95. La mujer del vestido azul cobalto
No correspondía al joven Marcelo, incorporado un año antes, recoger en nombre de la almazara el tan prestigioso galardón, pero las circunstancias así lo habían propiciado. La almazara había recibido semanas antes | la notificación oficial de haber merecido el máximo galardón (en la categoría de Verde intenso) del prestigioso premio Mario Solinas Qualiyt Adwards de este año, pero su padre, el artífice de haber levantando el vuelo de aquella empresa familiar haciéndose con los servicios de prestigiosos maestros de almazara y mejorando aspectos no menos importantes de gestión y producción, unos días antes había sufrido un accidente tonto, pero con muy mala pata. Un resbalón en la sala de catas de la almazara provocado por un poco de aceite derramado en el suelo durante la visita de unos japoneses hizo que sus pies se deslizaran perdiendo el equilibrio y dándose un tremendo trompazo. El crujido seco que pudo oír aquel grupo de japoneses circunstantes se correspondió, como así dictaminó la radiografía hecha en el hospital, con la rotura de la tibia de su pierna derecha. Recién operado, con la pierna escayolada y en alto, le era imposible de todo punto acudir a Madrid a recoger tan distinguido premio. Tras meditarlo con la almohada día y noche (no podía levantarse de la cama) decidió que fuera su hijo Marcelo quien recogiese ese premio, que, avalado por el COI (Consejo Oleícola Internacional) supondría el espaldarazo definitivo que catapultaría a lo más alto la buena fama emergente de los aceites que elaboraban en la almazara, abriendo mercados y fronteras, que muchos años atrás, el abuelo y fundador de la empresa jamás pudo imaginar siquiera.
Marcelo había finalizado un par de años antes el doble grado de Derecho y Administración y Dirección de Empresas con un expediente sin tacha y tras hacer unas prácticas en Glasgow (para perfeccionar su inglés) su padre le señaló que era el momento para entrar en la almazara bajo la figura de Administrador adjunto y ayudarle con la gestión cada vez más compleja debido al aumento del volumen de trabajo y la exigencia para mantener los cánones de calidad impuestos en la producción de los aceites y su posterior venta.
Llegó al hotel muy de atardecida la víspera a la entrega de premios. El viaje desde la Sierra de las Villas había resultado accidentado. Dos autobuses de línea para llegar a la estación de tren Linares-Baeza y luego una demora de más de dos horas provocada por una avería incierta en una de las vías del tren (que nadie en ADIF sabía aclarar). Pero para Marcelo las dificultades no acabaron con su arribada a Madrid. Le costó convencer al recepcionista del hotel (con una cabeza que dejaba al granito como arcilla) que le diese la habitación reservada a nombre de su padre. Marcelo no consideraba necesario explicar (y mucho menos delante de la clientela que deambulaba por allí en esos momentos ) de los percances que habían provocado su presencia en Madrid en lugar de su padre, pero ante la tozudez del recepcionista disfrazada con una sonrisa permanente y sabiéndose en un callejón dialéctico sin salida se vio obligado a recurrir a dichas aclaraciones sobre el accidente de su padre y la importancia de que alguien de la empresa estuviera en la recogida de un premio tan transcendente como era el Mario Solinas. Tan prolija argumentación provocó un resoplido de resignación/aburrimiento del recepcionista en señal de una conformidad forzada a que se registrara en el hotel ocupando la habitación de su padre. Marcelo cuando por fin pudo pisar la moqueta de su habitación experimentó una sensación de confort que le invadió el cuerpo desde los pies a la cabeza como una inmensa ola. La calidad de las maderas del mobiliario, la amplitud y la cama coquetamente rematada con unos cojines de colores rojo y beis le encantó. Al fondo una cristalera corredera con cortinas blancas filtraba una luz anaranjada que inundaba delicadamente la habitación. Descorrió la cristalera que daba paso a una terraza muy coqueta adornada con jardineras de azaleas y geranios y bostezó contemplando las vistas a un Madrid que empezaba a oscurecer bajo una cúpula vaporosa violácea verdosa. Agotado por el viaje se tumbó en la cama sin quitarse los zapatos y un sueño profundo le invadió. Para cuando quiso abrir los ojos en la habitación reinaba una oscuridad solo rota por algunas luces de los edificios de enfrente. Se incorporó y miró su reloj de pulsera, un Garmin con GPS que usaba para medir distancias y tiempos con mucha precisión para cuando salía a correr. Eran las 22.00 horas y eso le sobresaltó pensando que quizá el restaurante del hotel no sirviera ya cenas lo que le impelería a salir fuera, a la buena de dios, a por un Kebab o lo que fuera porque el hambre comenzaba a apretarle como si una mano vigorosa e invisible le oprimiera sobre el ombligo. Entró al aseo, y dudando entre ducharse o no optó, finalmente, por lavarse cara y manos, echarse un poco de agua por el cabello y peinarse. Ya en el ascensor se alisó los puños y mangas de su camisa blanca intentando borrar las arrugas tras el viaje y el descuido de haberse tumbado sin desvestirse y antes de que se abriera la puerta al llegar a la planta baja echó un última ojeada en el espejo para retocarse el peinado. Cuando dio con la entrada al restaurante del hotel, el hombre que antes hiciera las veces de recepcionista le advirtió:
⸺Disculpe, señor –dijo como si no le hubiera visto nunca antes en la vida– en veinte minutos se cierra la cocina.
