15. Los olivos

Antonio Navarro Rodriguez

 

Los Ángeles, California, 24 de abril de 2030.

Ponerme a escribir estas líneas creo que va a ser una buena manera de calmarme y mantener bajo control mi nivel de adrenalina. No creo que este frenesí vaya a desaparecer del todo, ni quiero. Y es que ni en nuestros mejores sueños hubiésemos imaginado estar tocando en un sitio como este. Actuar en Boston el pasado día 20 fue genial. Ser los teloneros de Miley Cyrus nos quita presión por el hecho de que casi todo el que paga la entrada va a ver a la diva. Pero salir al escenario una hora antes de que lo haga la mujer más influyente del planeta y ponerte a tocar ante 20.000 personas (lo sé, en Los Ángeles van a ser 40.000) es una sensación indescriptible.
Llegar hasta aquí no fue fácil y al principio las discográficas decían que no había sitio para nosotros en el dificilísimo mundo del rock. Qué sabrán ellos de dificultades. Tantas puertas cerradas fueron un impulso para no rendirnos. Cuando tocábamos en Huelma, en Úbeda y en Baeza y la gente se quedaba más de 20 minutos pidiendo otra canción sabíamos que íbamos por el camino correcto. Sabíamos que lo importante no era gustarle a todos, sino a aquellos que habían visto la llama en nuestro interior y creían en nosotros. Es tan difícil convencer a todos a la primera que incluso mis padres, cuando subía los instrumentos al coche para irme con Álvaro y con Jose a tocar en las fiestas de Arjonilla, me decían:
-«¿Ya estás otra vez con la guitarra y con los cachivaches de tus amigos?» «¿Cuándo vais a asentar la cabeza?».
Un beso en la frente y un «qué descanséis» desactivaban el modo queja y activaban el modo «abrigaros bien, bebed mucha agua y tened cuidado en la carretera». Su amor es tan incondicional que cuando aterrizo en España, arranco el Seat Ibiza y pongo rumbo a la finca me siento mejor que durmiendo en cualquier hotel de 5 estrellas.
La finca de mi padre es el origen de todo. De mis alegrías y mis penas. De los primeros euros para comprarme mi primera guitarra y de los 3.000€ que le presté a Jose para que pudiera comprarse el bajo.
Allí lo conocí en el invierno del 2009 y allí conocimos, meses después, a Álvaro. El hijo de puta tenía una historia fascinante bajo la manga. Había sacado sobresaliente en todas las asignaturas porque si lo conseguía sus padres le habían prometido un viaje con todos los gastos pagados desde Cuenca a Port Aventura. Y después de haberlo conseguido y haberse pegado la fiesta padre con sus amigos le dijo a sus padres que no le apetecía estudiar medicina, que se iba a bajar a Jaén a varear olivos y que lo que iba a hacer con su vida en el futuro «solo Dios lo sabe».
Mi padre lo encontró en la cafetería en uno de esos días en los que el mundo te entierra entre miles de facturas y solo te apetece tomarte un carajillo junto a tus amigos (a mí ya sabéis que no me gustan los carajillos pero lo mismo cuando cumpla los 60 pienso otra cosa distinta).
El caso es que allí estaba Álvaro haciéndole unos trucos de magia a dos chicas del pueblo y mi padre, como si fuera un cazatalentos del olivar español, le dijo que si no le apetecía cambiar las cartas por una buena vara y unirse a su cuadrilla. Álvaro le sonrió y, mi padre nos ha contado esta historia doscientas mil veces, con una sonrisa de oreja a oreja le preguntó:
-¿Cuándo empezamos maestro?
Veinticuatro horas después «el fichaje» ya estaba con nosotros. Aquel diciembre del 2009 y el enero del 2010 fueron los dos mejores meses de nuestra vida y lo digo sin ninguna duda pese a que estemos en la misma instalación en la que el mes pasado durmieron Madonna y la presidenta estadounidense Michelle Obama. ¿Por qué fueron los dos mejores meses de nuestra vida? Pues porque comenzamos a convertir nuestros sueños en realidades. Cuando Álvaro dijo que era «un puto crack» en el Singstar, Jose y yo le pedimos al unísono que fuera nuestro vocalista en un grupo que ya teníamos pensado. La idea de fundar Los olivos nació entre olivares y madrugones de esos que nunca olvidas, pero nos faltaba una voz mejor que la nuestra porque Jose y yo nos defendíamos con la guitarra y con el bajo, pero no teníamos la voz ni el carisma que el grupo necesitaba para despegar. Álvaro le agregó las dos cosas. Es verdad que algunos lunes nos poníamos a comentar con mi padre las mejores jugadas de Messi o de Cristiano Ronaldo, pero el resto de días de la semana cualquier mínima pausa para tomar una tostada de aceite junto al tronco de cualquier olivo la acompañábamos de ideas para futuras canciones. Cada tema era un reflejo de lo que pensábamos, de lo que sentíamos y de quienes éramos.

