39. Entre olivos y ausencias

Claudia Alejandra Morales

 

Creí que lo improbable era cosa de otros. Que no me iba a pasar encontrarla justo ahí: en una finca de oleoturismo, rodeada de olivos centenarios y promesas prensadas en frío.

Pero pasó.

Ella seguía oliendo el aceite como si fuera poesía. Tenía el mismo sombrero de antes y una risa nueva. Más suelta. Más ajena.

—Paula… —balbuceé.

—Hola, Nico —dijo, como quien saluda al viento.

Y apareció él. Esposo. Perfecto. Ecológico. Con barba de fermento y mirada biodinámica.

El guía habló de notas herbáceas y equilibrio de amargos, pero yo solo escuchaba cómo crujía mi memoria. Ella le tocaba el brazo como antes me tocaba a mí: distraída y feliz.

Probé el aceite. Decían que tenía “retrogusto a tomate”. A mí me supo a algo que ya no vuelve.

Me senté bajo un olivo. Viejo. Torcido. Le conté en silencio que una vez soñamos con plantar uno juntos. Que nunca lo hicimos. Que hay aromas que se fijan para siempre, aunque el cuerpo se haya ido.

Cuando ella se alejó, no la llamé.

No corrí.

Solo me quedé ahí, quieto.

Aprendiendo a no seguir cosechando donde ya no hay raíz.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad