4. El secreto de los olivos
Dicen que los olivos guardan secretos. Que en su tronco retorcido, en sus hojas plateadas que tiemblan con el viento, viven las historias de quienes los han cuidado durante siglos. Que si te detienes a escucharlos, puedes sentir el eco de generaciones enteras murmurando bajo su sombra.
Mi abuelo, Julián, lo creía firmemente. Pasó toda su vida entre los olivares de su familia, escuchando el murmullo de las ramas y el crujido de la tierra bajo sus pies. “Los olivos hablan”, decía mientras caminaba lento, entre las tierras arcillosas, húmedas y blandas, con la misma reverencia con la que otros pasean por iglesias o cementerios. Para él, el campo era sagrado.
Desde pequeños, nos llevaba con él a recoger la aceituna. Las mañanas empezaban antes del alba, con el frío calando los huesos y el cielo aún cubierto de estrellas. Nos reuníamos alrededor de una hoguera improvisada en un agujero en la tierra, calentándonos con café de puchero y migas recién hechas. Aquel desayuno no era solo comida, era el ritual que anunciaba la jornada. Y mientras recogíamos las primeras aceitunas, las historias empezaban a fluir.
Mi abuela, muchas veces, se quedaba en casa, horneando pan y bollos, preparando la comida para cuando regresáramos. Otras veces, bajaba con nosotros y compartíamos el almuerzo allí mismo, sentados en piedras o sobre sacos de rafia, rodeados del verde infinito de los olivos.
Cuando eres pequeño, no te das cuenta de lo afortunado que eres en ciertos momentos de la vida. Te parecen cotidianos, rutinarios, casi insignificantes. No sabes que esos instantes no los vas a volver a repetir nunca jamás.
Mi abuela tenía en el pueblo un baúl antiguo de madera, al que llamaba «el baúl de los recuerdos». Allí guardaba ropa hippie y pantalones de campana de cuando mis padres eran adolescentes. Esa ropa, impregnada de historias, la usábamos de abrigo para ir a por las aceitunas. Mientras caminábamos hacia el olivar, nos contaban la historia de cada prenda, cómo habían vivido aquellos años, qué recuerdos traía consigo cada tela. Aquellos relatos, junto con la ropa vieja, nos envolvían como una segunda piel.
El frío del amanecer nos helaba las manos, así que llevábamos guantes con las puntas de los dedos cortadas. Así podíamos agarrar las aceitunas sin que se nos resbalasen con el rocío. No era lo más cómodo, pero era lo que mejor funcionaba.
El frio y la escarcha nos hacía heridas y sabañones a veces, pero mi abuela que era una mujer muy culta y apasionada por la lectura y de las propiedades del aceite de oliva, nos preparaba una crema de manos reparadora maravillosa.
Esta era su receta de crema de manos reparadora, para manos suaves y contra sabañones: tomaba 30 gramos de manteca de karité y la derretía al baño maría, su aroma envolvía toda la casa con su dulce fragancia. Luego , añadía 10 mililitros de aceite de caléndula, con su poder calmante, y 10 mililitros de aceite de oliva virgen extra, su gran secreto para la suavidad eterna. A esto sumaba 10 gramos de aceite de almendras, un toque de dulzura para la piel.
El olivar era el refugio de mi abuelo, su legado. “Aquí está la historia de nuestra familia”, decía, señalando los árboles más antiguos. “Este lo plantó mi bisabuelo cuando volvió de la guerra. Aquel sobrevivió a la gran helada del 56. Y este… este lo cuidé yo cuando apenas era un brote”.
El olivar de más abajo era de su hermano pequeño y el de más arriba, de su hermano mayor. En aquellos tiempos, las herencias se repartían así, troceando las propiedades en partes iguales para cada hermano. Mi padre tenía un talento especial para los esquejes. Hacía injertos en los árboles y el fruto era impresionante. Ese olivar tenía un poco de cada uno de nosotros. Cada uno había aportado lo mejor que pudo.
Algunos veranos íbamos a limpiar el terreno y podar los olivos. También pintábamos el tronco con cal para que no subieran insectos a comerse los frutos. Después nos bañábamos en la piscina que su hermano había colocado en el olivar de al lado. No era más que una piscina de hojalata llena con una manguera de agua de manantial, pero para nosotras, con la municipal cerrada, era un auténtico lujo. También había un columpio hecho con una rueda de coche vieja y cuerdas, y hasta una bañera vieja con la que nos deslizábamos por las cuestas húmedas como si fuera un trineo. ¡Qué bien lo pasábamos!
Mi abuela como buena apasionada del aceite virgen extra de oliva, no solo nos preparaba comidas deliciosas, nos preparaba también cosméticos libres de químicos, con este maravilloso ingrediente. Mi abuela consideraba este ingrediente, un auténtico elixir de belleza y salud. Guardo estas recetas como un tesoro, pues ella me las transmitió, acompañados de sus relatos sobre sus múltiples cualidades y beneficios y ahora los comparto, para quienes disfrutan de la lectura también puedan aprovecharlas.
Receta de Mascarilla para el pelo: Mi abuela solía mezclar dos cucharadas de aceite de oliva con una yema de huevo y una cucharada de miel. Aplicaba la mezcla sobre el cabello seco, dejándola actuar durante 30 minutos antes de enjuagar con agua tibia y lavar con champú. El resultado era un cabello suave, brillante y profundamente hidratado.
Receta de la mascarilla para nutrir la cara , combinaba una cucharada de aceite de oliva con media cucharada de yogur natural y unas gotas de limón. Extendía la mezcla sobre el rostro y la dejaba actuar 15 minutos antes de retirarla con agua tibia. La piel quedaba luminosa y revitalizada
Receta de crema hidratante para el cuerpo. Su receta favorita para la hidratación corporal era sencilla pero efectiva: mezclaba tres cucharadas de aceite de oliva con una cucharada de aloe vera , que teníamos plantado en el huerto, y unas gotas de aceite esencial de lavanda. Aplicaba la crema después del baño, dejando la piel super suave, hidratada y perfumada.
Además, mi abuela siempre nos hablaba de las propiedades del aceite de oliva. Nos decía que era rico en vitamina E, un poderoso antioxidante que protegía la piel del envejecimiento prematuro. También nos hablaba de sus ácidos grasos esenciales, que ayudan a mantener la hidratación y la elasticidad de la piel. No olvidaba también sus beneficios para la salud, como su capacidad para mejorar la circulación, fortalecer el sistema inmunológico y proteger el corazón
Las vacaciones en el pueblo, en aquellos tiempos, sin internet y con poca tecnología, nos obligaban a echar a volar la imaginación para combatir el aburrimiento y llenar las horas muertas del día. Además de leernos todos los libros que habían en casa, (que eran muchísimos, incluyendo varias enciclopedias), mi abuela me enseñó a hacer pinturas caseras con aceite de oliva, conocidas como pinturas al óleo, para después plasmar mis creaciones en sabanas viejas.
Así empezó mi pasión también por la pintura, y con el tiempo terminé retratando a toda mi familia. No hay un solo familiar que no tenga, al menos, uno de mis dibujos.
El ritual de la madera.
Mi abuela tenía varios muebles con madera de raíz de olivo. No he visto cosa más bonita y resistente en mi vida. Las tardes de aburrimiento mi abuela nos entretenía limpiando los muebles y la casa. Con un paño de suave de lana amarillo, mi abuela comenzaba a quitar el polvo de los muebles de madera, asegurándose de que casa rincón quedara impecable. Luego, vertía unas gotas de aceite de oliva en otro paño limpio y lo deslizaba con movimientos circulares sobre la superficie.
“La madera necesita nutrición, igual que la piel” , decía mientras masajeaba el aceite sobre la mesa de madera de olivo. “Así se mantiene viva y brillante”
Dejaba que el aceite se absorbiera durante 30 minutos permitiendo que penetrara en los poros de la madera. Después, con otro paño seco, retiraba el exceso y pulía hasta que el mueble brillaba como un espejo.
Cada diciembre, la cooperativa se llenaba de actividad. El sonido de la prensa, el aroma intenso del aceite recién extraído, las cubas rebosantes del oro líquido que había esperado todo el año para transformarse en alimento. “Este aceite no es solo trabajo. Es tierra, es tiempo, familia y paciencia”, decía mi abuelo mientras vertía un chorrito sobre un trozo de pan y me lo daba a probar con panceta o chorizo, que cortaba con su navajita de bolsillo.
Nunca olvidaré aquel sabor. Puro, fuerte, con la esencia misma del campo. Ese aceite espeso, virgen extra, verde aceituna, como los ojos de mi abuelo.
En sacos de rafia de pienso de pollos de 200 kg, echábamos las aceitunas y las llevábamos a la cooperativa, que nos devolvía su precio en aceite. Con eso teníamos para todo el año.
Años después, cuando mi abuelo ya no estaba físicamente, mis hermanas y yo heredamos su olivar. Cada vez que voy, camino entre los árboles con la misma devoción con la que él lo hacía. Toco la corteza rugosa, siento el viento rozando las ramas, cierro los ojos y los veo y los escucho, como cuando estábamos todos allí.
Y entonces comprendí su verdad: los olivos hablan, pero solo a quienes saben escuchar.



