87. El olivo argentino

Antonio Belizón Reina

 

Al atardecer suelo asomarme a la terraza. Desde allí contemplo un paisaje entre urbano y campestre. El desarrollo de la vida en este lugar donde vivo no se ha parado, eso sería imposible, y ha cambiado esencialmente en todo aquello que se refería a la contemplación de unas vistas que te deleitaban, consiguiendo calmar mis momentos de desvaríos y relajaban mi actitud, derivando casi siempre hacia el lado negativo de ver todas las cosas que se presentaban ante mi. Se podía pensar sin equivocación ninguna que yo era un hombre complicado. Pero volviendo a mi contemplación desde aquel lugar de mi casa, lo que yo divisaba entonces, bastantes años atrás, era la finca, la arboleda, el campo que conseguí con mi esfuerzo personal desde aquel momento en que llegué a España viniendo desde Argentina. En mi neura personal se podía adivinar lo distinto que puedo ser en determinadas ocasiones respecto al resto del mundo.

Como soy persona que voy al contrario de los demás, no seguí la pauta de aquellos que buscaron su presente y su futuro en el Mar del Plata. Me vine yo, en primera persona, como chico macanudo, a buscar fortuna aquí, a conquistar a la madre patria y devolverle al señor Colón su propia medicina, parangón, cotejo y revancha a una odisea vivida hace más de quinientos años. Lo tuve más fácil que él, ya que mi barco era un mercante de los que atraviesan el océano sin tantas vicisitudes y sin motines que una Pinta cualquiera, ni con ningún Rodrigo de Triana en el carajo de la mesana mayor, divisando tierra a larga distancia. Ni tampoco traía a ningún indígena a quién llevar al redil de la santa iglesia de los Reyes Católicos.

Es una historia mucho más sencilla aunque rocambolesca en el fondo de mi relato particular. Mi esfuerzo personal se remitía principalmente a los golpes que te dan la vida, los golpes a favor de viento, de apuestas, de juegos, de mujeres, de aprovechar el poniente generoso, cuyo principal golpe de suerte fuese la llegada de una fortuna salida sin saber de donde, pero que al fin y al cabo, me dejaron por ventura y azar, una hacienda en forma de un campo labrantío, campiña por adecentar, ejido sediento de labranza, de simientes, de arboledas pidiendo a voces la recogida de sus frutos.

Un terreno en todo el centro de una provincia andaluza, olivarera por excelencia, que acogí como oro en paño y disfruté de ella como nunca había imaginado. La diosa Fortuna se puso de mi lado por una vez en la vida.

En el ir y venir de los años, en el arriba y abajo de mis éxitos y fracasos comerciales, me llevaron a visitar mi patria chica en determinadas ocasiones y en una de ellas, casi por carambola y casualidad, me traje un pequeño olivo sacado de cuajo de una zona de la Pampa argentina, de aquellas llanuras fértiles, propicias a ofrecerte lo que tú quisieras recoger tras derrochar un montón de semillas por cualquier lado de esta maravillosa tierra de Agua Blanca.

Nada más verlo en aquella hilera interminable, me fijé en su recio armazón, en sus puntiagudas hojas que adornaban sus ramas, en aquel goteo interminable de olivas verderonas, negruzcas como el cielo de Buenos Aires en las noches de invierno. Traía y conservaba aquel arbolito entre algodones de bienestar, entre palios de raíces abiertas para ser reimplantadas y que pedían a gritos ser enterradas pronto en un arriate confortable como elemento decorativo o dejarlas en paz en cualquier parte de la hacienda para cumplir con su obligación de echar aceitunas a raudales como Dios manda.

Se me hizo interminable el camino, el viaje en barco parecía no tener fin y cuando llegué con aquel olivo platense hasta la Finca Recreo La Patagonia, nombre rimbombante que le coloqué a mi hacienda española, busqué una ubicación apropiada que soportara las altas temperaturas, en un suelo calcáreo, idéntico al que yo había heredado de mí mismo.

Le quería dar importancia a aquella siembra, a aquella especie de injerto mayor que agarrase; cavé un hoyo rodeado de tierra menuda y fresca para colocar el cepellón y darle vida a sus venas raíces y que brotase la savia interior para que la tierra española y el árbol argentino se fusionaran como siempre hizo la Madre Patria con todos sus hijos de allende los mares. En el centro de la heredad, donde todo se fundía en una misma esencia, teniendo a un lado el trigo candeal de espigas doradas, por otro lado las filas de naranjales que dejaban las ramas sofocadas sosteniendo sus frutos y por delante de ellos, las cepas de una vid de uvas palominas que comenzaban a mostrarse rojas de pasión y de aromas, acabé el foso, un hueco en forma de hoyo cóncavo, agujero como útero del árbol, que arraigase para dar nueva existencia al olivo de la Pampa, que se dejaba querer mientras que se quedaba plantado allí en medio, estoico, llamativo y elegante, parecía dispuesto a dar sus primeros pasos con un tango de Gardel. Era la hora del mediodía, cuando se escuchaban a lo lejos los rezos del ángelus que tal vez nos bendecía y justo en el instante donde terminaba de cavar y colocarlo para que gobernase la finca a su gusto y antojo, de entre el terrizo socavado de palada en palada, a golpe de zapa a ritmo de ahondar el terreno, surgió una bolsa de tela alargada, una especie de alforja o talego que guardaba algo en su interior.

