente hasta un llano infinito, en medio del cual se erigía una almazara colosal, cual isla en medio del océano. Lo más sorprendente era que de repente había dejado de hacer calor, y el sol era tenue como la brisa fresca del atardecer.
Ella dejó que me saciara con la vista, consciente del efecto que aquel olivar causaba a los sentidos. Luego, me despertó—: Vamos, te presentaré a mi padre y luego bebes algo. Aunque mejor invertimos el orden —añadió valorativa.
Yo asentí.
—Por cierto, me llamo Sandra.
—Jorge.
Mientras nos zambullíamos entre olivos, reparé más detenidamente en la chica. Vestía un atuendo desenfadado, pero había algo en él que no encajaba, era como de otro tiempo: blusa de cuello alto, falda larga, del mismo color que el cielo de mediodía, y un pañuelo amarillo anudado al cuello. No sabía si iba vestida para presenciar una carrera de caballos o asistir a un guateque de los años 60. En cualquier caso, el efecto que causaba era arrebatador, tanto como los campos de olivos que nos envolvían.
Sandra caminaba delante, echando alguna mirada al bies de vez en cuando.
—Has venido en la mejor época —dijo para romper el silencio—, las aceitunas están a punto de ser recolectadas.
Yo observaba los árboles cargados con olivas de un verde púrpura inmaculado, como si estuvieran bendecidos de una perfección mirífica. El envero lucía orgulloso sus adornos, como árboles de Navidad en medio del otoño.
Sandra iba explicando cual guía en un museo de arte. Yo oía palabras de fondo como cogollos, harapos, costeros…, sin entender demasiado. Me había quedado prendado del bamboleo de su falda. El olor a tierra cálida que surgía del suelo, unido a los aromas de madera y frutos maduros, conformaba un universo de fragancias que me transportaban a un estado de embriaguez sensorial.
—Ya hemos llegado —dijo poniendo fin a la magia.
Tras el último recodo del olivar se erigía una casona monumental, encalada y con columnas amostazadas, con sus torres estilizadas y sus tejados a dos aguas. Parecía una de esas bodegas jerezanas que Jorge había visto tantas veces en internet, pero que nunca había visitado. Un río sinuoso recorría tres de los laterales del edificio, conformando una especie de lago en uno de sus extremos. Luego seguía su curso hasta perderse en los confines del paraje de olivos.
Era como si alguien hubiese edificado un parque temático en medio de la campiña, solo que en lugar de turistas había una turbamulta de personas que no dejaban de garlar entre risas y saludos mientras realizaban sus tareas. Entendí que eran los empleados de la almazara, pero algo en ellos me resultó discordante.
—¡Sandra! —llamó una voz suave que resonó cavernosa.
—Mi padre —anunció ella.
«Vaya, después de todo voy a conocer al patriarca antes que nada», pensé.
—Hola, padre, este es Jorge. Parece que ha entrado sin permiso en nuestra propiedad.
Yo no daba crédito, como si mi único demérito hubiera sido ese.
—Bueno… —titubeé mientras me rascaba la cabeza—, lo cierto es que el coche se estropeó y tuve que andar en busca de ayuda.
El patriarca sonrió.
—Veo que Sandra ya ha empezado a tomarte el pelo. No te preocupes y sé bienvenido. Yo que tú le pediría que te dejara algo de ropa, y de paso que te dé algo de beber y comer. Tienes pinta de… —Dejó la frase a mitad al observar que uno de aquellos trabajadores llamaba su atención con la mano. Sonrió de nuevo y se alejó a paso ligero, no sin antes dejar en el aire una frase que me pareció un tanto curiosa —: Sandra, no te olvides de dar de comer a las mulas, que hoy se lo han ganado con creces.
—¿Mulas? —pregunté nada más se hubo alejado el patriarca—. ¿No sabía que aún recolectarais utilizando mulas? ¿Acaso no tenéis gasolina por aquí cerca para los tractores? Por cierto, ¿vas a dejar ya de gastarme la bromita del intruso?
De las tres preguntas, Sandra se decidió a contestar solo la última. Lo hizo con un mohín que me pareció delicioso. El resto de las cuestiones las ignoró tan pronto como volvió a arrastrarme de nuevo al interior del enorme edificio.
—Anda, ¡ven que te dé de comer! Pareces famélico.
Si el exterior era digno de la mejor de las fotografías, el interior rezumaba tradición y un aire acogedor inquietante. Por cada pasillo que recorrían, por cada cuarto y estancia que entreveía a través de las puertas entornadas, me empapaba de un calor de otra época. Como si aquel lugar se hubiese congelado en el tiempo y mostrara las bondades de una vida más sencilla, mejor incluso.
Sandra me condujo a una cocina enorme, con una encimera central que mostraba las arrugas que cientos de cuchillos habían horadado a lo largo de los años. Pero lo que más me sorprendió fue el enorme hogar que refulgía con decenas de troncos ardiendo, mientras no menos de ocho peroles bullían colgados de sus respectivos ganchos. Los aromas que surgían recordaban a memorias de antes.
—¿Y esto? ¿No conocéis las vitrocerámicas? Da igual, no me respondas. Yo también soy más de cocina de gas, pero lo vuestro es de nota. Me recuerda a algún asador de los que he tenido la suerte de probar.
Sandra lo miró largo.
—Será mejor que te quites esa ropa tan extraña que llevas y te pongas algo más cómodo. En ese cuarto encontrarás algo que ponerte —dijo señalando una puerta—. Mientras serviré algo de comer.
Entré en la estancia y vi mi silueta reflejada en un espejo que había sobre una cómoda decimonónica.
«Pues sí que tengo pinta extraña», pensé mientras veía el traje que había sufrido el efecto del paseo campestre.
Abrí un armario a juego con la cómoda que me recordaba a alguno que había visto en uno de esos museos etnográficos. Y, efectivamente, la ropa que allí colgaba tenía el corte de otro tiempo, aunque olía bien y estaba limpia. Opté por una camisa blanca de cuello anchísimo y unos pantalones que me ceñían holgados a pesar de ser de mi talla. Me miré de nuevo en el espejo y pensé que iba acorde con los tiempos de la habitación, y por qué no decirlo también, con todo aquel lugar y aquella gente.
Un pensamiento fugaz cruzó mi mente y lo desestimé sin dejar que se asentara ni un segundo en mi cerebro. Luego volví a la gran cocina medieval.
Sandra me esperaba con dos platos humeantes en la misma mesa donde se cocinaba. Sonrió nada más verme, como si mi visión finalmente encajara en su mente.
—Mucho mejor —dijo—. Siéntate, debes estar hambriento.
Y lo estaba, después del día aciago que había pasado, la perspectiva de un buen plato de comida junto a una muchacha bella e interesante era algo que pensaba no podía mejorar.
Pero me equivocaba.
Andrea se acercó a la alacena y cogió una aceitera. Luego vertió el líquido denso en un plato de loza con la naturalidad de los que han hecho ese mismo acto infinitas veces, segura de que nunca defraudaba. El ámbar que surgía del plato era como destellos de resina madura, de esos que atrapan la mirada y ya no la suelta.
—Espera —ordenó Sandra al ver mi ademán de agarrar un trozo de pan, preso como estaba de un influjo mágico que me impelía a no demorar el momento.
La miré frustrado. Ella miraba el aceite mientras movía los labios, bisbiseando palabras ininteligibles. Parecía una bruja recitando un embrujo arcano.
—Ahora —invitó al cabo.
Por fin me vi liberado de las cadenas imaginarias, cogí el trozo de pan y unté el líquido espeso como si estuviera pintando un lienzo. Antes de mojar los labios, una fragancia golpeó mis emociones al tiempo que el hipotálamo se resistía a creer el cúmulo de sensaciones con los que tenía que lidiar: madera de bosque ignoto, frutas de pulpa mediterránea, sol de mediodía, manzana verde, hojas de cítricos de tiempo lejano y, sobre todo, a tierra de dehesas antiguas y sangre sudada. Todas esas palabras desconocidas se tornaron claras en mis sentidos, como si siempre hubiesen estado esperando.
Sandra puso su mano sobre la mía y me invitó a continuar con el trance, acercando el plato a mis labios. Yo cerré los ojos y me dejé derramar.
Perdí la noción de mi existencia. No supe cuánto tiempo transcurrió desde aquel momento hasta que volví en mí. Tenía la cabeza apoyada sobre la misma mesa. En frente, Sandra y su padre me miraban risueños.
—Hola… —titubeé—. No sé qué me ha pasado.
—Acabas de tomar el elixir de la vida —dijo ella muy seria—. Pero tranquilo, no te has vuelto inmortal. Te morirás tal y como el destino te tenía previsto. No te preocupes —añadió de nuevo en tono de mofa.
La miré sañudo. Ya estaba tomándome el pelo otra vez.
—Bueno, no sé qué elixir es ese, pero este aceite es el mejor que he probado jamás. ¿Cómo es posible que no lo conozca?
—Muy sencillo, porque no se vende más allá de estas tierras —respondió el padre.
—Ni de este tiempo —añadió Sandra.
—¿Este tiempo?
Ella me miró en un silencio que recordaría el resto de mi vida.
—Esta almazara y nosotros no existimos más allá de 1907. Bienvenido al lugar donde acaba el horizonte.
Y sonrió enigmática una vez más.



