31. Los huesos

Marina Cañizares Funes

 

Mi día comenzaba cuando el sol aún no había roto la línea del horizonte. Yo salía de la cama, con la ligereza de un petirrojo y el corazón aún adormecido. La hacienda cuando yo me levantaba ya olía a pan caliente tostándose en la sartén, a café burbujeando en las cafeteras de aluminio y a tomate partido, con la carne reventada y la sal y el aceite escurriéndose por sus grietas. Recuerdo a mi madre y a mis tías trajinando en la cocina, con la ropa de faena ya cubriendo los muslos y los hombros, preparadas para cosechar una vez se hubiesen asegurado de que tanto a mí como a mis primos no nos cupiese en el estómago más higos de piel fracturada ni más tostadas mojadas en leche.

Y después bajaban todos al campo, donde interminables hileras de olivos definían los límites de nuestro mundo. Nosotros íbamos al colegio en ese momento, cuando la luz del sol aún no quemaba, pero ya empezaba a resbalar por los troncos retorcidos, y las hojas de los olivos se estremecían como lenguas verdes susurrando lenguajes antiguos. Las voces de los hombres eran bajas a primera hora de la mañana, como si quisieran formar parte de aquel bodegón embrujado que dibujaban la luz naranja y la tierra oscura. Y se daban instrucciones y palabras de ánimo mientras los frutos empezaban a caer de los árboles.

Cuando volvíamos del colegio, todos los niños bajábamos al olivar.

El aire olía a tierra seca, madera gastada, y a esa mezcla de amargura y dulzura que se pegaba a la piel cuando empezaban la recolecta. Las aceitunas se agarraban a las ramas, pesadas y negras, hinchadas por el sol y por el tiempo. Al recogerlas, si la piel se abría, las manos se teñían de una tonalidad verde oscura que no se lavaba con facilidad, como si el olivo quisiera marcar a los que se atrevían a tocar su fruto.

Al caer a las redes, sonaban como pequeños cuerpos blandos golpeando un lienzo, como si fuese pintura pesada trazando pinceladas, un eco grave y suave. Para mí y para mis primos era el momento de fingirnos adultos, de mezclarnos con los otros niños del pueblo que acudían también a la hacienda como si la colecta tuviese la relevancia de un ritual sacro. Dábamos sorbos al café manchado que llevaban en termos nuestros padres, y recogíamos olivas en cubos negros.

Recuerdo que siempre buscaba la sonrisa torcida de Lucía entre los dos puñados de chiquillos que acudíamos al olivar cada tarde. Yo aún no sabía nada de la belleza ni del amor, pero sabía que su pelo oscuro olía a algo frutal, que la luz se derramaba sobre ella como si fuera miel, y que cuando recogía olivas, parecía que las ramas se inclinaban hacia ella. En un mundo seco y con olor a tostada y a tierra, ella era una onza de chocolate que se derretía al sol, con unos bordes tan blandos que manchaban.

A veces me buscaba y comíamos cerezas a escondidas. Lucía escupía los huesos de cereza en la palma de la mano, y recordaban a dientes ensangrentados recién arrancados de la encía. Yo en cambio los pulía hasta que no quedaba carne que se agarrase a los huesos.

Y los días en los que ella confiaba en mí para llevar algún cubo de olivas, era la persona más feliz sobre esa llanura.

–A ver si no se te cae ninguna, hombrecito.

Y yo lo cargaba como si fuese un tesoro, con los latidos en mi pecho amenazando con desbordarse por las costillas, como si yo fuese solo corazón. Y llegaba a la almazara subido en algún tractor con nuestro humilde cubo de olivas agarrado entre ambos brazos. El instante de la prensa era cuando todo se rompía. Las olivas estallaban con un susurro húmedo, casi íntimo, y se convertían en una pasta densa y astillada, una amalgama oleosa de verdes, morados y ocres. El olor de la carne de la aceituna mezclado con el de los huesos triturados era áspero, fuerte, con un punto amargo que se colaba en la garganta y se quedaba ahí, atascado en ti.

La planta donde tenía lugar el destilado era oscura y llena de botellas de vidrio verde, para que el sol no pudriese el aceite. Recuerdo de aquella planta las botellas alineadas como vidrieras bajo la luz, y a Martín. Martín estaba a cargo del proceso, y era un hombre inmenso, que parecía más piedra y leño que carne y hueso. Siempre me preguntaba si yo bebía café, y siempre me daba un trago de su termo. Era un café terrible, que no rebajaba con leche para hacerlo más dulce, sino que era denso, fuerte, imposiblemente amargo. Así que yo daba tragos pequeños fingiendo disfrutarlo, fingiendo ser un hombre mientras destilaban la pasta amarronada. El aceite fluía entonces de color dorado con vetas verdes, y resbalaba con suavidad por los canales de piedra.

–Ven aquí, hombrecito – mascullaba con voz áspera Martín, y en su boca aquel nombre sonaba distinto que en la de Lucía. Y entonces me subía sobre una encimera de color metálico, y traía consigo un pequeño frasco relleno del aceite recién destilado. Y con esas manos que parecían diseñadas para partir la roca, rellenaba una pipeta con la delicadeza de un artista – Saca la lengua.