⸺Me daré prisa. Cenaré cualquier cosa –respondió con el miedo metido en el cuerpo a que aquel hombre de sonrisa postiza volviera a ponerle en apuros.
Como si fuera un agente de tráfico regulando el paso le señaló con una mano que ocupara asiento en una mesa pequeña en una de las esquinas del comedor y, al instante, surgiendo de la nada, un camarero con atuendo negro y botones violeta le entregó una carta con una mirada de ojos difícil de interpretar (a medio camino entre la sorpresa y el enfado, se suponía que por lo tarde que era). Marcelo ojeó la carta como si le ardiera entre las manos sabedor de que no disponía de apenas tiempo y se decantó por lo primero que leyó. Una ensalada César que, afortunadamente, no le desagradaba. Tras tomar nota del pedido el camarero regresó con una cerveza y un platito de aceitunas. Marcelo se llevó a la boca una de esas aceitunas de color verde brillante y aspecto algo gelatinoso. Eso le recordó a su abuelo. Siempre que tomaba aceitunas de mesa de lata se acordaba de él. Nada que ver con las aceitunas de cornezuelo que el abuelo aliñaba. Le vino a la mente quizá por la nostalgia del recuerdo y la emoción del premio que siendo niño en verano todas las tardes se iba a pasear con él. El abuelo lo esperaba sentado en los escalones que llevaban a la antigua casa, ahora con violetas y dientes de león creciendo alrededor y se iban juntos al viejo molino al lado del río. <<Algún día, Marcelo, esta almazara será grande, muy grande. Ya lo verás aunque yo lo haga desde arriba>>, le decía señalando al cielo. Ensimismado en estos recuerdos algo le hizo erguir la cabeza. Percibía una fuerte sensación de estar siendo observado. Escudriñó el restaurante y como no había mucha clientela no le costó detectar quién le estaba mirando. Una mujer de tez morena y cabello negro con un elegante vestido de color azul cobalto lo observaba con cierto interés. Marcelo, azorado, no pudo sostenerle la mirada más allá de unos pocos segundos. Disimuló desviando su vista al reloj Garmin como si saber la hora en aquel preciso momento fuese algo de vida o muerte y después volvió a su ensalada como si el hecho de coger con el tenedor las hojas de lechuga requiriera de una gran concentración. Pasado el rato encaminó de nuevo la mirada en dirección a la mesa donde se encontraba aquella mujer despampanante intentando, por supuesto, que su ojeada pasara desapercibida, pero la mujer, sabedora de que el joven tarde o temprano volvería a mirarla aguardaba con disimulo ese momento y como si presintiera la intención de Marcelo esta le clavó sus ojos verdes. Marcelo, descubierto, aguantó el duelo de miradas lo que le permitió aventurar que aquella mujer tendría unos treinta y tantos años, quizás treinta y muchos. Marcelo no era demasiado bueno para adivinar edades, pero, en cualquier caso, le quedaban muy claro dos cosas: que era mayor que él y que estaba de muy buen ver. La mujer dibujó una sonrisa y alzó una copa sugiriendo un brindis al que Marcelo con la sangre congelada en sus venas reaccionó levantando su copa de cerveza, con tal torpeza que derramó parte del líquido sobre su camisa (como días atrás había derramado aceite en la sala de catas de la empresa haciendo que resbalara su padre) y la mujer con un gesto dulce lanzó una señal de invitación con sus manos para que se acercara a su mesa que Marcelo aceptó. Cuando llegaba a su mesa notó como la mujer aleteaba su nariz. Temió que hubiera olfateado la cerveza derramada en la manga de camisa, y si eso era así, desde luego que esa mujer tendría un olfato increíble. Tras las presentaciones pidieron otra cerveza más, por sugerencia de Nira (así se llamaba la mujer) y entablaron una agradable conversación que duró hasta que el camarero como si no pudieran salir las palabras de su boca les indicaba que el restaurante cerraba y que podrían continuar, si así lo deseaban, probando alguno de los excelentes cócteles en el bar del hotel. Como así fue. Nira tenía un bonito acento sevillano, era locuaz, divertida y se mostraba como una gran conversadora que hablaba y dejaba hablar como la buena pareja de bailarines que saben que el éxito de un baile (al igual que el de una conversación) consiste en saber coordinar los pasos (y el habla) de ambos.