¡Un tesoro!

Me quedé mirando, sorprendido y expectante, dispuesto a abrirlo para conocer su contenido. No era un tesoro como tal, repleto de joyas ni dinero. Su contenido eran unos mapas, unas cartas de planisferio o rutas por donde atravesar los caminos, una especie de plano. Allí mismo intenté descifrarlo, de leerlo, ansioso por conocer su contenido, de averiguar el tiempo de su existencia, su origen.

Su descripción estaba en árabe con anotaciones en castellano antiguo. Era un esbozo de galerías subterráneas para llegar hasta el corazón del Santo Reino de Jaén. Se detallaban las posibles entradas a la ciudad para ser atacada por el ejército de Boabdil, el sultán de Granada. Posiblemente fuese una estratagema, uno de los últimos coletazos que el rey árabe de la Alhambra intentaba dar a los reinos cristianos, conociendo la inminente llegada de las huestes castellanas a sus mismas puertas. En otro de los pergaminos se dibujaban distintos mosaicos de especial belleza, que posiblemente, Ahmed, hijo del rey nazarí, había realizado, conociendo las destrezas artísticas del joven, además de sus cualidades marciales y militares. Dejé depositadas aquellas reliquias medievales en el mismo lugar, encerradas dentro de las cartucheras de telas y cueros que las habían conservados hasta entonces. No quise dar noticias sobre ello. Cuando se descubren hallazgos históricos, dicen en mi país que, lo que en la tierra se descubre que se quede en la tierra para siempre.

El olivo ocupó parte de aquel lugar, como si fuese el trono del joven bereber y que ahora dejaba sitio para ser contemplado lo que intentaba ser o se convirtiese al menos en centenario.

Desde hace tiempo ya peino canas en el poco cabello que me queda. Ha pasado bastante tiempo desde que aquel árbol dominara sobre el resto en la Finca La Patagonia. Allí a su lado, cerca del olivo, enamoré a la que nunca llegó a ser mi esposa por los derroteros que nos infligen la vida. Aquella señora marroquí, fue la mujer que más había amado en mi vida. Un día desapareció de mi propia historia y desde entonces las cosas se me torcieron hasta decir basta. Aquella diosa Fortuna tampoco regresó para ayudarme. No tuve más remedio que saldar, liquidar las heredades, la vivienda, los campos, todo. Puse una condición, que aquel árbol, el olivo argentino, no se tocase de donde estaba plantado.

Los días han ido pasando igual que cuando arrancamos las hojas de los almanaques y las depositamos en el cubo de la basura.

Desde hace días, cuando salgo al mirador de mi casa, que es lo único que he podido conservar, cierro los ojos para ver lo que concebí hace tiempo; observo que solo puedo ver casas, pisos, viviendas, como un paraje cuyo panorama se ha ido convirtiendo en metrópolis, dejando a un lado, muy a un lado, la cara bucólica y campestre que intenté crear. También me he dado cuenta de la figura de una mujer que se acerca solapadamente al lugar donde está el olivo platense, que sigue perdurando en el tiempo, cercado de un pequeño vallado que lo resguarda y lo mantiene con vida. De vez en cuando lo he visitado, lo he mirado y lo he refrescado.

Ahora en mi vejez, todos los días bajo al atardecer para darle las buenas noches al árbol y a mi amada. Me quedo un rato a contemplar su nombre incrustado en las rugosidades de su tronco, trazadas las iniciales con amor. Al verla, no he querido nunca acercarme hacia ella cuando la he visto llegar y he respetado su incógnito todo el rato que ha estado cerca del lugar, me temo lo peor y no quiero volver a sufrir.

En mi eterna soledad solo me queda contemplarlo, llegar a pararme en aquel árbol para volver a hablar con él, a decirle que sigo guardando el secreto escondido a su lado, que continuo amando a Sara, aquella señora con piel de ébano, cuyo nombre quedó grabado sobre su tronco arrugado de olivo argentino. Así estará para siempre en su piel de madera, junto al mío, nuestro compromiso de amor de aquella tarde de verano. Este árbol argentino fue testigo de un compromiso que se desvaneció en el tiempo, lo lleva tatuado en su piel.

Posiblemente el amor todo lo puede y este olivo debe tener un corazón enorme.

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