‘Puta vida’ y ‘Me gusta mirarte y verte sonreír’ fueron las dos primeras canciones que nos convencieron a todos para saltar al ruedo junto con algunas versiones de Extremoduro y de Marea (que nos perdonen porque jamás les pagamos un euro de royalties), pero ‘Verde que te quiero verde’ fue nuestro salto al estrellato. Quería fusionar de alguna manera a Lorca con Erika Martínez y en una madrugada en la que María, mi primera novia, me había confesado que quería tomarse un tiempo porque estaba conociendo a otro me vino toda la inspiración. Indudablemente María me dejó para largarse con el otro, pero a partir de ese momento todo fue a mejor. Pusimos patas arriba las fiestas de Mancha Real, nos quedamos firmando autógrafos hasta el amanecer en Peal del Becerro, llenamos la Plaza de Toros de Linares y un gordo que parecía sacado de un programa de estos de cocina de Alberto Chicote nos dijo: «Dejadme ser vuestro manager y no os arrepentiréis».
Después de que unas nueve o diez discográficas nos hubiesen dicho eso de que «en el mundo del rock no había sitio para nosotros», Maikel nos abrió puertas que no sabíamos ni que existían. Fuimos a festivales en Galicia, en Cantabria, en Euskadi, en Navarra , en La Rioja… En casi todos sitios menos en Madrid (que es donde se supone que se corta el bacalao). Y cuando, después de sacar el primer disco, Maikel nos diseñó una gira que no tenía parada en la capital nosotros le dijimos -medio en broma, medio en serio- que vaya mierda de mánager. Su respuesta jamás se me olvidará porque empezó a sudar por todos sitios y tardó diez segundos en comenzar a disparar palabras, pero cuando lo hizo soltó la Biblia por la boca:
-«Vais a dejaros los huevos en cada uno de los 30 sitios en los que vais a tocar y en unos años los clubes madrileños van a pagarnos diez veces más que la puta mierda que me han ofrecido hasta ahora. ¿Me entendéis? Y no solo eso, en cinco años vamos a estar tocando en el mejor festival rock de Berlín y en quince años vais a estar en los mejores escenarios de Los Ángeles».
Nos reímos para relajar el ambiente, pero no falló ni una. Es por eso que al ‘gordo’ es al que más aceite le regalamos cuando volvemos a casa después de cada gira y, al menos un par de días al año, nos vamos a la finca con mi padre. Pero no vamos solo a varear olivos y a recolectar aceituna sino a subirnos en el tractor y poner la musiquita de Camarón a todo volumen, a hacer la croqueta entre los fardos como si volviéramos a tener 12 años, a hablar de chicas sin que nadie nos escuche y a contar chistes de dudosa calidad que imagino que ofenderían a todos y cada uno de los colectivos que existen en España. De hecho, en nuestro último concierto en lo que nosotros llamamos nuestra casa -el estadio La Victoria- contamos un par de ellos con la confianza que da el estar entre amigos y que casi todos los que llenaban las dos primeras filas eran familiares y amigos de la industria. Pues bien, un par de periodistas centraron su crítica del concierto en los dos chistes que habíamos contado y algunos fans decidieron que era buena idea subirlos a YouTube, así que fuimos trending topic en X, protagonistas de las tertulias diarias de Telecinco y hasta nos dedicaron un reportaje en Informe Semanal. En la tele pública no nos dieron tanta estopa como en los otros medios, pero sí que dijeron que «estos representantes del rock andaluz que tantas alegrías han vivido en los últimos años también se han metido en algún lío a causa de su irreverente sentido del humor». Todo verdad.

Como se suele decir en nuestra casa de Andújar cuando nos ponemos intensos… Vida solo hay una y está para vivirla. Y en eso estamos.

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