Ahora, Marcelo en esta segunda ocasión en que entraba a su habitación la sensación era bien distinta. Le invadía excitación y nerviosismo. Al abrir la puerta de su habitación para dejarle el paso a Nira, él ya sabía que era sevillana, que había estudiado Ciencias Químicas y que se dedicaba al sector de la alimentación (aunque no ahondó más sobre su trabajo). Notó la atmósfera de la habitación algo pesada y con calor (era mayo) y abrió la puerta corredera que daba a la terraza. Una brisa comenzó a agitar las cortinas y enseguida se refrescó la habitación. La invitó a salir a la terraza a contemplar Madrid y allí con las azaleas y geranios continuaron la conversación que zigzagueaba sin un hilo conductor claro hasta que Marcelo decidió interrumpir la charla sellando los labios de Nira con un beso.
Un beso largo y dulce.
Él deslizó sus manos sobre su espalda apartando su cabello y notó su piel caliente y perfume de jazmín y después pasó las manos sobre su pecho recorriendo el perímetro de un lunar sugerente. Nira en, respuesta, desabotonó algunos de los botones de su camisa blanca y regresaron a la habitación. La cama aunque grande (tipo King since, lo que venía a suponer 1,80 metros de largo) no parecía bastar para contener a esos dos cuerpos que parecían púgiles en un duro asalto solo que tumbados en lugar de pie. La mujer frotaba con sus manos en forma de cuenco los muslos y espaldas de Marcelo para luego acercar su nariz y aspirar el aire contenido en sus manos. Marcelo, contemplaba extrañado su proceder, pero se dejaba hacer con los ojos flameantes por el placer y ella, como siguiendo un ritual, después de oler su piel en diversas partes de su cuerpo se entretuvo en recorrer con su lengua el pecho y hombros, introducir después la lengua en su boca para hacer inspiraciones y espiraciones nasales cortas con los ojos cerrados mientras apoyaba sus manos en el pecho de Marcelo.
⸺Nira, coño, pareces una catadora de aceites-exclamó sorprendido Marcelo- eso es lo que hacen en la almazara. Nira soltó una breve carcajada y se abalanzó sobre él continuando con esa lucha de cuerpos sedientos y hambrientos el uno del otro.
⸺Afirmaría que por el olor de tu piel que vives en una zona con muchos olivos en la Sierra de Las Villas en Jaén –dijo Nira cuando exhaustos cayeron tendidos bocarriba sobre la cama uno al lado del otro. Marcelo le miró con ojos abiertos como lunas llenas fijándose en aquel lunar en su pecho.
⸺Y que eres verde, muy verde – y añadió con una sonrisa complaciente:- y muy intenso.
⸺¿Con lo de que estoy verde que quiere decir?-dijo pensando en que la exigencias de sus estudios le habían robado mucho tiempo para conocer chicas.
Nira volvió a carcajear tras lo cual le estampó un beso en la boca.
Largo y dulce.
⸺¿Cómo sabes de dónde soy? Creo recordar que no te lo he dicho en toda la noche. ¿Cómo puedes saber eso simplemente oliendo mi piel?
⸺Marcelo, no seas tonto –dijo apoyando cariñosamente su rostro en el pecho de Marcelo–, ¿qué piensas? ¿que soy bruja?, te escuché dar explicaciones al recepcionista cuando te registrabas en el hotel. Eso es todo.