Y yo obedecía. Dejaba que acercara el dispensador a mi boca y derramase algunas gotas del aceite frío. El líquido que se deslizaba por mi lengua, era más espeso que el vino pero menos que la fruta. El aceite nuevo pica, y es más verde que dorado. Y esas gotas son para Martín tan sagradas como las lágrimas de oro de una virgen.

–¿Cómo sabe? – preguntaba él, como si de verdad mi opinión importara.

–Como para mojarlo en pan – respondía yo, a lo que él respondía con un guiño seco de ojos. Salíamos entonces unos minutos a masticar lento trozos viejos de miga caliente mojados con aceite nuevo.

Había años de trabajo más largos que otros, y el otoño en el que Lucía me partió el corazón fue un año excepcionalmente largo. Desde que el sol aún no había asomado hasta que la última luz mojaba las ramas de olivo, los trabajadores seguían allí, bajo hojas estrechas que se mecían despacio. Por la noche, el cansancio volvía las extremidades blandas y los hombros pesados, y los niños éramos los encargados de repartir té de cardamomo caliente y guiar a los hombres de vuelta a la hacienda, donde siempre esperaban toneladas de comida que curaban la piel abierta y los cuerpos cansados. Y yo me iba a dormir lamiendo cerezas hasta pulir el hueso, pensando en si Lucía también pensaría en mí cada vez que bebía café a escondidas, comía cerezas y olía el olivar.

Tuve mi respuesta pocos días después. Todos merendaban queso crudo, pan y aceitunas curadas, pero nada ocupaba la boca de Lucía. Nada más que una sonrisa perezosa mientras Julio peinaba su pelo oscuro con los dedos desnudos. Julio era solo dos meses más mayor que yo y cinco centímetros más bajo. No me había ganado nunca en una carrera y no podía levantar él solo un cubo de olivas. Pero Lucía no parecía estar pensando en nada de eso. Y él la peinaba con cuidado, como si con cada pasada estuviese puliendo plata, y Lucía parecía relajada, sin echar de menos el sabor de las cerezas. Recuerdo retroceder, mientras él le ponía una ramita de olivo detrás de la oreja, y recuerdo temblar, cuando ella no se la quitó. Algo se cerró en mi estómago, como una puerta de madera gruesa, que se atranca con el viento.

No dije nada a nadie.

Fui a ver a Martín, sentado entre hombres sudorosos, con mi pequeño cubo entre los brazos, agarrado sin fuerza. Probé su aceite que pica en los ojos y no fingí ninguna sonrisa, porque en la almazara era de mal gusto fingir nada. Y luego volví con los trabajadores, con la promesa infantil de que no me iba a volver a enamorar nunca. Volvimos a la hacienda, y me senté lejos, un crío obstinado en su dolor. Sentado en una rama de olivo, y con un puñado de cerezas en las manos. Seguramente las últimas que mi madre compraría ese otoño, porque hacía semanas que no eran fruta de temporada, y ya eran más ácidas que dulces. Tiré los huesos al suelo oscuro, y pensé en que me gustaría que los gusanos rompieran las semillas e hicieran germinar un cerezo en medio de aquel olivar. Sus frutos floreciendo pegajosos y negros entre aquel mar de olivas verdes. Sería una buena venganza, un árbol brotando donde no debería, igual que un sentimiento arraigando por la persona incorrecta.

El sol había muerto hacía poco, y todo estaba empapado por una oscuridad de bordes azules. Yo estaba cansado, mis extremidades tan blandas como la miel caliente. Y entonces, escuché las voces.

Solían venir desde principios de verano hasta el final del otoño, normalmente cuando se acababan las jornadas: hombres y mujeres con suciedad en las botas y anhelo en las manos. Algunos trabajaban en los campos. Otros venían simplemente con el ánimo de probar un cuenco de aceite y un sitio donde descansar, donde acunar la noche. Mi madre, mis tías y tíos servían con manos rápidas en vajillas cerámicas. Limones fríos, ensaladas con aceite, embutido y queso blando trufado, tomates desgajados con sal, largas barras de pan crujientes para mojar los jugos de la fruta. Yo siempre había participado del festín, de aquel acto que para mí era cotidiano. Pero aquel día, desde mi escondite, tomé consciencia de los ángulos y aristas de aquellas cenas. Entendí que el aceite no era solo el jugo de las olivas, no era solo oro espeso que se desparramaba por la carne del pan y volvía los labios pesados. Era más. Era consuelo, y era refugio.

Los rostros de los viajeros cambiaban al probarlo, las arrugas de los ojos se suavizaban, como las durezas de las ramas cuando el sol cae. Y yo, con las manos manchadas de verde oscuro y el olor del destilado aún en la garganta, pensé que formaba parte de algo.

Lucía estaba también ahí abajo, al lado de Julio. Ya no llevaba la ramita de olivo en el pelo, pero los muslos de los dos se rozaban sin querer. Sentí un pinchazo de algo que no sabía nombrar, pero no fue ya doloroso. Habría más gente en mi vida ante la que las ramas de los árboles se inclinarían. Brotaría un cerezo de flores frágiles y blancas entre la tierra áspera de los olivos, que no debería de haber florecido. Y el aceite seguiría fluyendo, como sangre dorada de un corazón que siempre iba a latir sin romperse.

Y los veranos seguirían sucediéndose, entre hojas estrechas que bailan, olivas reventándose como huesos frágiles en la almazara, y la certeza de que que el aceite guardaría siempre la memoria de los días en las que todavía era un hombrecillo.

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad