8. Frío y sudor

Antonio Medrano Ballesteros

 

Toni, allá por el año 1990, era un chico de 16 años, vecino de… podría ser de cualquier pueblo de la provincia de Jaén, ya que seguramente esta historia se repetía en cualquiera de sus pueblos.

—¡Mamá! ¿Mañana vamos a la aceituna? Está chispeando.
—A ver cómo amanece —le dice, sin poder asegurar nada.

Asomándose Toni a la ventana de su casa para ver el tiempo, decide salir a dar una vuelta con los amigos, a los que llama un sábado por la noche. Llevaba cerca de tres semanas sin salir a pasear, ya que no caía «ni gota» desde entonces, y sabía que trabajar cogiendo aceituna sin dormir como Dios manda puede hacer que pases un mal día.

Entonces pensó: «Tal y como se presenta la noche, saldré y mañana podré dormir hasta las tantas, que ya toca descansar a pierna suelta».

Cogió el teléfono de casa y empezó a llamar a sus amigos, que estaban en la misma situación. Todo apuntaba a que se pasaría la noche lloviendo.

Quedaron a las ocho en el «Pomodoro», la pizzería del pueblo. Pasear por el paseo como de costumbre no era posible por la lluvia. Allí comieron y hablaron un poco de todo, cosas de chicos de su edad. Luego, sobre las diez, se fueron a la «Zeppelin», la discoteca del pueblo. Disfrutar de esas horas libres era indescriptible: descansar de mente y alma, sabiendo que no tendrían que levantarse temprano al día siguiente. No tanto por el esfuerzo físico, al que ya estaban acostumbrados tras el «rodaje» de los primeros días de campaña, sino por el maltrato psicológico que supondría trasnochar y levantarse temprano para rendir en un trabajo tan exigente.

Cada cierto tiempo se turnaban —sin turno establecido— para salir a la calle y mirar el tiempo en primera persona. En las primeras horas todo iba según lo planeado en la mente de esos jóvenes inexpertos en meteorología, hasta que, pasadas las cuatro de la mañana, vieron cómo empezaba a correr viento y, tras esto, el cielo empezó a despejarse, dejando ver estrellas que parecían a punto de caerse del cielo. Por las calles ya no corría agua. Todo estaba tranquilo y el suelo se veía oreado tras la lluvia, gracias al viento que soplaba en ese momento.

Al observar todos ellos la situación, se marcharon a casa como si la vida les fuera en ello. No corrían por vergüenza, pero la despedida fue muy fugaz y sin ganas de nada. Nadie pensó en lo bien que lo pasaron, ya que lo pagarían con creces al día siguiente.

Entre pitos y flautas, Toni se metió en la cama a las cinco de la mañana, y a las siete sonaría el despertador. No se lo podía creer. La cabeza le iba a estallar de solo pensarlo.

Cola Cao, tostada con aceite y jamón —en ese orden— y a ponerse la ropa del tajo, que olía a suavizante. Le encantaba. Su madre se había levantado mucho antes para preparar el almuerzo, para poder comer en el campo como era debido y contrarrestar el duro trabajo.

Salieron de casa bien abrigados, en busca del tractor con su correspondiente remolque a modo de autobús. Su madre llevaba la comida en la «barja» en su mano izquierda, y Toni cargaba, a modo de escudero, las dos varas con las que tendrían que combatir durante el largo día. Seis horas y veinte minutos por poco más de 5.000 pesetas: mucho dinero para entonces.

Al llegar al punto acordado, hablaron con los allí presentes del mismo hato, a los que reconocían por las formas y la voz, ya que ningún rostro se veía por el viento frío que corría, con temperaturas por debajo de cero grados. A la hora convenida apareció el tractor, como de costumbre, como si fuera un Fórmula 1. No se escuchaba llegar por el ruido del motor, sino por el remolque vacío, que botaba sin compasión. Lo primero que veían era a Luis, un tractorista con un bigote canoso y, eso sí, curtido en el oficio, con manos rudas y duras.

Toni, casi siempre tras un codazo de su madre a modo de aviso, abría junto a Paquito —joven de la misma edad— la puerta trasera de ese remolque saltarín. Metían las varas en la parte baja del lado izquierdo del remolque y, tras esto, sacaban unas frías escaleras de hierro para que empezasen a subir los más veteranos, especialmente las mujeres con hijos pequeños. En la parte trasera el movimiento del remolque era mucho menor, por eso se reservaba para ellos.

Una vez sentados, uno se daba cuenta de que la comodidad no existía. Parecía una instrucción militar: frío, rodeado de hierro bajo cero, y la ropa de escasa calidad de los años noventa no ayudaba. Todos llevaban tantas mangas que apenas podían moverse, salvo el que había hecho una visita al bar para apaciguar el frío con un «chupito».

Bueno, empieza el trayecto dirección al tajo…

—Mamá, tengo mucho frío —le decía Toni al oído.
—Acércate —le contestaba ella.

Ese momento era maravilloso. No estabas acurrucado, pero sentías tanto calor en medio del frío que todo se volvía mágico.

Por carretera, todo iba bien, hasta que el tractor tomaba la desviación hacia el Cortijo Alto. El primer bache te levantaba del asiento “cómodo” unos diez centímetros, seguido por un grito al unísono:
—¡Luissss, que no somos animales!

Era lo habitual, casi un juego diario. Claro que a las personas mayores no les hacía ninguna gracia.

Al llegar, el mismo ritual. Toni y Paquito, casi sin esperar a que el tractor se detuviera, saltaban al suelo para abrir la parte trasera del remolque y colocar la fría escalera. Uno tras otro, los aceituneros bajaban. Al pisar tierra firme, se estiraban a modo de despertar, gesto natural que anunciaba que empezaba un gran y duro día. Luego, cada uno cogía su vara y dejaba la comida amontonada en un lugar elegido al azar.

Toni y Paquito, junto con los hombres mayores, se dedicaban a buscar palos y pestugas para hacer una hoguera, para mitigar el frío y asar tocino envuelto en papel de aluminio, cuyo olor era característico. También había que esperar junto a esta hoguera a que el olivo estuviera en su “punto”; debía descarcharse un poco, ya que varearlo escarchado podía dañarlo y afectar a la producción del año siguiente.

Tras varias charlas, se escuchaba una voz suave y educada:

—Vamos.

Provenía de León, el encargado de todos los allí presentes, hombre de unos 60 años, siempre hablando bajito y con educación. Muy querido por todos. No hacía falta más para que comenzara el tan ansiado día. Cada uno sabía lo que tenía que hacer. Un ambiente fabuloso y, a la vez, duro: mantones, cuadrillas, varas…

Toni y Paquito, con sus respectivas madres, formaban un gran equipo. Al colocarse en los tres pies del olivo, lo hacían temblar. Se colocaban los mantones, la jarapa, y los cuatro se disponían a varear el primer olivo. A los diez minutos, sobraba toda la ropa. Estar a cinco grados en manga corta era completamente normal.

Terminado el primer olivo, Toni y Paquito tiraban de los mantones, aún con poco peso. Las madres ayudaban desde la parte trasera para que no se derramase ninguna aceituna. En el siguiente olivo, la cosa cambiaba. Las madres se quedaban rezagadas recogiendo a mano las aceitunas voladas o coladas entre las arrugas de la jarapa. Las manos volaban, del suelo a la espuerta, dejando un característico sonido al caer el puñado de aceitunas. Cuatro manos incansables, capaces de hablar sin parar sobre cualquier tema, pero sin perder el ritmo. Todo con experiencia y precisión.

Pasados unos cuatro olivos, los mantones ya pesaban cerca de 300 kg. Las madres ayudaban a tirar hasta el momento de vaciar. Siempre llevaban ventaja respecto a los demás hilos. Algunos no lo entendían, por la diferencia de edad, pero era natural. Y aunque corrían, no hacían daño al olivo: sabían varearlo bien. Para ellos, aquello era un gimnasio real y gratuito… ¡y además les pagaban!

Después venía el vaciado. El remolque, convertido ahora en batea, llegaba. Se amontonaba la aceituna en el centro, se quitaba la hojarasca, y las madres llenaban espuertas como rayos. Luego, con un gesto aprendido con el tiempo, se las echaban a los hijos al hombro, uno tras otro, y estos vaciaban en la batea.

No podía faltar July, la aguadora, muy querida, encargada de abastecer de agua a los aceituneros cuando se requería.

Tras varias rondas, el estómago avisaba: era la hora de comer. León lo

confirmaba con un simple:

—A comer.

Comer allí era un momento maravilloso. Toni buscaba sombra, pero su madre lo corregía: mejor entre sol y sombra, que luego se pasa frío. Ese día tocaba su plato favorito: olla frita. Garbanzos del día anterior con cebolla, pimiento, y otros secretos guardados por una madre que sabía hacer de las sobras un manjar.

Después venía el último empuje. Pocos olivos más. El cuerpo ya decía basta. Entonces se oía la dulce voz de León:

—Remeted los mantones en los troncones, ya seguiremos mañana.

Y sin darse cuenta, estaban otra vez montados en el remolque. Eso sí, ahora todos hablaban hasta por los codos. Nadie se quejaba de los baches; querían volver rápido. Muy distinto al viaje de ida.

Al llegar, Toni y Paquito bajaban la compuerta y colocaban las escaleras. Los aceituneros se despedían… hasta el día siguiente. O no. Quizás llovía. Pero eso… ya es otro relato.

Hoy cuentan que ya no es lo mismo. El transporte es en vehículos todoterreno, cómodos e individuales. Ya no se puede hablar en el tajo: las máquinas no dejan. Vibradoras, sopladoras… Todo es diferente. Más aburrido, la verdad. La fuente de información del pueblo que era un tajo de aceituna… ya no existe.

Pero bueno, el frío y el sudor, imagino, serán los mismos. Aunque la maquinaria moderna haga más llevadero lo anteriormente relatado, Toni no lo cambiaría por lo actual.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad