28. Olivo y memoria

Sealtiel Enciso Pérez

 

—Este aceite no se prensa, se persuade —dijo el maestro almazarero, mientras acariciaba el tronco del olivo con manos de violinista jubilado—. Hay que hablarle bien a la aceituna, como a un hijo que va a salir al mundo.

Los visitantes, venidos de norte y sur, escuchaban en silencio. No se sabía si admiraban más al árbol o al hombre que le hablaba. El olivo tenía más de cuatro siglos y seguía dando fruto como quien da consejo: con pausa, sombra y dignidad.

Al llegar la cata, la señora María —guía, poetisa, y enfermera en sus años mozos— servía el aceite con cucharilla de cerámica y una sonrisa larga. Uno por uno, los viajeros cerraban los ojos. Un niño ciego dijo que el sabor era como una tarde con su madre. Un anciano recordó el aroma de la risa de su esposa. Una joven descubrió que había perdonado a su padre sin saberlo.

—Aquí no vendemos aceite —aclaró María—. Compartimos memoria líquida.

Y cuando partían, nadie se despedía con prisa. Bajo la sombra generosa del olivo, el mundo parecía más paciente. Porque en ese rincón del olivar, la gente se volvía a mirar con respeto. Y con gratitud.

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