Marcelo se sintió un tanto estúpido y tras el día tan intenso y no exento de sorpresas como la de conocer a aquella misteriosa y bella mujer se quedó dormido enseguida.
Cuando Marcelo abrió los ojos una luz blanca comenzaba a inundar la habitación. El vestido azul cobalto que descansaba sobre la silla, frente al televisor, había desaparecido. Aguzó el oído por sí oía a Nira en el aseo, pero ella ya se había marchado. Se levantó y fue a darse una ducha. La gala de premios sería a las doce y acudirían importantes personalidades del mundo de la política, del aceite y de la prensa especializada en el mundo del aceite y la gastronomía. Hasta embajadores y miembros del cuerpo diplomático de países miembros del COI acudirían al evento.
Marcelo llegó a pie a la sede. Acudió vestido con el traje que el que recogió su diploma universitario dos años antes y una camisa azul clara que le compró su madre para la ocasión. Pudo ocupar asiento entre las primeras filas, porque había llegado con mucho tiempo de sobra, pero a pesar de eso ya se le había adelantado el embajador de Japón en España. Marcelo, aprovechando que había poca gente, se acercó a él y le saludó educadamente en inglés inclinando la cabeza. El embajador, muy cortés también, inclinó la cabeza también en respuesta y le devolvió el saludo en un perfecto castellano lo cual hizo que Marcelo volviera a sentirse tan estúpido como la noche de antes cuando creyó que Nira sabía de su procedencia por el olor de su piel.
Poco a poco la sala fue llenándose del público invitado al que un equipo de azafatas muy atractivas iba entregando auriculares de traducción simultánea. La ceremonia de premios fue conducida por una periodista especializada en el turismo gastronómico que comentó que uno de los mejores aceites que había probado, sorprendentemente, había sido en Laponia. También dijo que lo mejor para conocer los países y hacerse una idea de su cultura era algo tan sencillo como ver el contenido de los frigoríficos de las casas que visitaba. Marcelo la escuchaba pensando en qué diría aquella presentadora si hubiera visto su frigorífico de cuando compartía piso de estudiantes. La gala transcurría amena (contaba con la participación de una solista arropada por un piano) hasta que se dio paso a un vídeo promocional del premio Mario Solinas. Durante la proyección aparecían secuencias de cómo se habían realizado las catas de los aceites presentados a concurso y a Marcelo se le congeló el corazón cuando reconoció a Nira, que con una bata blanca y el cabello recogido en una redecilla calentaba con sus manos un vaso de azul cobalto participando como jurado en el proceso de catas. No le costó reconocerla por el lunar en su pecho.
Cuando mencionaron el nombre de la empresa familiar Marcelo salió al estrado a recoger el premio como mejor aceite verde intenso y delante del atril volvió a sentirse observado de una manera especial. Percibía, aunque no pudiera localizarla, una mirada penetrante, diferente a las demás y, tras unos segundos intentado buscar – infructuosamente- esa mirada, lo que el público interpretó como una pausa estudiada para captar la atención, Marcelo pronunció unas palabras tan emotivas como improvisadas. Mostrando el diploma dijo que ojalá su abuelo, desde el cielo, pudiera presenciar este momento y saber que su familia continuaba con su mismo empeño y amor en el mantenimiento y engrandecimiento de la almazara que él fundó. Marcelo terminó su breve discurso pronunciado con el corazón con unas sentidas gracias, envueltas en un cálido aplauso del público.
Al bordear las filas de butacas para ocupar su asiento una mano tocó su antebrazo:
⸺Enhorabuena, por el premio. Me encantan los verdes intensos– dijo una voz que Marcelo reconoció al instante.
⸺Gracias, Nira, por el premio–balbuceó.
⸺No me des las gracias y quédate en Madrid un día más conmigo.
En la almazara no les costó creer las explicaciones de Marcelo de haber encontrado problemas con el billete de tren para la vuelta y que su llegada se demoraría un día.
Ya en la almazara lo primero que hizo fue dirigirse a la sala de catas para colocar, en lugar preferente, el diploma en honor a su abuelo y después, al ver los vasos azul cobalto de las catas, se acordó del vestido de Nira entrándole unas ganas acuciantes de llamarla. Desgraciadamente, su número de teléfono lo había tomado mal o Nira no quiso dárselo bien.



