52. Lapsos y espacios

Gato Negro

     

I

Las siete con diez era el tiempo que enmarcaba aquel entonces. Las manecillas no tenían la intención de besar un segundo más, o uno menos, ni un minuto más, ni uno menos. Era el momento exacto en que el tranvía partía hacia su destino.

¿Destino? Qué curiosa palabra, aquella que te envuelve en una bruma de lo que, a capricho propio, jamás podrá ser. Tal vez el vapor de la maquinaria le recordaba el penoso significado de, para él, tan despreciable palabra.

El hombre recordaba haber subido a un vagón, no a un cadalso. Muchas eran sus preocupaciones; en mayor cantidad, sus miedos. Ya había tenido el coraje de subir y regresar. ¿Adónde iba? ¿Por qué? Solo Dios sabe.

El boletero —un funcionario pálido de ojos negro profundo— recortó su ticket con tijeras que chirriaron el tiempo suficiente como para tomar el té.

—No pierda esto —le espetó con la voz ronca de quien ha fumado derrotas desde la infancia—. Las caras poco me importan, solo los boletos en mano.

Pero él no pudo por menos que prestar exclusiva atención al propio pensamiento, aquel que corría más rápido que el tranvía; era un pensamiento presente, pero no por ello grato: un pueblecillo que, para persona diferente, supondría una pintoresca belleza. Pero no, para aquel hombre no. Y es que a veces, por poco olvida el sentimiento que —¿cómo decirlo?— le infunde aquel sitio. El espectro que se alimentaba de sus miedos permanecía diligente, inhabitable, con el firme propósito de rajarle el cuello de un tajo fatal.

Estaba demasiado familiarizado con la herrumbre aquella que se traza en la mente propia y la ajena. Esa condición que a veces parece más humana que quien la porta se convertía en otro pasajero incómodo. Llevaba colgado en la espalda un anhelo al que no le importaba lo que pudiere pasar. Sin mucho éxito, un panorama parecía querer vaciarle la mente: colinas de —para él— un verde insípido en un atardecer por menos poco inefable, ríos de gran anchura pero poca permanencia. Otros viajeros suspiraban en su lugar. Cerró los ojos para ya no dedicar ni una sola mirada. ¿Si habría de oscurecer, qué más daba?

Pero entonces —casi al filo del anochecer—, una manada de relinchidos salvajes irrumpió junto a las vías. Anclados a sus ojos, las musculaturas de aquellas bestias de negras llamaradas ondeaban tan libres, tan temerarias. Un sentimiento oculto de la luz le reprochó: esto es todo lo que no eres.

Por un instante, y como todos en algún momento, quiso disolver la razón a una forma bestial. Pero el túnel aprendió de secuestros y, al salir de sus entrañas, el cielo ascendió inmenso y tortuoso, bañado su mirada en estrellas. Titilaban cantantes de sus hechizos azules, pero él, entrecerró los ojos, culminándolas en verdes melifluos —un verde que le arrancó el aliento y le susurró: «Ya vamos»—.

II

Después de varias horas, allá, en la última estación, llovía. El petricor comenzó a hacer de las suyas. Se puso el maletín sobre la cabeza y, encorvado, corrió hacia la zona de carruajes.

—Buen hombre —le dijo a uno de los muchos cocheros que vio—, lléveme a la hacienda «Mi Dulce Olivar».

El otro lo escrutó: ropas arrugadas, pero dicción de señor.

—Cincuenta delirios —tosió, consciente de que aquella cantidad era una estafa.

Ya maquinaba excusas —ladrones, deslaves— cuando el hombre le entregó el dinero sin pestañear.

—Rápido —exigió.

El cochero sintió el aire espesar: ¿Acababa de robar a un loco… o en el camino el robado sería él?

El carruaje —solo un poco más péndulo que cárcel de madera— avanzaba sacudiendo al viajero, maleta y pensamientos. Las piedras del camino —caprichosas, rebeldes— parecían gritar bajo las ruedas: «No nos pisarán, no nos someterán».

Y él, en la consecuencia que hace el tiempo sobre el uso repetido de ruedas y maderas, llegó a la conclusión de que el hombre de las riendas desprendía un sabor a amargura. Después de todo, las personas que saben de dolores en el alma también resuelven el reconocerse con lúgubre facilidad. Pero la plática antes no había tenido el gran efecto:

—Sí. No. Tal vez.

Le esperaba un largo y muy aburrido viaje, lleno de lluvia y silencios incómodos.

Hasta que la curiosidad —o la precaución, es difícil saberlo— lo rescató:

—¿Por qué eligió mi carruaje, señor? —preguntó el hombre, áspero como la corteza de un olivo.

David sonrió, pues no había respuesta más sencilla que los propios caballos del cochero. Prueba fidedigna de cuidados y amor, no solo por el brillo de su pelaje, sino el de sus ojos. Además, entre tanto y tanto, vio cómo reía al cepillarlos, allá, en el sitio de carruajes.

«Imposible que fuera mala persona», pensó el viajero, respondiendo:

—Por su corazón.

El cochero —antes de mirada torva— apretó con cada callo las riendas, tratando de ocultar su emoción. De poco le valió el intento: desnudó la cáscara de prejuicios y rompió a llorar.

El hombre habló. Primero el dinero. Luego la enfermedad. Después, el desprecio. Todo brotó como agua negra por una grieta vieja. Ni llanto. Ni pausa. Solo una verdad desbordada.

David le ofreció el número de su médico de cabecera —«Los verdaderos médicos curan con silencios»— y diez monedas más.

Un gesto salió al encuentro después de varios meses, y era una ocasión muy especial para desperdiciarla en sospechas sin fundamento.

Siete y diez marcó la despedida.

III

Al llegar a la entrada de Mi Dulce Olivar, sus dedos todavía no rozaban el picaporte cuando un ladrido retumbó en sus oídos. Trueno gruñó. La voz del patrón —seca, vieja— lo redujo al silencio.

—¡Quieto, Trueno!

Un corte sobre la madera terminó su trayectoria. El hombre que permanecía de pie, no muy lejos de él, preguntó: «¿Quién es us—?» La interrogante se quebró en mitad de su garganta. Lo abrazó. No como se abraza a un extraño, sino como se hace con un hijo.

—¡David, muchacho! Cuánto tiempo sin verte por aquí —gritó el corpulento hombre. Los brazos musculosos aún vibraban por el hachazo reciente.

Inevitable fue corresponder el gesto. Las sombras se alejaron del borde de sus botas.

—Más del que me gustaría admitir.

El abrazo del hacendado olía a leña y nostalgia.

—Nunca tuve tiempo de darte mis condolencias por lo de tus padres. En verdad lo siento.

Era natural que el impetuoso hombre no hubiera podido, ya que, en cuanto el funeral terminó, David se fue en un párpadeo hacia la ciudad a buscar suerte. Para no lidiar con todo lo que sentía. No podía hacerlo, al menos no en ese entonces. No en la casa que lo vio crecer.

—Gracias, tío Gregor —respondió David.

No compartían sangre. Pero sí recuerdos. Gregor —compañero de trincheras y tabaco— lo crió junto a su padre entre historias, olivares y silencios.

Las manos ásperas —las mismas que una vez mecieron su cuna, que arrancaron espinas de sus rodillas sangrantes— se cerraron sobre sus hombros. Las manos de un hombre que había perdido, ganado y sostenido familias. Guiaron al joven al interior. Pan, humo y memoria flotaban en la cocina. Ágata giró. Harina en el delantal, fuego en los ojos.

—¡David!

Le ofreció un trozo de hogaza de chapata, crujiente y dorada, junto a un cuchillo de untar —hoja ancha, mate por el uso— y un cuenco de aceite de oliva tan verde como los campos al amanecer.

Mojó el pan.

Y, por un instante, fue el niño que escuchaba historias entre cucharadas.

—Es muy amable —murmuró.

—Aprovecha —dijo ella—. Calentito sabe mejor.

Cada mordisco lo conmovía: la miga esponjosa, el aceite —frutado, con un amargor que persistía en la lengua—. Pan humeante. Aceite espeso. La mesa se llenó de palabras viejas y risas nuevas. Ágata sonrió. Sus labios, rojos, arreboles de otoño.

—He leído todos tus libros. Siempre supe que serías grande.

Una pausa.

—Siete libros, ¿no? Y diez premios.

Al tocar el tema, David dudó: «¿Escribo para mí o para ellos?». Pues en un principio, escribía para sí mismo, pero con el tiempo la motivación de su pluma se encariñó con los lectores, para darles un respiro de lo cotidiano, de lo adverso, y llevarlos de viaje a mundos diferentes. A tiempos diferentes.

—Has tenido éxito —dijo ella.

David —de manera casi instintiva— sonrió con falsedad.

«Siete libros, diez premios… y aún el hueco». Guardó el pensamiento.

—No lo abrumes —resolló Gregor

—No hay incomodidad alguna, señor —dijo a Gregor.

No queriendo abrir su corazón con lengua débil, continuó:

—Escribo para mis lectores. Hay veces que no sé si queda algo de mí en las páginas de esos libros.

