10. Perdón

Juliana Arias Saldarriaga

 

Se sobó los codos con el cuidado que se tiene con las alas secas de una mariposa, despacio y con las yemas de sus dedos oleosas apoyándolas suavemente. Después se frotó las manos, los nudillos endurecidos y al terminar se pasó las manos por la cara. Frente al espejo casi no se reconocía. ¿En qué momento su pelo se tiñó de tanto gris? ¿Cuándo sus ojos dejaron mirar expectantes para reflejarse ahora tan cansados? ¿Y esos surcos junto a la comisura de su boca? ¿Acaso pretendían dibujar algo? ¿Decirle con señas algo que ella no sabía? Las líneas bajaban como grietas por su cuello apuntando hacia sus senos.

Perdida en su reflejo, aunque parecía otra, solo se espabiló cuando Dante ladró con ese sonido grave, solemne, antiguo, como abovedado; como ladra un gran danés. Lucía caminó por la habitación buscando el frasquito de aceite de oliva virgen y se empapó las manos, las puso tras su nuca y respiro con paciencia, soltando el aire sin prisa. Masajeó  con sus sus dedos cerrando sus ojos  y se acarició con el amor del que se perdona así mismo, quitándose de los hombros el peso de las culpas mientras se hidrataba su piel.

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