13. El aceite rebelde

Selene

 

Compré un aceite de oliva “virgen extra” que prometía milagros en cada gota. Pero en mi cocina, decidió cobrar vida propia. No freía: danzaba. Saltaba y chisporroteaba, convirtiendo la sartén en un tablao improvisado y mi tortilla en una bailaora desafinada pero entregada. El aroma, una mezcla de tierra húmeda y sol de Jaén, llenaba el aire con promesas antiguas. El aceite salpicaba sin aviso, y la sartén, ofendida, pidió vacaciones anticipadas. Intenté domar a aquel líquido indómito, pero acabé resbalando y rodando, entre carcajadas que ni el mejor oleoturista podría imaginar.

Mi mente, siempre ordenada, se rindió ante aquel caos ancestral. Comprendí que no era solo aceite, sino el espíritu del olivar: rebelde, indomable, eterno. Y en esa danza líquida encontré la esencia pura de una tradición que no se exprime ni se domestica; se vive, se siente… y a veces, se escapa.

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