Una taza de café distó pocos centímetros de él, interrumpiendo un silencio entre su humo y las últimas palabras. De pronto, la oportunidad:

—Deberías ir a ver a Esmeralda. Se fue al olivar antes del amanecer, cuando aún llovía —como siempre, testaruda—. Ya todos la conocen: ama tanto a los olivos que siempre va de aquí para allá, paseando entre ellos.

Gregor resopló.

—Mi hija: necia como una yegua salvaje. Le advertí. La lluvia no había terminado su trabajo. La tierra mojada a veces es traicionera. Se aprovecha de este pobre viejo; de todas formas, no es precisamente una delicada mujer: bien sabe lo que hace.

No había mayor mentira que su mirada de frustración. Orgullo era lo que le habitaba en los ojos.

IV

El suelo sobre el que estaba el portón de la hacienda tembló al cerrarse las puertas. David corrió. La ausencia de una dirección fija no detuvo sus piernas.

Más que de tierra y raíces, de pura urgencia era el camino. «¿Dónde estás?», gritó su mente, pero el cuerpo no preguntaba; solo se entregaba a lo que sabía hacer: correr por aquí, donde ella reía, por allá, donde aprendió a trepar.

De un momento a otro se desplomó en el fango. Se levantó sin darle importancia al quedarse descalzo. Solo importaba verla, tanto que ni notó en sus palmas las huellas de piedras afiladas —pequeños soles sangrantes—. Ella solía, a manera de pretexto, acercársele y limpiar con el dobladillo de su vestido, fuera el caso una herida o el fango.

En su carrera, su respiración fatigada quería correr antes que él, para sentir que aún sostenía su nombre. Las hojas —quién sabe si giraban o caían, o si eran mariposas o guías—, el desconcierto llegó en forma de latido, el mismo que lo arrullaba cuando dormían junto a la cosecha; espalda contra espalda, compartiendo tanta coquetería de despreocupada felicidad.

Su alma sintió compasión por él, allí, donde el recuerdo de su voz —«No te apartes, ¿sí?»— se enredó con el presente.

Un dejo de perfume y jocosa respiración quedaban en el aire. Estaba cerca, eso era seguro, pero no pudo evitar preguntarse: «¿Cuántas veces he corrido de ti de tal manera, ninguna o hasta la última de ellas?»

Aprovechó para tomar un respiro. Apoyó la mano en sus rodillas, y entonces, entre el fango, algo azul resonó en su corazón. Pero entre suspiros, se dio cuenta de que solo se trataba del cielo contenido en una diminuta ciénaga, no más grande que una moneda.

Sin previo aviso, su piel reconoció el aire antes que sus ojos. Entonces, y solo entonces, levantó la mirada.

El tiempo había cesado de fluir, pero ella permanecía en el centro exacto, donde todas las líneas de la ensoñación convergían, inmóvil, como si las horas no osaran rozarla.

Sus pies descalzos en la perfecta circunferencia de un charco. Su cabello decantándose en fábulas doradas. El vestido floral —líquido ambarino— trazando la espiral áurea de su respiración. Los rayos del sol —esa mentira dorada— se quebraban en las gotas que aún pendían del césped, restos de la tormenta que azotó la tierra con furia de melancolía.

Él podría imaginarla: de pie, de cara hacia el cielo, mientras mayor era la tendencia de su vestido floral a no disimular la inequívoca sensualidad de su figura. Quiso, pero no supo, ni el cómo, ni el cuándo acercarse. Una, dos, tres veces maldijo su cobardía, esa niebla que le nublaba el pensamiento o, quizá —y esto era más exacto—, la incapacidad de ver en ella algo que no fuera belleza.

Apoyándose de un árbol, ella volteó y lo vio. No dijo nada. Él tampoco. El olivo… ese olivo parecía entenderlo todo.

David sintió que el aire se cristalizaba. Cada partícula de luz, un prisma que proyectaba sobre la hierba el espectro del deseo:

Rojo cadmio, la vergüenza de sus manos vacías.

Azul ultramar, la profundidad oceánica de su espera.

Verde esmeralda, la envidia al musgo que besaba sus tobillos.

Era ella, presente y plena. La luz ámbar se derramaba sobre su silueta, transformando el tejido mojado en una cáscara de oro, y él, pobre hombre, sentía cómo su alma era arrastrada a la vertiginosa deriva desde el cielo a la tierra, solo para caer en ese torbellino gravitatorio que los necios, locos y poetas llaman: mi primer amor.

No quedaba del hombre más que una efímera —y no por ello menos caótica— confusión: un ente. En un principio, leve como el vaho al alba; anclado como raíz después.

Una, dos, tres veces maldijo su cobardía, a la vez que era presa de la envidia, pues el olivo podía sentir su tacto. Él habría vendido su razón por tal caricia y, culpar al destino sería algo muy cobarde, pues él era su autor.

Entonces, ella sonrió. Aquel gesto —simple, devastador— lo partió en dos, trayendo consigo una brisa de vida y llevándose, como si nunca hubieran existido, años de creer que solo merecía destierro.

Pero el hombre, «el gran escritor» —aquel que todos ensalzaban por su artística narrativa— se sentía un impostor con traje arrugado y lengua muda. El ardor de su pluma lo castigaba, asediándolo con preguntas que él no sabía responder. ¿De qué valía un corazón de artista si su alma yacía sin chispa? Tan solo…

Entonces, Esmeralda inclinó la cabeza, acentuando más su sonrisa —como flor sobre su propia fragilidad—, y el viento deshojó su silueta en pétalos de luz. Y por un instante, casi eterno, la bonhomía del mundo tiñó de rosa su quid:

«¿Tienes frío o por qué tiemblas?», pensó ella.

La misma conducta, la misma forma de ser, cada mínimo hábito en los patrones de su pensamiento hubieran invitado a formular, en su hipotética y somnífera naturaleza, la respuesta:

—Una vez soñé que tus pies se deslizaban por mi espalda, calentando este corazón que te pertenece más a ti que a mí.

Tal vez después ella derramaría su latir en las palabras que no frecuenta:

—Te he esperado en el horizonte de todos los crepúsculos, contando las estaciones en cada uno de sus ascensos, buscándote y solo encontrando tu ausencia. Y, aunque el tiempo pasó, nunca se llevó tu recuerdo.

Más allá de cualquier maquinación, su sonrisa pendía de un motivo pueril:

Veía al niño.

Al de la cara manchada de barro.

Al de los ojos compasivos.

Al de las rodillas raspadas.

Al que jugaba a ser pirata en los charcos.

Al que había sido, era y sería su complemento.

Al borde de su límite, en la calma de aquel lugar, David por fin subió a la cima de la colina. La tierra en cada centímetro de su extensión crujía como si lo reconociera. No miraba atrás. Pero sabía que las mariposas alzaban el vuelo. Como las sombras cuando no quieren ser vistas.

Más cerca, más cerca de lo que nunca había estado de la mujer que amaba. Algo crujió distinto. Más seco que el fuego en brazas. Una rama. Un sentimiento. ¿Una barrera astillándose?

Él se detuvo. No había nadie más. No debía haber nadie más.

Solo ella y él.

Y en ese instante, el tiempo no era elegía y su mente no era noche sin retorno.

«Te extrañé», susurró un ser en dos. Dos en uno.

Sobre su cabello: un broche azul en forma de estrella. El mismo que desde niña siempre usaba. El recuerdo aún no venía. Pero estaba por llegar. Lo supo por el silencio. Una promesa guardada bajo llave.

 

Él, embriagado de ella, no recordaba que aquel era un presente del festival del pueblo. Un premio de puntería cuando el candor de su inocencia destellaba sus primeros albores.

En su pecho algo se derritió. Justo cuando oyó la risa de la mujer al limpiarle el barro de la cara.

La crueldad de su mente en trueque por las manos de su amada.

La escarcha ya no era castigo.

Era hogar.

Ni remordimiento, ni pena quedaban. Solo hábito.

El aire quieto parecía suspirar.

Como si los olivos al fin lo perdonaran.

—No te apartes, ¿sí? —la voz era de su piel contra su piel.

Él la sostenía: ¿una mujer? No. Un cuaderno de maravillas.

La mejilla contra su pecho. Los pies al borde de los pies, mojados. Tan juntos.

Alguien reía. No aquí. Ni allí. Pero reía.

Las caricias de su toque eran justo como las recordaba. Delicadas, como páginas aún por escribir.Y ese olor. Siempre ese olor: a jazmín y aceituna que no decidía si era para él o para ella.

Las hojas flotaban aunque no había viento.

Una mano, siempre temblando, sobre la otra. La nube no caía.

¿Quién viajaba entre el olivar? ¿Quién acariciaba el árbol?

Siete años, diez meses, un día.

Dos mil ochocientas sesenta veces: atemporal y doloroso arte de amar.

No hizo falta más.

Sus labios se encontraron —un beso que era puerto y naufragio—, y él, al fin, se hundió en el verde de sus ojos celestes, esos que eran llanura y selva, refugio y aventura. Pradera. Océano y estrellas.

Luego, otro beso.

Largo. Calmo.

El silencio ya no dolía.

Era la tregua.

La hierba creció en espiral alrededor de sus piernas, sus brazos se enredaron mientras el universo observó y no pudo dejar de observar…

 

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